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miércoles, octubre 30, 2013

After Earth (M. Night Shyamalan, 2013)

Hubo un tiempo en que el nombre de M. Night Shyamalan era sinónimo de originalidad e inventiva, en que su cine suponía un soplo de aire fresco y reinventaba hasta cierto punto géneros como el suspense y el terror. Su pulso narrativo creaba atmósferas tremendamente sugestivas, y su imaginación era capaz de concebir sorprendentes giros de guión, sólidos y coherentes con el resto de la historia. Tocó el cielo con El Sexto Sentido (1999), repetiría éxitos con El Protegido (2000) y mantuvo el nivel con Señales (2002) y El Bosque (2004).

Algunos empezaban ya a no entender su lenguaje o sus estrategias de márketing. El cineasta prometía una de marcianos, o una de terror, pero se empeñaba en no ponerle cara al peligro y centrarse en los actores y sus emociones. El primer batacazo claro fue La Jóven del Agua (2006), que no convenció ni a crítica ni a público, y desde entonces, Shyamalan parece no encontrar su sitio, su sello, ni una motivación clara.



After Earth es tristemente, la continuidad de esta espiral en la que ha entrado el director hindú. La idea original fue de Will Smith, quien parece más motivado en dar protagonismo a su hijo Jaden que en crear una historia sólida. En este aspecto, el filme me recuerda a las películas de Parchís, de Elvis Presley o a Moonwalker, aquel relato ególatra escrito por el propio Michael Jackson; una historia simplona, ingenua, caricaturesca y tremendamente inverosimil en la que el cantante aparecía como un mesías redentor. El borrador de After Earth se escribió también con un propósito merdianamente claro y a la vez tremendamente inútil: afianzar la carrera en ciernes del hijo de Will Smith, desatendiendo todo lo demás y simplificándolo hasta el punto de resultar una burla para ciencia ficción seria. Para ello se traza un personaje bastante naïf, fofo y sin mucha chicha, que aun así, no habría resultado tan patético de no ser por la interpretación de Jaden.


 La inexperiencia del joven actor parece haber contagiado a todo el equipo. Aunque el guión ya lo firma el director hindú, toda su inventiva parece supeditada a las motivaciones de los Smith. Sin subtramas que la apoyen, la historia se hace pesada y carece de fuerza. También la dirección de Shyamalan está a años luz de lo conseguido en El Sexto Sentido o El Protegido. Todo queda reducido a una carrera contrarreloj para lograr la salvarse, con estructura de videojuego y salpicada de momentos intimistas escritos y rodados bajo la ley del mínimo esfuerzo.

Un breve destello del sello personal de Shamalan puede apreciarse hacia el final, cuando tiene lugar un montaje en paralelo parecido a los que marcaban la catársis de Bruce Willis en aquellas películas, pero que aquí resultan un mero artificio técnico sin el más mínimo interés.


El propio Will Smith, que con los años se ha convertido en un actor sólido y respetable, dejando muy atrás su imagen de bufón televisivo, ofrece aquí una interpretación torpe, hierática y lineal que parece también supeditada al lucimiento de su pequeño vástago.

Poco se puede salvar de una película que, si bien tenía una premisa interesante (un mensaje ecologista que podría haberse desarrollado más) parece hecha con prisas, sin ganas y de forma mecánica. Como un álbum de fotos de esos que hacen los chicos de Apple, After Earth dota de un envoltorio deslumbrante lo que no pasa de ser un vídeo familiar, donde el argumento poco importa con tal de que tus hijos salgan guapos.

sábado, octubre 05, 2013

Gravity (2013)

Ya hemos visto Gravity, de Alfonso Cuarón. El hype a su alrededor ha ido creciendo en los últimos meses, y hace escasamente unos días, la crítica norteamericana caía rendida ante este thriller de ciencia-ficción con tintes dramáticos.

Quería ver Gravity completamente virgen. He sido cuidadoso de no auto-spoilearme ni siquiera en los detalles más insignificantes, así que cuando entré en la sala estaba abierto a todo tipo de acechanzas espaciales... alienígenas, fantasmas, plagas o demonios. Sin embargo, me encontré con una trama bastante más realista; una premisa tan elemental como llena de fuerza. Cuarón no juega al despiste ni nos marea con reveses narrativos; se trata de dos astronautas luchando por sobrevivir en la negra inmensidad del espacio. No hay más.



