jueves, enero 26, 2012

Spock Speaks! Zachary Quinto habla sobre Star Trek 2

A falta de un año y pico para el estreno de la secuela de Star Trek, dirigida nuevamente por J.J. Abrams y con el reparto original a la cabeza, el protagonista Zachary Quinto ha comentado que los nuevos miembros del reparto, Benedict Cumberbatch, Peter Weller y Alice Eve "se han adaptado perfectamente, aportando un alto nivel de inteligencia y sesnibilidad" a la producción. Al parecer ya hay un guión, si bien no es definitivo y aun está en proceso de desarrollo.


"El guión está en continuo cambio, lógicamente."

Dice Quinto: "Esta siendo realmente fantástico. Llevamos rodando una semana y media, y está siendo increíble regresar a ese mundo. A mediados de diciembre, yo estaba ya en plan "¡Necesitamos leer el guión!". Se ha retrasado un poco, pero es porque han estado trabajando en ello. Ha habido una huelga de guionistas que les ha impedido desarrollar el guión. Ahora está en continuo cambio... vamos, lo normal."

Personalmente me alegro un montón de saber que la cosa está en proceso. Star Trek (J.J. Abrams, 2010) me pareció divertida, fresca, revitalizante y emocionante, y para esta segunda no solo contamos con el mismo director, y el repartazo de la primera (qué ganas de ver a Zoe Saldana enfundada de nuevo en las estrecheces del uniforme de la Flota Estelar), sino que se añaden nombres clásicos como Peter Weller (Robocop, demonios) y una estrella emergente como Benedict Cumberbatch (el nuevo Sherlock Holmes de la serie televisiva).

¿Qué puedo decir? ¡Adelante a velocidad de curvatura!

Fuentes:
io9.com
blogdecine.com

jueves, enero 12, 2012

Blackthorn, Sin Destino (Mateo Gil, 2011)

Mateo Gil, personaje clave en el ascenso meteórico de Alejandro Amenábar, ha sido tres veces premiado con el Goya al mejor guión por Agora, Mar Adentro y El método, y al mejor cortometraje por Dime que yo. Ahora nos sorprende con un western, en la que ha sido su segunda película desde Nadie Conoce a Nadie.

Se atreve además a rememorar la leyenda de los forajidos más legendarios del lejano oeste: Bucht Cassiddy y Sundance Kid. Cassidy (Sam Sheppard), años después de haber sido dado por muerto, vive en realidad retirado en Bolivia bajo el nombre de James Blackthorn. Su fortuíto encuentro con Eduardo Apodaca (Eduardo Noriega) marca el inicio de una última aventura que le llevará en busca del botín que Apodaca dice haber robado a Patiño, dueño de una mina de carbón. Juntos irán en busca de los 50.000 dólares que esconde Apodaca en las minas, con los hombres de Patiño pisándoles los talones. También habrá ocasión para rememorar los buenos viejos tiempos de Cassidy con su inseparable Sundance Kid y la guapa Etta Place mediante flashbacks.

Era muy difícil. La leyenda de este célebre ladrón de trenes ya contaba con dos magníficas adaptaciones al cine (Dos hombres y un destino y The Wild Bunch), y está visto que nadie puede contar mejor la historia de Norteamérica que los norteamericanos (con excepción quizá, de los italianos). El film de Mateo Gil jamás podría competir con estas dos joyas del cine, pero es que ni siquiera está a la altura de la grandiosidad del género.


Se adivina el esfuerzo por lograr un tono intimista, reflexivo y alejado de la épica de Leone o Ford, pero Gil tampoco es precisamente Clint Eastwood, maestro del llamado western crepuscular, y el intento hace aguas por todos lados, por culpa, principalmente de un guión soso que ni nos atrapa ni nos emociona. Curiosamente no lo firma el propio Mateo Gil, sino un tal Miguel Barros.


No nos interesa el dudoso destino del señor Blackthorn y su nuevo compinche Apodaca, porque el guión no les pone a prueba; no hay identificación posible ni sentimos la motivación necesaria para seguirles en su aventura. Además, están interpretados con bastante desapego por Sheppard y Noriega (que además actúa en inglés, con un par).

En las escenas de persecuciones y tiroteos se echa de menos un pulso más vibrante, una dosis mayor de épica; todo parece quedarse en un quiero y no puedo, desde el montaje, a la música.

