domingo, abril 10, 2011

Interestatal 60 (Interstate 60: Episodes of the Road)

Interstate 60 (2002), proyecto personal de su guionista y director Bob Gale, acabó por convertirse en un producto destinado directamente al mercado del vídeo doméstico. Es así que esta deliciosa película familiar, prima lejana de Regreso al Futuro (que Gale guionizó junto a Zemeckis) ha caído en el olvido casi por completo, siendo muy pocos quienes han tenido la suerte de encontrársela en algún pase televisivo.


El protagonista Neal Olivier (James Marsden) es el clásico adolescente de buena familia, confuso, indeciso y con inquietudes artísticas, que busca una respuesta sobre qué hacer con su vida. La aparición de O.W. Grant (un extraño personaje que concede deseos, interpetado por Gary Oldman) le conducirá a un viaje por inexistente la autopista Interestatal 60, en el que Neal espera encontrar a la chica de sus sueños y dónde tendrá oportunidad de conocer a los más variopintos personajes.

Deudora de aquellos Cuentos Asombrosos televisivos, la película hace gala en su inicio de un buen número de tópicos y personajes que parecen haber sido bosquejados con cierta prisa y desapego
– sobre todo el protagonista y su familia - . Pero la trama posterior es terriblemente entretenida y se adivina en ella el germen de una historia realmente potente, si se hubiera trabajado un poquito más.

A través del viaje por carretera (fácil metáfora de su viaje interior hacia la madurez) Neal se convierte en protagonista de diversas microhistorias bastante originales ubicadas en pueblos ficticios dis
eminados a lo largo de la ficticia autopista. Conocerá a un ex–publicista que no tolera las mentiras, será detenido en un pueblo donde solo hay abogados, alternará con un anciano que no puede parar de comer (tiene un agujero negro en su estómago) y vivirá otras muchas situaciones enrevesadas. Todas ellas encierran una moraleja que le servirá en su futuro.

La pe
lícula no oculta sus cartas y en - casi - ningún momento pretende ser más de lo que es. Bob Gale hace gala de un acertado pulso narrativo y unos diálogos divertidos, aunque a veces no puede evitar usar sus personajes para exponer un discurso ideológico/metafísico, que se queda en una políticamente correcta crítica social. Asimismo, Gale logra dotar al film de una atmósfera mágica y mitológica gracias a elementos como esa autopista que no figura en los mapas, el misterioso paquete que Neal debe entregar o los pueblos que atraviesa en su viaje (una suerte de microuniversos surrealistas con leyes propias).

El cinéfilo también disfrutará la presencia de algunas estrellas de la gran pantalla; eso sí, en papeles de no más de 5 minutos. Junto a Oldman, Kurt Russel, Michael J. Fox, Christopher Lloyd o Chris Cooper se entregan alegremente a la causa, exprimiendo al máximo su vis cómica sin preocuparse mucho por el peso o la relevancia de su personaje. Gracias a ellos, la rematadamente mala actuación del sosainas de James Marsden queda compensada a lo largo de la hora y media que dura el enredo.

El misterioso paquete se revela finalmente como un McGuffin que no servía para otra cosa que para dar pie a los pequeños episodes of the road que conforman Interestatal 60, una película que si bien no es redonda, se ve con el mismo agrado que cualquiera de esas antiguas producciones de Spielberg.

martes, abril 05, 2011

Los Inmortales (1986)

Los Inmortales (The Highlander) se estrenó a mediados de una década en la que creatividad, comercialidad y calidad se fundían en un sólido abrazo. Siguiendo la senda de George Lucas y Steven Spielberg, muchos directores y guionistas probaron suerte en el género fantástico, con resultados irregulares.

Con un presupuesto de 16 millones de dólares, y dirigida por el novato Russel Mulcahy (que venía de la publicidad y el videoclip), The Highlander tenía a su favor una banda sonora compuesta - parcialmente - por Queen y la presencia de una estrella de la talla de Sean Connery. La cosa no pintaba mal, y en efecto, su éxito posterior dio lugar a una franquicia que explotó el mito durante cuatro películas, una serie de televisión y algún videojuego.



No se trata de una película demasiado original; de hecho es una de las muchas revisiones del mito iniciático del héroe, su maduración, su aprendizaje y su gesta o combate final. Un escocés llamado Connor McLeod perteneciente a una rara estirpe prácticamente invencible - tan solo mueren si son decapitados - debe enfrentarse al último de sus oponentes, un sanguinario y brutal guerrero Kurgan para librar al mundo de una nueva era de oscuridad, y así obtener lo que llaman El Premio (cuyo significado conoceremos al final). Quiero creer que la película funciona tan bien debido precisamente a esta trama universal que se remonta la epopeya clásica.