Con una historia reducida pues a su esencia, desprovista de subtramas, personajes secundarios o giros imposibles, el director y guionista demuestra que a veces menos es más, y que la aventura del dúo protagonista es suficiente para mantener el interés durante los noventa minutos que dura el film.

Los "giros imposibles" en este caso, son ejecutados por la cámara (real o virtual) y por el equipo técnico de efectos visuales. Si en Apollo 18, Lopez-Gallego optaba por un found-footage a partir de distintos formatos de filmación, Gravity está en el otro extremo. Como en Hijos de los Hombes, la estilización del plano secuencia es llevada de nuevo hasta sus últimas consecuencias. Sin cortar un sólo momento, la cámara recorre en vuelo rasante la estructura de los satétites; gira en perspectivas imposibles alrededor de nuestros protagonistas; los persigue a través de los angostos pasadizos de la ISS; y hasta asume su punto de vista subjetivo atravesando para ello el cristal de las escafandras. A pesar de esta ostentación, en ningún momento el discurso se sobrecarga en exceso, pues Alfonso Cuarón sabe cuándo detener la cámara en sugestivas composiciones visuales, logrando un tono intimista muy agradecido entre tanta acción. A este respecto, debe mencionarse el sobresaliente trabajo del director de fotografía de Emmanuel Lubezki y el hermoso e
inconfundible guiño visual a 2001; Una odisea en el espacio que protagoniza Sandra Bullock, quien por otro lado, ofrece una convincente interpretación por encima de su compañero masculino.



Gravity también funciona en el plano emocional, y aunque los personajes están trazados con brocha gorda, se logra una cierta complicidad que llega a conmovernos, debido al carisma y el talento de la pareja protagonista.

No es en ningún caso un film innovador; otros realizadores han jugueteado con el plano secuencia antes que Cuarón, y además, el formulismo de la vieja escuela queda patente en su apuesta por la espectacularidad y en un George Clooney quizás demasiado pegado  a su rol de galán maduro, aun en una situación de crisis. Acorde con este formulismo, agradecemos no obstante la inclusión de un score sinfónico muy potente y expresivo, que hasta asume el papel de los efectos de sonido allá donde el propio sonido no puede propagarse, y que hacia el desenlace, lleva la película a una intensa catarsis.


Con todo, Cuarón es valiente al no abandonar a sus personajes (un guionista inseguro hubiera incluido una subtrama en la Tierra). Su película es endiabladamente entretenida, y se mueve con soltura entre el blockbuster y el cine de autor, contentando a los verosimilistas tanto narrativamente (es sabido que la basura espacial puede resultar altamente destructiva) como en el diseño de producción (los trajes y las instalaciones espaciales están profusamente recreados); pero sin renunciar a la acción y a un punto de vista libre de ataduras, dollys y trípodes.

domingo, septiembre 22, 2013

Regreso a la Tierra (Joseph M. Newman y Jack Arnold, 1955)

A través del vasto universo de la cinematografía, la misión es a veces tan agotadora y solitaria que parece no acabar nunca. Pero tiene sus compensaciones; cada sonda lanzada al espacio, cada film desconocido, trae consigo nuevos hallazgos; un interminable catálogo de nuevas películas y directores igualmente desconocidos.

La última baliza de reconocimiento, reportó en mi pantalla la existencia de un film de 1955, en plena fiebre nuclear, llamadado This island, Earth, o como se tituló en España en 1980 (tras la dictadura franquista, aun sin tener ningún subtexto político), Regreso a la Tierra, un filme basado en los textos de  Raymond D. Jones, y dirigido por Joseph M. Newman y Jack Arnold, bajo el auspcio de Universal International Pictures.



Tras haber superado una prueba, sin él saberlo, al construir un interocitor (un extraño aparato con poderes extraordinarios), el doctor Meacham (Rex Reason) pasa a formar parte de un equipo internacional de científicos que trabajan en un programa secreto de investigación. Allí se encuentra con la profesora Ruth Adams (Faith Domergue), que parece no reconcerle. Meacham descubrirá muy pronto que está siendo manipulado por un grupo de extraterrestres con intenciones poco claras.