Así pues, si el tono intimista no consigue trascender y la acción esta pobremente dirigida ¿Qué podemos salvar de este western? ¿Una bonita fotografía?


Ni eso, o al menos, no al 100%. En el apartado visual es destacable el trabajo del departamento de maquillaje, vestuario, dirección artística y fotografía. Pero todo da al traste cuando los chicos de postproducción aplican filtros imposibles. Es cierto que hay bellas panorámicas de los impresionantes valles y desiertos bolivianos; y también un virado hacia los tonos cálidos que dotan al film cierto aire clásico, pero en las escenas nocturnas se nota demasiado la impostura; Mateo Gil evitó las complicaciones de rodar de noche y optó por generar los tonos fríos y azulados en postproducción, con un resultado nefasto, artificial. Tanto es así que a veces hasta podemos ver la dura sombra de los protagonistas sobre la arena cuando se supone que el sol ya se ha puesto.



He visto muchos westerns en mi vida, y si se trata de homenajear a un género que amo, me quedo con las inmejorables revisiones de Clint Eastwood, o las divertidas parodias de Robert Zemeckis, Sam Raimi o Alex de la Iglesia. Con mucho pesar, pues admiro el trabajo de Mateo Gil (estamos hablando del hombre que escribió Tesis y Abre Los Ojos), tengo que decir que Blackthorn; Sin destino no llega ni al aprobado.

Para mi asombro, acumula 11 candidaturas a los Goya, incluídas Mejor Película, Mejor Director, Mejor Dirección de Fotografía, Mejor Montaje y Mejor Guión Original.

jueves, diciembre 22, 2011

¡Bill Murray hace jirones el guión de Ghostbusters III!

Según se cuenta en los mentideros internacionales, la esperada tercera parte de Los Cazafantasmas podría no materializarse. El proyecto, que lleva anunciado algún tiempo, cuenta ya con su propia página en IMDB, que anuncia como segura la presencia de Dan Aykroyd, Harold Ramis y el propio Bill Murray como los doctores Raymond Stanz, Egon Spengler y Peter Venkman, acompañados de Sigourney Weaver, en el papel de Dana Barret, el eterno amor de Venkman.

El National Enquirer publicaba ayer una noticia demasiado apetitosa como para no hacerse eco de ella. Según parece, días después de que Aykroyd y Ramis - no sólo actores, sino creadores de la franquicia - enviaran a Bill Murray la última copia del guión, pulida y revisada, el protagonista de Atrapado en el Tiempo devolvió el manuscrito pasado por una trituradora de papel, acompañado de la siguiente nota: "No one wants to pay money to see fat, old men chasing ghosts!".

Más que claro, Murray habría sido ¡cristalino! como decía un atacado Tom Cruise en Algunos hombres buenos. En cualquier caso, teniendo en cuenta el marcado matiz amarillista de la revista, cabe preguntarse si en realidad la fantasmada ha sido de Murray o de la propia publicación. De momento sólo podemos preguntarnos qué podemos esperar de esta secuela si finalmente se hiciera, con o sin Bill Murray.

Yo siempre he sido demasaido optimista, y siempre espero con impaciencia las tardías continuaciones de mis héroes de los ochenta, llevándome posteriormente la consabida decepción: Terminator, Tron, Indiana Jones, etc ¿Hace falta explicar mi experiencia? Y sin embargo siempre vuelvo a caer. Desde que se anunció, siempre concebí Ghostbusters III como un verdadero acierto. Una comedia que aunaría lo mejor de dos generaciones de humoristas. Hubiera sido divertido ver el mano a mano actoral de estos dinosaurios del Saturday Night Live con gente como Jim Carrey, Adam Shandler, Owen Wilson o Ben Stiller.

Que ya si eso vosotros... ¿eh?

Pero a la vista del casting que de momento está confirmado (donde los jóvenes cómicos brillan por su ausnecia), y ante la sonada negativa del doctor Venkman, parece que lo mejor es que nunca lleguemos a ver la tercera parte de la saga ectoplásmica. Porque, si Murray no accede... ¿A quien van a llamar?