Los atractivos no son pocos, y en general, la película resiste sorprendentemente bien el paso del tiempo. Ya hemos mencionado una historia universal que funciona a varios niveles; añadamos al cóctel una bellísima fotografía de Gerry Fisher y un cuidado diseño de producción de Allan Cameron. El responsable del vestuario es James Acheson (Spiderman) en lo que se me antoja un trabajo precursor del realizado años después para Baveheart (antes de Los Inmortales, las faldas a cuadros escocesas lucían extrañamente coloridas e impolutas incluso en el campo de batalla).

No menos atractiva es la presencia de Connery, encarnando la aquetípica figura del maestro, quien dice trabajar al servicio del rey Carlos V de España y llamarse Juan Ramírez Sánchez Villalobos (muy español, sin duda). Connery fue la primera elección para interpretar a Connor McLeod, pero por su edad, le fue atribuído el personaje de Ramírez, recayendo el papel principal en un soso Christopher Lambert, quien no tiene nada que hacer, interpretativamente hablando, al lado de su - en todos los sentidos - maestro.

Había química, no obstante, entre aquel francés interpretando a un escocés, y el escocés que interpretaba a un español, y la película alcanza sus mayores cotas de emoción en la hermosa (aunque manida) secuencia del adiestramiento, rodada en el imponente paisaje natural de las Tierras Altas de Escocia y aderezada con una épica partitura de Michael Kamen.

Desgraciadamente, Los Inmortales pronto incurre en ciertos ochentismos de la peor calaña, siendo lo más decepcionante algunas secuencias que transcurren en la actualidad (en los ochenta, vamos). El a priori emblemático paisaje de Nueva York es retratado sin el menor rastro de su grandeza (bien podría tratarse de Chicago o Detroit), y es en esta ciudad impersonal dónde la última parte del film se alarga hasta el aburrimiento, incluyendo una absurda secuencia con el Kurgan conduciendo temerariamente y provocando varios accidentes automovilísticos.

El Kurgan (Clancy Brown) es el personaje peor tratado de la película, quedando reducido a un esperpento cyberpunk sin una motivación real. Con todo, la escena de la catedral es tan delirante y absurda que es imposible no soltar una tímida sonrisa de complicidad.

Sin embargo, el conjunto es notablemente superior a la media de las pelis de aventuras que superpoblaron las salas de cine durante los años ochenta. Hay unas transiciones visuales genialmente elaboradas para las elipsis narrativas; un pulcro diseño de producción y algunos momentos en que la historia nos cautiva por completo. La arrebatadora presencia de Sean Connery eleva cualquiera de sus escenas a una dimensión superior, haciendo creíbles las parrafadas épicas que el guionista Gregory Widen puso en su boca.

Estamos al fin y al cabo ante un guión sólido y sin fisuras, que como el de Star Wars; A New Hope está reducido a la esencia del storytelling sin resultar pretencioso y cumpliendo con la espectativa del puro entretenimiento, sin ser por ello deleznable o superficial.

¡Sólo puede quedar uno!

lunes, abril 04, 2011

A través del Tiempo (Quantum Leap)

A través del tiempo, o Quantum Leap (1989/93) en su versión original, era una serie de televisión norteamericana, protagonizada por Scott Bakula y Dean Stockwell, que narraba las aventuras del doctor en física Sam Becket (Scott Bakula, a quien pudimos ver también en American Beauty), que atrapado en el continuo espacio temporal, se veía abocado a saltar de un tiempo a otro, encarnándose en el cuerpo de distintas personas del pasado. Cuando se miraba al espejo, veía el rostro del tipo a quien suplantaba. La serie estaba producida por Donald P. Belissario (Magnum y JAG Alerta Roja). En EE.UU. la emitió la NBC, en España los canales autonómicos (yo la seguía a través de Canal Sur).


Al comienzo de la serie, Sam se metía en el acelerador de partículas cuánticas - un dispositivo desarrollado por él y su equipo científico - y desaparecía en el tiempo. En su época, algo va mal y los ingenieros del proyecto no lo pueden traer de vuelta, pues Ziggy (así llaman a la máquina del tiempo) toma el control, determinando que Sam debe viajar por el tiempo, con la responsabilidad de arreglar pequeños desastres de un pasado reciente; nunca grandes eventos históricos, sino pequeños dramas familiares, asesinatos o muertes. Por tanto, Ziggy parece haber cobrado entidad propia y raciocinio, determinando qué épocas y qué desgracias es preciso enmendar, y transportando a Sam a través de la Historia cada vez que termina con éxito una misión.

A pesar de su carácter autoconclusivo - casi es un alivio que no te obliguen a tener que ver todos los episodios - la serie tenía aspectos lo suficientemente originales y divertidos para fidelizar a un público anterior a la era digital. Y es que además de las situaciones cómicas o embarazosas a las que los viajeros temporales se ven expuestos (cierta torpeza para pasar desapercibido en una época ajena a la suya, o la responsabilidad de no interferir en la Historia) se le unían otras no menos divertidas provocadas por la dinámica argumental de la serie, que exigía que en cada viaje, Sam se encarnara en el cuerpo de una persona en concreto. Así, aunque el Dr. Becket siempre era interpretado por el mismo actor (Scott Bakula), su rostro ante el espejo era distinto cada vez.