Para no andarme con demasiados rodeos diré que This island, Earth me ha encantado, y que es un delicioso caramelo para cualquier aficionado al género fantástico. A pesar de los dos años y medio que Universal empleó en su realización, debido principalmente al descontento del productor William Alland con el guión, y sus continuas reescrituras, así como a los terremotos que sacudieron el set de rodaje o el cambio del director, nada de esto parece influir en el resultado final. La historia cabalga a trote rápido con ese encanto e ingenuidad tan particular de la ciencia ficción de los años cincuenta, manteniendo con eficacia el suspense durante la construcción del interocitor, y toda la fase previa al reclutamiento de Meachan.





Un encanto no solo presente en la narración, sino también en su fotografía en Technicolor y en unos efectos especiales, que si en unas ocasiones (sobre todo al principio) no alcanzan el refinamiento de otros títulos de la época (me acuerdo ahora de Planeta Prohibido), sí que nos ofrecen hacia el final unas inolvidables vistas del planeta Metaluna, que constituyen el auténtico clímax visual de la película, donde se combinan todas las técnicas de la época. Maquetas de platillos volantes se integran a la perfección con matte paintings de civilizaciones extraterrestres y efectos ópticos de lásers y haces de luz.



Como nada hay perfecto, le achacaría un deux ex machina bastante importante hacia el final. Aun enmarcado en la ciencia ficción más febril, resulta decepcionante que tras una trama tan sólida y bien estructurada, los guionistas caigan en un gazapo tan obvio y pedestre, incluso para los no versados en Ciencias de la Atmósfera. 

Todavía están presentes en el imaginario colectivo aquellos mutantes de aspecto insectoide en los que Universal basó toda la imagen publicitaria del film, a pesar de salir apenas 5 minutos y no constituir ninguna amenaza real para los protagonistas; o la divertida peluca blanca de Jeff Morrow, que sería objeto de parodia / homenaje en la fallida Exploradores (Joe Dante, 1985).

Aun sin alcanzar el grado de excelencia de Ultimátum a la Tierra, La Invasión de los Ultracuerpos o la mencionada Planeta Prohibido, This island, Earth es perfectamente válida como título definitorio del género y la corriente imperante en aquellos tiempos, y su argumento logra atraparnos, divertirnos y hasta dejarnos con ganas de más.


lunes, julio 30, 2012

NIVEL 13 vs. DARK CITY: De la realidad virtual a las visiones cosmogónicas

Se masca en foros y blogs de cine fantástico que estas dos películas fueron claras inspiradoras de la saga Matrix. Y es que a finales de los noventa, ya estaba agotado el concepto de realidad virtual en su aspecto más icónico. Esto es, tal como se mostraba en El Cortador de Césped, Acoso, o incluso Parque Jurásico; como una novedosa tecnología destinada al entretenimiento, el mundo empresarial y el desarrollo científico, con la sofisticación y el empaque visual que proporcionaban artilugios como el casco, los guantes y los sensonres de movimiento.

En vez de eso, a finales de los noventa había un interés por dotar al fantástico de mayor profundidad así como un gusto bastante extendido por la teoría de los multiuniversos, o realidades paralelas. Fuera el casco y los cables, estas nuevas películas elevaban el concepto a un nivel interplanetario o cosmogónico, y mostraban el avance tecnológico como herramienta para la dominación.

Tuve ocasión recientemente de revisionar Dark City (Alex Proyas, 1998) y de ver por primera vez Nivel 13 (The Thirteen Floor, Josef Rusnak, 1999), que se enmarcarían dentro de este cine fantástico más comprometido y sesudo, y he quedado bastante complacido de ambas películas, tanto a nivel visual como narrativo. Si bien no están al mismo nivel, ambas son muy disfrutables y fiel testigo de la época que se hicieron.

Los azulejos de Deckard y otros aspectos interesantes de NIVEL 13

Nivel 13 podría considerarse un paso intermedio entre ambos modelos. Desaparecen los props vinculados a la realidad virtual pero en esencia es lo mismo. Una empresa líder en nuevas tecnologías desarrolla unidades de memoria a las que nos podemos conectar y experimentar una simulación de otros mundos, concretamente, una réplica de Los Ángeles en 1937. Cuando Fuller (Armin Mueller-Stahl) el director del proyecto es asesinado, sus compañeros (Craig Bierko y Vincent D'Onofrio) y su hija (Gretchell Mol) encuentran datos reveladores de la naturaleza siniestra del experimento.