Fuente:

www.joblo.com
www.canaltcm.com

domingo, diciembre 18, 2011

The Artist (Michel Hazanavicius. 2011)

Hollywood, 1927. George Valentin es una estrella del cine mudo al que todo le sonrie. Todas sus películas triunfan. Pero la llegada del cine sonoro marca el fin de su carrera y lo lleva a caer en el olvido. Paralelamente, la joven actriz Peppy Miller, a la que Valentin ayudó en sus primeras películas, empieza a tener gran éxito. Peppy, pese a que el actor no quiere saber nada de favores o de compasión, siempre tiene presente lo generoso que fue con ella.

No es ningún secreto que en los últimos años, paralela a la acuciante crisis económica, la industria cinematográfica se encuentra en plena crisis de ideas. Los estudios han exhibido sin el menor atisbo de pudor o vergüenza todo un rosario de innecesarios remakes, continuaciones y adaptaciones de libros y cómics.

Caso distinto es el de algunos directores que, si bien tampoco han innovado, sí que han llevado a cabo trabajos más personales que aluden a una nostalgia sin referentes concretos (sin un libro o película previa), pero que se cimentan sobre unos códigos universales y aprehendidos a través de los años. La película Super 8 de J.J. Abrams fue la primera de estas agradables sorpresas. Se trata de ese cine bienintencionado que nos quiere recordar quienes fuimos una vez, desde una perspectiva honesta y sincera, con el único afan de divertirnos a la par que reivindica su propio lenguaje.
Y eso mismo es lo que persigue The Artist (Michel Hazanavicius. 2011), que ya ha obtenido los premios a la Mejor Película y el Mejor Director del Círuclo de Críticos Cinematográficos de Nueva York y el de Mejor Actor - Jean Dujardin - en Cannes. Rodada en blanco y negro, sin más diálogo que el de los intertítulos, y un formato académico de 1,37:1, la cinta es un homenaje por todo lo alto a la industria del cine; una auténtica pieza de imitación que podría haber sido rodada en los años 20. Su perfección formal es intachable, cada plano recrea limpiamente y con acierto ese cine casi olvidado del vodevil, el amor naïf e idealizado, el melodrama o los frenéticos números musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Y es que no hay necesidad alguna de diálogo. Como en las viejas películas mudas, las sensaciones llegan claramente a través de la música, el encuadre y la gestualidad de unos actores inspiradísimos. Cuesta creer que dando vida a la pareja protagonista, haya dos actores contemporáneos llamados Jean Dujardin y Bérénice Bejo. Fue todo un acierto no recurrir a grandes estrellas para encarnar a George Valentin y Peppy Miller, y la inmersión sería completa si no fuera por un plantel de secundarios de lujo, entre los que destaca el rostro familiar de John Goodman, Hugh Cromwell o Penelope Ann-Miller.

En lo discursivo, destaco su banda sonora, y alguna escena especialmente original y conmovedora (cuando Peppi se abraza a si misma a través de la chaqueta de George Valentin) o el acertado uso de los efectos sonoros en la secuencia onírica del propio George.

Resulta difícil ver esta película sin esbozar una sonrisa, aun en la oscuridad de la sala y para nosotros mismos. Aunque la historia no es nueva y nos cuenta lo que ya se narraba con maestría en Cantando Bajo la Lluvia (Stanley Donnen, 1952) o El Crepúsculo de los Dioses (Billy Wilder, 1950), The Artist merece no obstante toda nuestra atención. Se digiere como un plato exótico, refrescante y delicioso que nos deja con ganas de repetir.

jueves, diciembre 15, 2011

Agfa Family Values

Parte I: Valor añadido

Los 8 mm llegaron a mi vida a mediados de los 90, cuando mi padre me regaló el Agfa Family; algo así como un “equipo completo” de Super 8, fabricado en 1981, que incluía un tomavistas con muy pocas prestaciones, y un aparato para visualizar películas a medio camino entre un proyector y una moviola. El equipo era de segunda mano; de un amigo de mi padre, pero estaba prácticamente nuevo,


Antes ya había tenido un CinExín, y también había estado en casa de mi amigo Esteban disfrutando de su maravilloso proyector sonoro y sus películas Disney. Pero nunca había tenido en mis manos la posibilidad de filmar en celuloide.


El Agfa Family, por el nombre y por la foto de que adornaba la caja - una familia feliz congregada alrededor del aparato - ya se adivinaba que no era un equipo profesional. El tomavistas tenía un objetivo fijo de 10 mm sin anillo de enfoque, todo en automático. El proyector realmente no proyectaba, sino que mostraba la película en una pequeña pantalla.