En cada viaje, la personalidad de Sam Beckett se fundía parcialmente con la del sujeto encarnado, y en esto hay que reconocerle a Scott Bakula un excelente trabajo actoral y de mímesis, interpretando con con sinceridad personajes tan complejos como una mujer maltratada, un esclavo negro de Carolina del Sur, o incluso al mismísmo John Lennon. Hay que decir que Bakula es también un cantante más que aceptable, facultad que fue explotada muchas veces en la serie.


En el trasfondo de estas historias siempre se encontraba una moraleja cargada de humanidad y buenas intenciones, que hacía de Sam la encarnación - nunca mejor dicho - del mito del héroe desde una perspectiva futurista (retro-futurista, hoy). Se ensalzaban valores como la amistad, la tolerancia, la comprensión, el abolicionismo y el antibelicismo, desde un enfoque quizás algo naïf, pero honesto y convincente, buscando así ser un retrato de la historia reciente de América, muy al estilo del Forrest Gump de Zemeckis, por ejemplo.

Todo héroe necesita un escudero, que aporte algo de racionalidad y pragmatismo a su temperamento pasional y que funcione también como alivio cómico. Todo esto lo encontraba Sam en su inseparable compañero Albert Calavicci (magníficamente interpretado por Dean Stockwell), responsable militar del proyecto, mujeriego, pendenciero y sarcástico. Albert (o simplement Al) interpretaba los datos y la "voluntad" de Ziggy, y podía comunicarse con Sam proyectándose a través del tiempo como un holograma neurológico, al que sólo Sam podía ver y oir.

Quantum Leap es una serie a reivindicar,
con un mensaje alentador, una interesante trama de ciencia ficción y un cuidado estilo visual, (no es cosa fácil ni barata representar con exactitud tantas épocas o lugares históricos). Los incansables Sam y Al, se ganaron nuestros corazones durante los primeros años noventa y a día de hoy la serie se mantiene fresca y joven, como demuestra el reciente lanzamiento de las cuatro temporadas en DVD.

sábado, marzo 26, 2011

El sótano del miedo (1991)

Ultimamente me he puesto a revisar algunas de las películas de Wes Craven, a quien consideraba un director sobrevalorado en exceso. A pesar de mantenerme en mi opinión, me ha sorprendido descubrir que algunas de sus obras no solo no son malas sino que alcanzan ciertas cotas de calidad que honran el género de terror.

Quizá sea ese el caso de la divertida El Sótano del Miedo, de 1991. Una propuesta tan alocada y gamberra que resulta imposible tomarla en serio (como parte importante del terror ochentero) y con algunos aciertos dispersos a lo largo de la cinta. Durante la hora y pico que dura el enredo, un niño debe escapar con vida de un matrimonio demente, y de una casa que es una trampa mortal.
Al comienzo, Craven intenta sumergirnos en lo que será el tono de la película, con unos primeros planos de unas cartas de tarot; y digo intenta, porque la escena resulta bastante floja y manida. Es al protagonista, apodado “Loco”, a quien están leyendo el Destino; un niño del gueto con una madre enferma de cáncer, y sin dinero para la operación. Las cartas indican que está próxima su transición a la edad adulta. Para ello deberá atravesar las llamas del Sol, y salir indemne al otro lado.

Poco después, Loco – intepretado por Brandom Adams, ese entrañable muchacho que “enseñó a bailar a Michael Jackson”, tal como afirmaba en Moonwalker - es reclutado por el delincuente Leroy - un Ving Rhames pre-Marcellus Wallace bastante soso y sin chicha - en lo que viene a ser esa prueba de hombría profetizada en las cartas: juntos deben robar unas monedas de oro ocultas en la vieja casa del propietario del gueto en el que viven.

No tardan en quedarse encerrados en la mansión, Leroy resulta muerto y Loco será perseguido incansablemente a través de compuertas y pasadizos secretos, por el matrimonio Robeson, una excéntrica pareja que vive ajena al mundo exterior. Hostigado además por los extraños moradores a los que alude el título original (The people under the stairs), y ayudado por la hija de los Robeson, la pequeña Alice, Loco conocerá el terrible secreto que se encierra en esa casa.

Son precisamente los Robeson uno de los principales atractivos de la película. Everett McGill y Wendy Robi, en estado de gracia tras la popularidad obtenida en Twin Peaks, logran una inquietante, convincente y divertida caracterización de un matrimonio de la América profunda, llevado a un grado superlativo.