En lo visual, el plato fuerte de esta película es sin duda la recreación de la ciudad de Los Ángeles de finales de los treinta, que nos muestra amplias panorámicas de la urbe. La trama de misterio está muy bien articulada y experimenta bastantes giros y reveses inesperados. Si nos ponemos muy verosimilistas (insulto que usaba Hichtcock para referirse a ciertos críticos de cine), es posible que encontremos alguna incongruencia, pero pero el sorprendente final hace que los detalles que nos molestaban acaben por no tener mayor importancia.


En el lado negativo, encuentro las interpretaciones bastante deficientes. Ni siquiera Vincent D'Onofrio (el recluta Patoso, señores) logra destacar.

A pesar de la cuidada recreación de los años 30, el trabajo de fotografía se me hace tan simple y poco creativo como lo peor del cine de acción de los años noventa, por no hablar de algunos decorados que aluden de forma tan innecesaria como poco sutil a Blade Runner. A veces me daba la sensación de estar viendo Soldado Universal o TimeCop. Los efectos especiales se disfrutarán si se perciben desde la nostalgia, pero es innegable que el tiempo les ha pasado factura.

Pese a todo, funciona. Nivel 13 nos remite, en una ágil metáfora, al mito de la caverna de Platón y expone ciertas ideas de interés sobre la llamada dictadura de las máquinas. Nivel 13 es también el producto más serio e interesante en el que se ha involucrado Roland Emmerich, y eso ya es algo. No es una pieza clave del género fantástico, pero es sin duda superior a la media que reinó en los tristes años noventa.

Dark City, en busca de la Tierra Prometida.

La película de Alex Proyas son palabras mayores. Muy pocas veces me he dado de bruces con un producto tan original. Mas cercana a Matrix que Nivel 13 en estética y concepto, es sin embargo una joya atemporal que se mantiene hoy tan fresca como el primer día.


Desde la primera imagen (un travelling vertical que empieza en las estrellas y se va introduciendo en la ciudad oscura que da nombre al film) nos damos cuenta que estamos ante un producto de gran calidad visual. Se perciben ecos del mejor film noire así como reinvenciones de la mejor ciencia ficción desde Metrópolis a Blade Runner.

La película revisita las teorías de Sócrates o Rosseau sobre la predestinación y la bondad innata del hombre, a través de los ocultos, una extraña raza alienígena que ostenta un hipnótico poder sobre la ciudad, mientras tratan de averiguar qué nos hace humanos, particulares y diferentes.

El protagonista del filme, John Murdoch (Rufus Sewell) afectado de amnesia, debe combatir la dominación de los ocultos, subvirtiendo sus normas y alcanzar nada menos que su particular tierra prometida. En este caso, no es la tecnificación informática, sino el avance de la ingeniería genética, el que es puesto en entredicho. Como vemos, una idea profunda revestida por un elegante diseño de producción que deja a Matrix y a Nivel 13 muy por debajo.


Por si fuera poco, el reparto está encabezado por William Hurt, Jennifer Conelly, Kieffer Shutterland y Rufus Sewell, que están más que correctos en sus respectivos roles.

Por mucho que me esfuerzo en buscar algún fallo a esta obra maestra, lo cierto es que me parece redonda en todos sus aspectos formales y narrativos. Solo puedo recomendarla fervientemente y esperar que disfrutéis tanto como yo con su visionado ¿Sí?

lunes, noviembre 07, 2011

Eva (Kike Mailló, 2011)

Alex (Daniel Brühl), un ingeniero experto en robótica, es convocado por su antigua escuela para retomar un proyecto que dejó a medias diez años atrás: la creación un niño biónico. Alex encuentra su inspiración en Eva; la hija de su hermano David (Alberto Ammann) y Lana (Marta Etura), ambos científicos y antiguos compañeros de Alex.


Cada intento del cine español de abordar la ciencia ficción, merece de por sí una mención. La apuesta por este género lleva implícitos el sacrificio y el riesgo, pues a pesar de nuestro perfeccionamiento técnico, creo que el fantástico en España aun camina sobre una débil línea que a duras penas separa la auténtica película de género, del fracaso más estrepitoso.

A mi modo de ver, Eva se encuentra justo en esa línea. No es un fracaso estrepitoso, pero tampoco es la quintaesencia de la ciencia ficción, ni desde luego una obra maestra. Es un loable tributo de su realizador (el debutante Kike Mailló) al género fantástico.  Aplaudo su valentía; en ningún caso es Eva una mala película.