Pero a mi tierna edad, poco me importaba. Yo estaba muy feliz con mi regalo. Mis padres conservaban desde hacía mucho unas viejas películas familiares (donde salía un servidor con apenas 3 años y el rostro salpicado de varicela). Me encantaba verlas una y otra vez, detener la imagen, pasarla cuadro a cuadro, etc. Incluso llegué a telecinarlas de forma muy tosca, apuntando directamente hacia la pequeña pantalla del Agfa Family con nuestra videocámara, una Sanyo que grababa en cintas de Video 8 (formato magnético de 8 mm y 400 lineas de resolución horizontal). Los resultados, como se puede adivinar, fueron bastante pobres.


¡También incluía un cartucho para el tomavistas! En cuanto mi padre me hubo explicado como funcionaba la cosa, me lancé a la calle a filmar, siempre buscando eso que llaman "el valor añadido".

Aquí es donde el relato se vuelve dramático. Si bien fui advertido de que un cartucho apenas duraba 3 minutos, la luz roja que indicaba el fin del mismo, se encendió mucho antes. Pero el motor giraba y el indicador lateral mostraba claramente que aun quedaba algo de película, así que decidí que la luz roja estaba equivocada. Saqué la cámara a la calle durante varios días y el indicador lateral jamás llegó al final.


Pasado algún tiempo, supuse que seguramente ya habría completado los tres minutos, así que mi padre mandó el cartucho a revelar a un establecimiento en Aranjuez. La dirección ya venía apuntada a mano en un sobre incluído en la caja, y pese a mis dudas (ya no eran tiempos de Super 8, y aquel texto parecía haberse escrito hacía siglos), la película regresó sana y salva, en una bobina de 15 m. revelada a todo color.

Parte II: ¡Me lo arrebataron de las manos!

Habría que ponerla ¿No? Toda la familia se congregó – como en la foto – alrededor del Agfa Family para observar mis pinitos como filmaker.

La tragedia se desató cuando vimos que lo revelado no coincidía en modo alguno con lo que yo filmé ¡La imagen mostraba a un grupo de chavales disfrutando de un día de picnic! Posiblemente era la Sierra de Cazalla, población cercana a Constantina, el pueblo de mis padres ¡Me habían dado un cartucho usado!


Entonces, algo sucedió de la forma que sucede en las películas cómicas. Fue un alivio por partida doble y nos ayudó a recuperarnos de la desilusión inicial. Como al minuto y medio de iniciar la bobina, aquella filmación desconocida mostraba a uno de los chicos, visiblemente borracho, protagonizando un striptease sobre un banco de madera. Justo cuando se le iba a ver el culo, la imagen fue engullida por una luz blanca, y un par de décimas de segundo mas tarde comenzaba por fin mi filmación, la que yo había tomado meses antes y había mandado a Aranjuez con tanta ilusión.

Allí, inmortalizados en celuloide, estaban mis padres, mi hermano Pablo, mis tíos Medina y Sole y mi prima Marina – futura veterinaria – alimentando a los perros de su chalé. La cosa terminó pronto. Aquellos fiesteros de la Sierra de Cazalla apenas me habían dejado un minuto. Comprendí entonces que la luz roja había funcionado desde el principio y que si el indicador lateral nunca se llenó es porque dejó de moverse al terminarse el cartucho. Gran parte de lo que esperaba ver en ese rollo jamás quedó registrado.

Cuando quise filmar otro, resultaba ya imposible encontrarlos en ningún establecimiento. Creo que podría decirse que el Super 8, me lo arrebataron de las manos (como decía Michael de su hijo Walt, en Lost) y desde entonces no volví a interesarme por el formato, ni a registrar imágenes en celuloide.


lunes, noviembre 07, 2011

Eva (Kike Mailló, 2011)

Alex (Daniel Brühl), un ingeniero experto en robótica, es convocado por su antigua escuela para retomar un proyecto que dejó a medias diez años atrás: la creación un niño biónico. Alex encuentra su inspiración en Eva; la hija de su hermano David (Alberto Ammann) y Lana (Marta Etura), ambos científicos y antiguos compañeros de Alex.