De muchas películas de terror se dice que el verdadero protagonista es "la casa", pues a menudo ésta tiene entidad propia y una absorbente presencia que nos agobia de un modo especial. Sin duda este también es el caso de El Sótano del Miedo, dónde cada decorado o elemento de atrezzo resulta estremecedor y contiene además pinceladas de información sobre la diabólica pareja; crucifijos, citas bíblicas enmarcadas, interruptores que accionan trampas, túneles secretos, recovecos donde quedar atrapado y, especialmente, una habitación llena a rebosar de velas y fotos de niños con sus rostros tachados. Cierto que sobra algún esqueleto y un par de telarañas, pero en general estamos ante un buen trabajo de dirección artística propio del terror más clásico.

Sin mucho más que esto, la película entretiene y se deja ver hasta el final. Craven, fiel a su estilo, nos deleita con escenas sangrientas, mutilaciones y diversos tipos de tortura. Pero todo está rodado con una corrección formal y un saber hacer, que la aleja del mal gusto de las peores cintas de género gore.

Además, quiero creer que El Sótano del Miedo, a pesar de ser una película menor, inverosímil y tramposa, es también un relato incomprendido que quiere poner de manifiesto ciertas realidades sociales. No se si la elección de dos actores de Twin Peaks tiene algo que ver con lo que Craven intenta contarnos, pero no deja de ser curioso que la popular serie de televisión - a la que nada es comparable y menos cualquier película de Craven - y El sótano del miedo compartan un tronco temático común; la corrupción de la institución familiar, que bajo las buenas costumbres y la devoción católica, oculta el pavoroso secreto de un comportamiento sádico y descerebrado.

Estoy indeciso sobre incluir o no el slógan "Sólo para fans acérrimos de Wes Craven". La cosa es que no lo soy y la película me ha gustado. Lo dejo a vuestro criterio.

jueves, marzo 24, 2011

HITCH en BD

En pleno 2011, es difícil abordar la crítica cinematográfica de un clásico sin caer en lugares comunes o acabar haciendo un refrito inconsciente de lo ya oído o leído previamente sobre el tema. Es así que en la entrada de hoy prefiero alejarme del formato de crítica y hablar desde un enfoque más emocional ¿Pues qué podría aportar alguien como yo al extenso ensayo global vertido sobre el mago del suspense?


Hace un par de años devoré con avidez la transcripción de esas famosas conversaciones del tío Hicht con Truffaut y no dejaba de fascinarme la inventiva del maestro, sus recursos y técnicas visuales: desde meter una bombilla en un vaso de leche para sugerir que está envenenada en Sospecha; hasta construir un escenario móvil desmontable para poder rodar La Soga en un plano secuencia (si uno se fija puede ver las juntas en las paredes); O también llevarnos en un viaje “to north by northwest” donde las situaciones más inverosímiles se van sucediendo con pasmosa credibilidad.




Recientemente adquirí Con La Muerte en los Talones y Psicosis en formato BD. Qué alegría da poder revisionar hoy día estas películas de la forma más cercana posible a como fueron concebidas por el director.


El formato Blu-Ray, cuyos 1080 píxeles de vertical no pocas veces han dejado al descubierto defectos ópticos y un acabado imperfecto en algunas películas antiguas, sirve en este caso para ensalzar la perfección formal del cine de Alfred Hitchcock. A esto contribuye la labor de la empresa Lowry Digital, experta en la restauración de antiguos clásicos para su distribución doméstica (Responsabilidad suya fueron en su día el espectacular resultado obtenido con El Crepúsculo de los Dioses, o la sagas de Star Wars, Indiana Jones y El Padrino).


La restauración de Con la muerte en los talones nos hechiza con una gama cromática abrumadora y una definición rara vez igualada en películas de la época. En Psicosis, la fuerza de sus duros contrastes nos impacta tanto o más que el actual cine de espectáculo.


Recientemente se ha editado Frenesí en BD, pero a excepción de estos tres títulos, aun quedan por salir los más celebrados films del orondo director británico. No veo el momento de sentarme ante mi pantalla para revivir la emoción de Vértigo, Crimen Perfecto o El hombre que sabía demasiado.


Un hurra por Hichcock, y algunos más por Robert Burks, John L. Russel (directores de foto) y Lowry Digital. Y a todos gracias por unas cuantas horas de evasión, que no es poco.


miércoles, marzo 23, 2011

Posesión Infernal (The Evil Dead, 1981)


De Sam Raimi y su Evil Dead se han escrito ríos de tinta. Odiada por muchos y encumbrada por otros tantos, hay quien todavía se pregunta como una película de bajo presupuesto hecha por estudiantes de cine, bastante desagradable, y sin apenas base ni progresión argumental pudo triunfar de la manera que lo hizo.