Su propuesta ha sido usar la ciencia-ficción como telón de fondo para una historia sentimental, a lo que ayuda una fotografía intimista y un uso mesurado de los efectos especiales, sin que por ello dejen de lucir asombrosos en algún momento concreto. El software de "mecánica emocional" que usa Alex, o su mascota biónica, son efectos realmente cuidados y sitúan a Eva a la altura de las grandes producciones norteamericanas.

El reparto está correcto, con un convincente Daniel Brühl a la cabeza, un actor que cada vez me gusta más, por lo realista y natural - casi "casual" - de sus interpretaciones, secundado por Marta Etura, Alberto Ammann y el grandísimo Lluis Homar, en un registro insólito para él. La niña Claudia Vega, sin llegar a ser un "descubrimiento", no lo hace nada mal.


Pero algo le falta a esta película. El drama personal de Alex no logra despertar el suficiente interés y la revelación final, aunque inesperada, tampoco resulta emocionante. El guión no profundiza en los aspectos morales de la robótica y se limita a exponernos ese futuro plausible donde las máquinas emocionales son una realidad. Además, no tolero que, acaso con el propósito de impactar desde un primer momento, el director decida colarnos un spoiler en toda regla al principio de la película. Para manejar los tiempos narrativos de forma ingeniosa hace falta mucho tino y no siempre es necesario u original comenzar por el final. A mi desde luego me mató gran parte de la intriga.

Digamos que Eva es una historia agradable, sencilla e intimista, bien filmada. Sólo cabría esperar en ella un poco más de compromiso moral con el espectador, o perfilar mejor a sus personajes, para compensar la, por otro lado, acertadamente sobria propuesta técnica.

domingo, agosto 21, 2011

Super 8 (J.J. Abrams, 2011)

Por fin llegó Super 8, la esperadísima producción de Steven Spielberg, dirigida por J.J. Abrams, responsable de la serie Perdidos y director de la divertidísima Star Trek (2009). Desde los primeros teasers las expectativas sobre esta fantasía de ciencia ficción se situaron en lo más alto, lo cual implicaba en mayor o menor grado una posible gran decepción.

Me siento afortunado al poder decir que, en mi caso, no ha habido tal decepción. Super 8 es una absorbente aventura de dos horas en la que los resortes del cine-espectáculo funcionan con la precisión milimétrica de una bomba de relojería. Cierto que el argumento no es nada nuevo, pero ¿Qué guión lo es hoy en día? ¿Acaso no llevamos años sufriendo la mediocridad de interminables secuelas, reboots o remakes?

J.J. Abrams usa arquetipos narrativos y visuales a modo de sólida base sobre la que construir una historia evocadora y nostálgica que no oculta sus raices, sino que las reafirma y las lleva por bandera.


Las virtudes de Super 8 no son pocas, empezando por el acertadísimo casting, en el que colaboraron activamente el propio Spielberg y Rob Reiner, director de aquella simpática adaptación de Stephen King, Cuenta Conmigo (Stand by me, 1986), de la que Super 8 toma más de una idea.

También ayuda a la inmersión una pulcra puesta en escena y una dirección de fotografía intimista sin ostentosos filtros de postproducción (aunque con una buena provisión de destellos de lente artificiales). La música de Michael Giacchino pone la ginda al pastel con una partitura que recuerda mucho a ese otro amigo de Steven Spielberg, John Williams.

Y es que es cierto, abundan los guiños y homenajes al cine fantástico de los años ochenta. El espectador encontrará referencias más que directas a Los Goonies, Encuentros en la Tercera Fase, E.T. e incluso a Evil Dead o La Noche de los Muertos Vivientes, y si no, atentos al nombre de la ficticia planta química que mencionan los chavales en su peli amateur.


Pero igualmente, es injusto decir que el film de Abrams no aporta nada nuevo, pues el respeto y amor al cine y a los modos de narrar clásicos, la brutal sinceridad de esta película y su fino humor blanco son algo decididamente nuevo y refrescante, en el panorama Hollywoodiense de los últimos años.

Desgracidamente, pocas películas están completamente libres de fallos. El guión es a ratos predecible y poco verosímil. La resolución de algunos conflictos o enigmas es demasiado ingenua incluso para una película de género fantástico. Por otro lado, la intensidad dramática de ciertas escenas no alcanza a las las de viejas producciones de Spielberg y aunque al final si que se suelta alguna lágrima, a J.J. todavía le quedan algunas lecciones que tomar de su mentor. En lo personal, tampoco me gustó demasiado Kyle Chandler, pero supongo que será cosa del personaje, porque en King Kong (Peter Jackson, 2005) el hombre estaba inspiradísimo.
 