Cada intento del cine español de abordar la ciencia ficción, merece de por sí una mención. La apuesta por este género lleva implícitos el sacrificio y el riesgo, pues a pesar de nuestro perfeccionamiento técnico, creo que el fantástico en España aun camina sobre una débil línea que a duras penas separa la auténtica película de género, del fracaso más estrepitoso.

A mi modo de ver, Eva se encuentra justo en esa línea. No es un fracaso estrepitoso, pero tampoco es la quintaesencia de la ciencia ficción, ni desde luego una obra maestra. Es un loable tributo de su realizador (el debutante Kike Mailló) al género fantástico.  Aplaudo su valentía; en ningún caso es Eva una mala película.


Su propuesta ha sido usar la ciencia-ficción como telón de fondo para una historia sentimental, a lo que ayuda una fotografía intimista y un uso mesurado de los efectos especiales, sin que por ello dejen de lucir asombrosos en algún momento concreto. El software de "mecánica emocional" que usa Alex, o su mascota biónica, son efectos realmente cuidados y sitúan a Eva a la altura de las grandes producciones norteamericanas.

El reparto está correcto, con un convincente Daniel Brühl a la cabeza, un actor que cada vez me gusta más, por lo realista y natural - casi "casual" - de sus interpretaciones, secundado por Marta Etura, Alberto Ammann y el grandísimo Lluis Homar, en un registro insólito para él. La niña Claudia Vega, sin llegar a ser un "descubrimiento", no lo hace nada mal.


Pero algo le falta a esta película. El drama personal de Alex no logra despertar el suficiente interés y la revelación final, aunque inesperada, tampoco resulta emocionante. El guión no profundiza en los aspectos morales de la robótica y se limita a exponernos ese futuro plausible donde las máquinas emocionales son una realidad. Además, no tolero que, acaso con el propósito de impactar desde un primer momento, el director decida colarnos un spoiler en toda regla al principio de la película. Para manejar los tiempos narrativos de forma ingeniosa hace falta mucho tino y no siempre es necesario u original comenzar por el final. A mi desde luego me mató gran parte de la intriga.

Digamos que Eva es una historia agradable, sencilla e intimista, bien filmada. Sólo cabría esperar en ella un poco más de compromiso moral con el espectador, o perfilar mejor a sus personajes, para compensar la, por otro lado, acertadamente sobria propuesta técnica.

viernes, octubre 14, 2011

El Señor de los Anillos (Peter Jackson)

No me engaño. Se que además de los gustos personales de cada cual, hay ciertas corrientes de opinión en las que uno se va encorsetando sin darse apenas cuenta, aceptando como verdaderas o plausibles ciertas convenciones. Hay perfiles sociales que, si bien están estereotipados, guardan un sustrato de verdad. Por ejemplo; si rondas la treintena y creciste con el cine fantástico de Spielberg y Lucas, es muy posible que también te rindas a la magnificencia épica de la Trilogía de El Señor de los Anillos. Tanto más si uno tiene cierta formación al respecto de las más modernas técnicas de postproducción y efectos visuales, como es mi caso.

Aunque me niego a entrar en ese saco, si es cierto que como muchos, fui uno de los que a raíz del estreno cinematográfico de La Comunidad del Anillo (Peter Jackson, 2001) se hizo con los libros de J. R. R. Tolkien para leerlos, quizá tardíamente, por primera vez. En su día, quedé maravillado por la fantasía y la aventura que destilaba la novela, y esperé pacientemente el estreno de las dos películas que completarían la trilogía: Las dos torres  y El retorno del rey (Peter Jackson, 2002-03) .

Una cosa si es cierta. Jamás el universo de Tolkien fue ni será retratado en el cine con tanto cuidado y esmero. Las películas de Peter Jackson rezuman una impresionante calidad técnica y atención al detalle. Nada ha sido omitido: cada máscara, cada armadura y cada matte painting alude con fuerza al mundo imaginado por el escritor británico. Los fans pueden estar contentos. Sí, porque además, la fidelidad al libro es profusa y absoluta, salvo algunos detalles duramente criticados en su día, pero perdonados y olvidados al poco tiempo.

Peter Jackson pasó de dirigir títulos como Mal gusto (Bad Taste,1987) y Braindead, tu madre se ha comido a mi perro (Braindead, 1992) a dar vida a uno de los textos de narrativa fantástica más respetado y temido por la industria cinematográfica. Después de algunos trabajos divertidos y canallas, abrazó los grandes presupuestos y actualmente se codea con el mismísimo Spielberg.