La respuesta hay que buscarla en la profesionalidad y la astucia de su comandante en jefe Sam Raimi (director) y sus fieles soldados Robert Tapert y Bruce Campbell (productores ambos y actor el segundo) con quienes fundó la compañía Renaissance Pictures. Éstos supieron proveerse desde el principio de una amplia cartera de inversores, y una vez terminada la película, buscaron distribución de forma incansable. En las reuniones, siempre con pulcras maneras y vestidos de esmoquin, parecía inconcebible que esos chicos tan majos hubieran sido los creadores de semejante engendro visual.


Del mismo modo, y gracias al olfato comercial de Raimi, Evil Dead abrio brecha en el mercado videográfico, contribuyendo en parte al auge de este formato durante la década de los ochenta. Son ya famosas las anécdotas sobre la censura, su inclusión en la categoría de "video nasty" - a causa de la Ley de grabaciones en vídeo de 1984, promulgada en Inglaterra, y que procesó a 39 películas de una lista de 77 - o el propio juicio contra Sam Raimi, dónde no le dejaron ni leer la defensa que traía preparada, después de hacerle cruzar el Atlántico.

En mi opinión, y dejando a un lado la violencia gratuita y una trama prácticamente inexistente, creo que la película tiene poderosas virtudes técnicas, logísticas y creativas.

Valga mencionar un extraordinario uso de la cámara y el encuadre. No me refiero sólo a la frenética visión subjetiva, copiada incluso por Coppola en su Bram Stoker's Dracula, sino también a unos inconcebibles recursos expresivos ¿No es genial ese inexplicable plano por encima de las vigas del techo, con su igualmente inexplicable efecto de sonido, que sin ningún tipo de lógica, logra estremecernos, o al menos desconcertanos? Pero también en los momentos distendidos hay un saber hacer innegable, como en aquella secuencia de Ashley regalando un collar a su novia, justo antes de que se desate la tragedia; el juego de miradas entre los enamorados está tan pensado, y es tan artificialmente académico en su edición, que aun con cierto encanto amateur, muestra una vocación de trascendencia y profesionalidad. Es como si Raimi nos dijera "No sólo me gusta hacer el loco con la cámara, también se usar la moviola y montaros una escena intimista."

Y en efecto, hay una destreza en el montaje adelantada a su época. No soy especialmente aficionado a la sucesión de planos a un ritmo verginioso, pero hay que reconocer su impacto actual, y cómo Raimi nos lo mostraba ya en 1981.

Resulta pasmoso como una película pueda parecer por momentos, un corto de estudiantes, una broma macabra y poco más, y al mismo tiempo impactar como el más refinado cine-espectáculo, sin que los aspectos más decepcionantes de la producción (iluminación deficiente, saltos de continuidad o un irreal exceso de sangre, niebla y maquillaje) empañen la atmósfera de terror que se genera en esa casa, desde prácticamente las primeras escenas ¿Quién no recuerda el momento en que el columpio de la entrada se detiene justo al meter las llaves en la cerradura? ¿Acaso no es terror en estado puro? Con la sutileza de esa primera escena Raimi ya ha demostrado dominar el lenguaje cinematográfico de forma sobresaliente.

A menudo se cuenta que la verdadera pesadilla fue la vivida por equipo y actores, en aquella localización real a las afueras de Dertroit, sin los lujos ni comodidades de una filmación convencional ¿Será esta la clave de tal impacto? ¿Es posible que las penosas condiciones del rodaje lograran transmitir de una forma sincera y directa el agobio y desasosiego que más tarde sentimos al contemplar la ópera prima de Raimi? Quien sabe, quizá la respuesta siga aun oculta en las ruinas kandarianas donde el Necronomicón fue hallado.

La película dio origen a dos secuelas (Terroríficamente Muertos en 1987 y El Ejército de las Tinieblas en 1992) y un reciente remake que ha corrido a cargo del también primerizo Fede Álvarez (sin parentesco alguno con vuestro humilde narrador).

martes, marzo 22, 2011

En compañía de lobos (The Company of Wolves, 1984)

No he visto demasiado de Neil Jordan, pero películas como Nunca fuimos ángeles o Entrevista con el Vampiro son una muestra de lo bien que se desenvuelve el irlandés en géneros tan dispares como la comedia de enredo y el terror gótico. Es por eso por lo que siempre ha tenido mi respeto. Fue no hace mucho cuando decidí darle una oportunidad a una más de sus películas.


En compañía de Lobos, rodada en 1984, es una revisión adulta del cuento de Caperucita, llamada Rosaleen para la ocasión, e interpretada por Sarah Patterson, una jóven actriz que luego hizo de Blancanieves y de la que nunca más se supo, lo cual es una pena, pues su presencia en En compañía de Lobos es arrebatadora. Bien, pues la pequeña Rosaleen, tras experimentar la muerte de su hermana, y alimentada por las historias que su abuela le cuenta, comienza a sentirse a la vez temerosa y fascinada por la figura mítica del hombre lobo. El guión corre a cargo del propio Neil Jordan y Angela Carter, autora también del libro La cámara sangrienta, en cuyos relatos se basa la película.