A pesar de todo, el guión de Abrams (con excepción de un primer acto quizá demasiado largo) se desenvuelve de forma magistral en cuanto a su estructura, su ritmo narrativo y su hábil dosificación de suspense, humor y acción. Creo honestamente que Super 8 funciona y no defrauda. No sólo da lo que promete, sino que lo hace desde una perfección formal que debería ser carnaza de estudio en universidades de cine, y eso es, como dice Charles, valor añadido.

martes, junio 07, 2011

2001; Una odisea del espacio (1968)

Rara vez abordo en Copia Zero la crítica o comentario de los auténticos clásicos del cine, de los cuales considero que está todo dicho. Sin embargo, me siento en la obligación de dedicar unas líneas a la majestuosa epopeya espacial de Stanley Kubrick; 2001, Una odisea del espacio (1968).

Recientemente me leí el libro, y dominado por esa pulsión que nos lleva a devorar inmediatamente su homólogo cinematográfico, me dispuse a ver la película de Kubrick. Sirva pues este artículo como una muy sumaria y parcial comparativa de ambas obras.

La novela, una pieza clave.


No soy crítico literario. Ni siquiera he sido nunca un asiduo lector, pero, afortunadamente, cada vez cultivo más esta sana afición. Aun así, me gustaría comentar mis impresiones acerca de esta novela del escritor y astrónomo británico, Arthur C. Clarke.

Edición española de 2001
 Sin contar con apenas referentes; mi primera incursión en su obra ha resultado estimulante, pero en ningún caso tan gratificante como otras lecturas. Los abundantes pasajes descriptivos y un estilo bastante aséptico en general, han llegado a cansarme por momentos, aunque he quedado fascinado con otros aspectos de la obra, como las teorías acerca del futuro de las especies o las relativas al Destino del Hombre.
Haber visto previamente la película de Kubrick no supone inconveniente alguno para el disfrute del libro. Al contrario, el espectador frustrado que acuda a la obra literaria en busca de respuestas, acabará bastante satisfecho. Como lectores, sabremos por fin cuál es el origen del monolito y su relevancia en la Historia de la Humanidad. Sabremos qué le ocurrió realmente al astronauta David Bowman, si bien el motivo de su metamorfosis aun no deberá desvelarse hasta las siguientes entregas. Quien ya pudo inferir estas cuestiones sólo con el visionado de la película, se sentirá igualmente satisfecho al corroborar sus suposiciones leyendo la novela de C. Clarke.

El libro, publicado en el mismo año que la película, se convierte así en una pieza clave, necesaria y decisiva para comprender la mitología galáctica tan sólo esbozada por Kubrick.



Poesía visual

Pero en ningún caso debería criticarse la película por ser críptica, o intencionadamente más oscura que el libro. Pues no es 2001 una obra de ciencia-ficción al uso, sino un ejercicio de auténtica poesía visual. El texto del escritor británico (guionista también del film) sirve a Kubrick para crear unas imágenes de espectacular belleza. No contento con supervisar el trabajo de los ingenieros de efectos especiales, el propio director tomó parte activa en la elaboración de los mismos. Y esto se nota, pues el engaño funciona a la perfección; las naves y los paisajes espaciales se mantienen hermosos y deslumbrantes aun en pleno 2011, al menos para un servidor.

Todo lo que en el libro pudiera resultar excesivamente árido, cobra vida y color a través de la lente del Kubrick más perfeccionista, que, consciente de la vocación trascendental de la historia, dota a cada secuencia de una atmósfera opresiva, inquietante o sublime, según convenga, basándose no obstante en la austeridad y la economía de signos.

- ¿Qué está haciendo, Dave?

Tan sencillo como inspirador es, por ejemplo, usar piezas clásicas de Johan y Richard Strauss como acompañamiento musical; así como el empleo de los silencios o de la serena voz de Douglas Rain (el cerebro mecánico HAL 9000).

Por estos y otros detalles, la película debe disfrutarse como un buen vino, sin prisas, y paladeando cada plano sin los sobresaltos del cine-espectáculo actual. Pues 2001 es una pieza de artesanía tan única y perfecta como el monolito de la Base Lunar Clavius.

Mientras tanto, la novela constituye un referente obligado y complementa a la perfección la obra de Stanley Kubrick.