No obstante, a mi modo de ver, tampoco hay para tanto con El Señor de los Anillos, e incluso me atrevo a soltar la manida frase: "están sobrevaloradas". No las he revisado recientemente y escribo basándome sólo en mi memoria. Pero sí que vi varias veces La Comunidad del Anillo, y un par Las Dos Torres y El Retorno del Rey. El problema principal de estas películas es el tratamiento de la historia y la supeditación a un envoltorio deslumbrante que oculta no obstante serias carencias narrativas.



No negaré que la primera parte funciona bien. Tiene un prólogo inquietante, una hermosa introducción y un desarrollo emocionante y variado. Su larga duración se soporta gracias al cambio continuo de escenarios, a cual más espectacular, y el desfile incesante de pruebas y peligros para nuestros héroes. No ocurre lo mismo con Las Dos Torres. De repente, la vivacidad de que hacía gala su predecesora, desaparece en este segundo acto, estanco, lento y aburrido hasta el hastío, donde llegamos a plantearnos si no hubiera sido mejor eliminar una o dos escenas en lugar añadir los 50 minutos de su edición especial. 


La línea argumental relativa a Frodo, Sam Gamyi y Gollum, es agotadora. La desconfianza de Samsagaz hacia Gollum queda patente gracias a unos diálogos repetitivos y cansinos. Dicho de otra forma, hay cuatro o cinco escenas iguales. El resto de la película aguantaría el tirón si no fuera por una mal entendida fidelidad al texto de Tolkien. Habrá quien se eche las manos a la cabeza, pero siempre he defendido que el cine y la literatura son lenguajes distintos y que una innecesaria fidelidad puede ser contraproducente (vease El Resplandor de Mick Garris) ¿Hay necesidad de reproducir hasta el milímetro cada pequeño detalle, a riesgo de confundir y/o perder definitivamente al espectador? La cantidad de información vertida en las películas de Peter Jackson, y sobre todo su extensa duración, llega a ser abrumadora. Este tratamiento quizá hubiera sido lícito racionado en capítulos de cuarenta minutos - Jackson podría haber dado forma a una gran serie de televisión - pero se hace denso y carente de interés si tenemos que permanecer inmóviles ante la pantalla durante tandas de 4 horas.


El Retorno del Rey vino a mejorar un poco la situación; la recuerdo más entretenida y variada que Las Dos Torres, pero  para entonces la llama de la aventura y mis espectativas se habían apagado. Los personajes parecían cada vez más de cartón piedra. Una mirada perdida, un tono de voz quebradizo y un brillo en los ojos añadido en postproducción, parecían ser suficiente para disimular un diálogo recargado y artificioso que no hace más que repetir frases huecas revestidas de épica y heroísmo (como en Star Wars, lo admito). El Monte del Destino, el Anillo, la misión, la cuestiones morales y el valor.... todo ello había perdido su sentido y sonaba más a una cantinela que a otra cosa. Las escenas emocionantes, el clímax y el epílogo sí me llegaron a emocionar, gracias principalmente a manidos recursos cinematográficos de la vieja escuela (música, fotografía, etc.). Ya sabemos que el caldo de la vieja escuela siempre nos salva los garbanzos.


Por lo demás, y aunque sea cine fantástico, se echa de menos un mayor realismo a lo largo de las 12 horas que dura el enredo. Algo más de barro, sangre y entrañas. Menos filtros de postproducción, etalonaje y efectos especiales. No se si por suerte o por desgracia, con El Señor de los Anillos empezaba a tomar forma un nuevo concepto visual fuertemente apoyado en la fase de postproducción; una tendencia todavía en alza y que ha tenido su máxima expresión en la sobrecargada irrealidad de 300 (Zack Snyder, 2006) o en la inminente Inmortals (Tarsen Singh, 2011). ¿Dónde quedó el realismo desgarrador de las batallas de Braveheart (Mel Gibson, 1995)? La epopeya de William Wallace empieza a parecer una película clásica (o casi documental) frente a la estilizada saga de El Señor de los Anillos.
 
Así lo viví yo. Mis excusas a los acérrimos fans de la saga, cuyos motivos para defenderla también son loables y fundados.

Namasté, digo Namarïe.