Sin información previa, el film se presta a la confusión y puede darnos más de una sorpresa. A juzgar por el cartel original, no tan bucólico como el que incluyo aquí (pues aquel sólo mantenía la imagen de las fauces del lobo saliendo de una boca humana) pareciera que vamos a ver una película de terror. Sin embargo, en sus primeros minutos, se asemeja más a una de esas bienintencionadas producciones infantiles tan típicas de los ochenta, con un cuidado diseño de producción y vestuario de época. Pero que nadie se llame a engaño, pues En Compañía de Lobos es en realidad una historia sobre el despertar sexual de los jóvenes durante la pubertad, la fascinación y la curiosidad ante lo prohibido, y en definitiva, la pérdida de la inocencia. En esto se parece a esa genial producción animada de Disney, también con un subtexto bastante perturbador; Alicia en el País de las Maravillas (1951).


La abuela (Angela Lansbury, en un papel hecho a su medida) siempre cuida de que su nieta no abandone nunca el sendero principal del bosque y de que evite a los hombres cejijuntos que merodean por las espesuras. Pero la curiosidad de la joven provoca que una y otra vez se vea envuelta en situaciones peligrosas, hasta la escena culminante en que Rosaleen es enviada por su madre a llevar una cesta de comida a su abuelita (¿Os suena?), que la llevará irrebocablemente a encontrarse con el sibilino y seductor hombre lobo.


En el reparto también está presente David Warner, que a pesar de su demostrada eficiencia en otros títulos (Titanic, Tron, La Profecía) aquí queda relegado a un papel muy secundario. No obstante, también los padres de Rosaleen (el propio Warner y Tusse Silberg), tienen una importancia clave en la transición de niña a mujer que experimenta su hija.


Es difícil valorar esta película porque tiene numerosas virtudes técnicas y narrativas, pero también algún aspecto censurable. Jordan es capaz de transportarnos a un universo legendario y mágico gracias al trabajo sobresaliente del departamento de arte, y a la atmósfera onírica lograda a través de la música, la omnipresente niebla y el espléndido trabajo actoral. También es destacable la labor de los ingenieros de efectos especiales, que consiguen una de las mejores metamorfosis de hombres lobo que he visto jamás en el cine (teniendo en cuenta que hablamos del año 84). No en vano el film obtuvo los galardones a Mejor Película y Mejores FX en Sitges '85.


En el aspecto negativo, es posible que a algunos les parezca una película demasiado lenta. La trama principal se interrumpe en un par ocasiones, dando paso a historias independientes sobre hombres lobo (sin duda son relatos incluidos en la novela de Carter, narrados aquí por el personaje de Angela Lansbury), que aunque están contextualizadas y tienen cierta relevancia, ocupan a mi juicio demasiado metraje y desvían la atención de la trama principal. Del mismo modo, algunas secuencias se alargan innecesariamente, como la interminable persecución del principio.


No obstante, creo que estos detalles no empañan en absoluto el resultado final; Se trata, finalmente, de una interesante película sobre nuestros miedos y deseos, con elementos del mejor cine fantástico y de terror, y alguna escena magistral donde tan solo el diálogo, sugiere un erotismo morboso y visceral.

lunes, marzo 21, 2011

La Serpiente y el Arco Iris (The Serpent and the Rainbow, 1987)


Wes Craven siempre me ha parecido un director irregular, en vez del maestro del terror que muchos le consideran. A él debemos la saga de Pesadilla en Elm Street, de la que sólo me entusiasman la primera (1984) y la última (Wes Craven's New Nightmare, 1994), que recuperaba por cierto al reparto original, incluída la Langenkamp, y hacía gala de un hábil discurso metalingüístico.

La Serpiente y el Arco Iris
llegaba en 1987. Nos contaba la historia de un científico enviado a Haití para obtener un medicamento que provoca la zombificación (muerte y posterior resurrección de los muertos), con el fin de usarlo en la medicina moderna, a modo de anestésico. Ya, a mi tampoco me convenció, pero pasémoslo por alto, de momento.




Lo primero que llama la atención, teniendo en cuenta quien la dirige, es que Craven intentó, por una vez, relatar los acontecimientos desde una perspectiva seria y realista. Desde el principio nos advierte que está basada en un hecho real y la película mantiene un tono pseudo-científico y documental durante la mayor parte del metraje. Asistimos a rituales vudú, decapitaciones y profanaciones de tumbas, pero todo parece tener cierta coherencia narrativa, a lo que ayuda haber situado la película en un contexto histórico real (el final de la dictadura de Jean Claude Duvalier, en 1986).

Esto no quiere decir que no haya escenas aterradoras (¿He comentado lo de los rituales vudú, decapitaciones y profanaciones?); Craven logra un clímax bastante turbador y sugestivo, gracias en parte a una buena dirección artística, un buen maquillaje de efectos, la exasperante música tribal y algún que otro susto fácil (pero agradecido). Las interpretaciones son simplemente correctas. Bill Pulman parece interpretar su papel con cierta desgana, pero cumple con las espectativas. Más convincente resulta sin embargo, el tristemente desaparecido Michael Gouhg (el entrañable Alfred en los Batman de Tim Burton).

Es una lástima que en los últimos 20 minutos la película tire por derroteros muy distintos. Como por arte de magia, aparece un humor negro poco coherente con el conjunto, y unos efectos (y efectismos) especiales que restan credibilidad a la trama. La aniquilación del malvado se parece más a los últimos estertores de Freddy Krueger - en cualquiera de sus películas - , que a la merecida muerte de un brutal cacique.

Con todo, la película es muy entretenida y se deja ver hasta el final, siendo a juicio de muchos, una de las mejores películas de Craven.

lunes, agosto 22, 2005

Sin City (2005)

Sin City es, entre otras cosas, un intento de Robert Rodriguez de volver a ese cine canalla que le dio la fama... Mucho antes de The Faculty o la interminable saga de Spy Kids. Es una forma de pedir a gritos, que le renueven el carnet de enfant terrible en la escuela en la que tomo clases con Tarantino, pero de la que fue expulsado al estrenar las aventuras de Antonio Banderas y su familia de espías.

No he leído nunca el comic de Frank Miller, pero eso no debe influir... Pienso que una película debe funcionar por si misma. Decirle al espectador que para entenderla debe consultar un material no cinematográfico preexistente, es una tremenda osadía.

Sin City funciona por si misma, otra cosa es que funcione bien.

Es una orgía de violencia como nunca antes había visto. Una violencia tamizada y filtrada por la magia del cine, estableciendo esa barrera necesaria para no volvernos locos o acabar en el W.C. de la sala con arcadas y sudores.

El resultado final no puede ser más espectacular. Hay que reconocer una minuciosa labor creativa; unas imágenes que integran perfectamente lo mejor de dos mundos; esto es: la influencia del cine negro más clásico (las de Sam Spade, pitillo en boca) y del lenguaje propio del comic. Esto hace que cada plano en sí, sea una auténtica viñeta viviente.

Y es así, pasada a través del filtro de la lente óptica, de los efectos digitales, y del lenguaje visual propio del cómic, cuando la violencia deja de ser impactante o subversiva y se convierte en mero entretenimiento. Aunque quizás esto es más peligroso que mostrarla de forma realista.

Hasta el día de hoy, no he encontrado una teoría convincente sobre qué es justificable y qué no en cuanto a la violencia cinematográfica. A día de hoy, sigo sin saber si El Club de la Lucha es una apología de la violencia o todo lo contrario. Los seguidores podrán argumentar a su favor, pero cuando el protagonista de la película dice “Solo cuando peleo me siento vivo” cabría preguntarse si el respetable va a entender esa denuncia.

En Sin City se cometen crímenes por amor y por venganza. Se nos presenta a estos antihéroes como los últimos románticos cuyo noble fin justifica los medios. Hay que tener cuidado con las interpretaciones de una audiencia jóven e influenciable.

En fin, que cada cual saque sus conclusiones.

En el plano estético, la fusión de cine negro y cómic me parece genial; visualmente atractivo y muy novedoso. Es uno de esos casos de efectos especiales bien aprovechados, al servicio de la historia y de los planteamientos estéticos. Hay algunos planos excesivamente pretenciosos, pero en general, todo me ha parecido bastante justificado.

Desde luego, con Sin City no nos aburriremos. Aquellos a quienes nos gusta el cine negro, podremos disfrutar con algunos de los recursos típicos cómo la voz en off, los antihéroes rudos pero con un aura carismática, una potente fotografía en blanco y negro, y un pitillo que llevarse a los labios.

Pero eso sí, no tratemos de ver en ella algo más que sus impactantes y novedosas imágenes y reflexionemos un rato sobre el por qué de su contenido explícito.

domingo, agosto 21, 2005

La Jauría Humana (The Chase, 1966)

Bubber Rivers (Robert Redford) se ha escapado de la cárcel y al parecer, ha asesinado a un vendedor de joyas durante su huída. En la pequeña localidad sureña donde hacía vida el bueno de Bob esto no es visto con buenos ojos. No interesa tener a un delincuente “on the run” y los peces gordos del pueblito deciden tomarse la justicia por su mano.

Cada cual toma sus medidas, unos se esconden. Otros salen a la caza... hay quien prefiere olvidar el asunto y emborracharse un sábado por la noche. Solo hay un hombre que intenta proteger a Bubb, que defiende su presunción de inocencia y que prefiere hacer las cosas tal como las dicta la ley. Y este no es otro que el Sheriff Calder (Marlon Brando).

La jauría humana es un retrato de la América profunda, de la violencia descarnada de una serie de individuos que, al dejar de serlo y convertirse en una masa atomizada, son capaces de la mayor de las barbaries.

Es de resaltar el saber hacer de Arthur Penn, quien construye unos personajes que, sin ser arquetípicos, exhiben de una forma más o menos sutil, aquellas actitudes que han de caracterizarles durante el desarrollo del film. Los perseguidores de Bubb, ricos borrachos y adúlteros con ganas de armar jaleo, se comportan de hecho como los perros a quienes alude la traducción española del título.

Acechan discreta y silenciosamente a su presa. Le rodean, le lanzan indirectas y cuando hablan no parecen humanos, sino bestias aullantes que en vez de uñas y dientes, hacen gala de sus relucientes pistolas.

Aquellos personajes que demuestran algo de humanidad, como el Sheriff Calder, serán violentamente atacados por la jauría humana.

El personaje de Brando es, a su manera, un rebelde. Como Val en Piel de Serpiente, Johnny en Salvaje o Terry Malloy en La ley del silencio. A pesar de ser el Sheriff y defender la ley, no deja de ser un inadaptado. No disfruta con su cargo, pero trata de usarlo para defender a los débiles, como el pobre negro apaleado confidente de Bubb. No se vende, no acepta regalos, porque sabe que tarde o temprano tendrá que devolver el favor. Solo persigue reunir el dinero suficiente para comprar una granja en las afueras donde vivir en paz.

Sus nobles objetivos son castigados, y así, podemos disfrutar de nuevo de esa escena memorable que se repite en todas sus películas: “La Paliza a Brando”. Parece que a este actor le gustaba recibir, y es tras ser golpeado por todos sus flancos, cuando sale de su corsé de rudas maneras y gestos contenidos para ofrecernos una actuación en carne viva.

Un verdadero culebrón: familias destrozadas, adulterio, crimen, intereses encontrados. No hay redención posible, no hay vuelta atrás... cada cual arrastra su propia cruz y muy pocos conseguirán llegar al final sanos y salvos, o en su defecto, con una sensación de paz y la conciencia tranquila.

Piel de Serpiente (The Fugitive Kind, 1959)

Una de esas películas clásicas que, como dicen, hay que ver. Y hay que verla no solo como obligación para todo cinéfilo, sino por el gustazo de ver una vez más a Marlon Brando en uno de esos personajes rebeldes y arrebatadores que él hace tan bien.

Ocho años después de interpretar a Stanley Kowalski en la versión cinematográfica de Un tranvía llamado deseo, Brando volvia a encarnar a un personaje de Tenesse Williams, en una película adaptada por el propio Williams y Meade Roberts y dirigida por Sydney Lumet.

Brando interpreta a Valentine Xavier, alias Piel de Serpiente, un fugitivo de la ley, rudo y salvaje, pero tremendamente sensual (muy en su línea). Val llega a Two Rivers, un pueblo del sur de EE. UU. con la intención de pasar página. Allí viven la dueña de una tienda de zapatos (Anna Magianni), que le ofrece trabajar para ella, y su marido, un viejo enfermo que desconfía de Val.

Pronto surgirá una fuerte atracción entre ellos, lo que motivará los celos del marido y el desprecio de los lugareños de Two Rivers.

Esta película repite algunos de los parámetros argumentales que suele usar Tennesse Williams... El personaje interpretado por Joanne Woodward se empeña en aprovechar el momento de manera alocada y escandalosa; en vivir cada minuto con desenfreno, rodeada de hombres y alcohol, muy al estilo de la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo. Lady (Anna Magianni), en cambio, se resigna al destino que le a tocado, y la llegada de Brando será un revulsivo para su vida.

En Piel de serpiente todo parece funcionar muy bien. La historia va ganando interés conforme empezamos a conocer detalles del pasado de los protagonistas. La puesta en escena está muy cuidada y la fotografía se encarga de resaltar las soberbias interpretaciones de Brando y Magianni.

El diálogo tiene momentos muy reflexivos y filosóficos, y también sirve para tocar de manera muy sutil el tema del racismo, encarnado en el odio del pueblo al arremeter contra el padre de Lady por servir vino a los negros.

Según dicen, en esta película se recurrió con bastante asiduidad a la capacidad de Brando para improvisar, y Magianni, fastidiada, se tomó el rodaje como un duelo interpretativo. Parece ser que esta actitud surtió efecto, porque si bien el joven Marlon vuelve a mostrarnos, como siempre, su rostro impasible y secos ademanes, Anna Magianni está absolutamente deslumbrante.

El resto del elenco no desmerece, como confirma el premio Zulueta del Festival de Cine de San Sebastián, que recibió Joanne Woodward, si bien a mí no me resultó muy convincente, no tanto, al menos, como la Magianni.

Altamente recomendable.