miércoles, agosto 08, 2012

Love Never Dies (Andrew Lloyd Webber, 2012)

Han pasado diez años desde el incendio que asoló el Teatro de la Ópera popular de París. Christine Daeé, que está en sus horas bajas y endeudada por culpa de los malos hábitos de su marido Raoul, ha sido invitada por Oscar Hammerstein para cantar en su teatro, pero la oferta es rápidamente superada por el Señor Y, el misterioso dueño del show Phantasma, en la isla neoyorquina de Coney Island. Poco imaginan Christine y su marido Raoul, que el señor Y es en realidad el extraño ser que años atrás los tuvo a su merced, y que pronto los someterá a un trato que pondrá en juego sus vidas y la de sus seres queridos.

Hubo un tiempo en que los aficionados al teatro musical, tras asistir a una representación (o sin tener siquiera la posibilidad de ello), teníamos que conformarnos con escuchar el CD, o recurrir a bootlegs de una calidad de imagen deficiente. Afortunadamente, cada vez son más los espectáculos de Broadway  que salen a la venta en vídeo de forma oficial (ahí están las cuidadas ediciones de Rent, Los Misérables o El Fantasma de la Ópera), para que los fans podamos disfrutar de una experiencia lo más cercana posible a la teatral. Si esto coincide con el advenimiento del Blu Ray y la alta definición, tanto mejor.

Hoy por fin he podido sentarme tranquilamente a ver Love Never Dies, la secuela oficial de El Fantasma de la Opera, con música firmada de nuevo por Andrew Lloyd Webber y con Ben Elton como autor del libreto. Las críticas que ha recibido esta obra, y el nombre de Ben Elton, ligado al nefasto guión de We Will Rock You, me auguraban lo peor. Pero he de decir que mis temores eran, hasta cierto punto infundados. Veamos por qué.

No negaré lo evidente; este montaje teatral es claramente deudor del primer Phantom of the Opera, con una estética intencionadamente efectista y exageradamente oscura y grotesca, basada en el burlesque y el grand gignol, así como en los elementos más icónicos de su obra predecesora.

La historia, la escenografía e incluso los acordes se prestan al juego fácil de la nostalgia. Muchas melodías suenan familiares, y se nos presenta de nuevo a personajes como Madame Giry y a su hija Meg, a Christine, Raoul y por supuesto al Fantasma. La estructura del libreto es por momentos, una copia idéntica de la obra original, y en lo visual volvemos a encontrar puentes colgantes, camerinos, puertas secretas, espejos espías, candelabros, y hasta un mono tocando los platillos.

Ben Elton insiste en hacer creíble un argumento en el que ningún personaje hace lo que sería razonable, que es huir cuando hay ocasión. En cambio, Christine y Raoul aceptan sin vacilar las reglas de juego del Fantasma, haciendo avanzar la trama hacia un dramatismo nada sutil.

Pero al comenzar dije que mis temores eran infundados ¿Verdad? Y es que no todo es deplorable. Recomiendo acercarse a esta producción aceptando, nosotros también, las reglas del juego. Ya sabemos que no es más que la secuela residual de una obra reconocida y de gran éxito, y así entendida disfrutaremos mucho más de sus aciertos, que los tiene.

La partitura incluye algunos pasajes que renuevan el crédito de Webber como creador de melodías inolvidables. Destaco especialmente Till I Hear You Sing, canción con la que abre el show, o la oscura y rockera Beauty Underneath.

El casting está correcto, y aunque todo suene al Broadway más académico, destacaría por encima del resto la voz de Ben Lewis (el Fantasma) por su versatilidad, y la de Sharon Millerchip (Meg) por alejarse de los estándares.

Aunque se toman algunos elementos del primer Phantom, la escenografía es a veces deslumbrante y renovadora de los viejos clichés; un diseño basado en fotos y grabados de la época traslada a nuestros días el ambiente ferial de Connie Island con una fidelidad pasmosa, mientras otros decorados, como la cámara de los horrores del Fantasma, son tan vanguardistas como espeluznantes.

Siendo sincero (y asumiendo ataques de los más puristas) he de decir que me he divertido más aun que con el Fantasma original, que con el paso de los años me empieza a resultar lenta y excesivamente densa. Esta secuela la encuentro más ligera y por ello más llevadera y estimulante. Admitámoslo, todos los Phantom Fans sentíamos una curiosidad casi morbosa por saber qué ocurrió después de que Raoul y Christine escaparan del juego mortal del Fantasma en las catacumbas. Matemos la curiosidad y reencontrémonos con esos viejos amigos una vez más.

lunes, julio 30, 2012

NIVEL 13 vs. DARK CITY: De la realidad virtual a las visiones cosmogónicas

Se masca en foros y blogs de cine fantástico que estas dos películas fueron claras inspiradoras de la saga Matrix. Y es que a finales de los noventa, ya estaba agotado el concepto de realidad virtual en su aspecto más icónico. Esto es, tal como se mostraba en El Cortador de Césped, Acoso, o incluso Parque Jurásico; como una novedosa tecnología destinada al entretenimiento, el mundo empresarial y el desarrollo científico, con la sofisticación y el empaque visual que proporcionaban artilugios como el casco, los guantes y los sensonres de movimiento.

En vez de eso, a finales de los noventa había un interés por dotar al fantástico de mayor profundidad así como un gusto bastante extendido por la teoría de los multiuniversos, o realidades paralelas. Fuera el casco y los cables, estas nuevas películas elevaban el concepto a un nivel interplanetario o cosmogónico, y mostraban el avance tecnológico como herramienta para la dominación.

Tuve ocasión recientemente de revisionar Dark City (Alex Proyas, 1998) y de ver por primera vez Nivel 13 (The Thirteen Floor, Josef Rusnak, 1999), que se enmarcarían dentro de este cine fantástico más comprometido y sesudo, y he quedado bastante complacido de ambas películas, tanto a nivel visual como narrativo. Si bien no están al mismo nivel, ambas son muy disfrutables y fiel testigo de la época que se hicieron.

Los azulejos de Deckard y otros aspectos interesantes de NIVEL 13

Nivel 13 podría considerarse un paso intermedio entre ambos modelos. Desaparecen los props vinculados a la realidad virtual pero en esencia es lo mismo. Una empresa líder en nuevas tecnologías desarrolla unidades de memoria a las que nos podemos conectar y experimentar una simulación de otros mundos, concretamente, una réplica de Los Ángeles en 1937. Cuando Fuller (Armin Mueller-Stahl) el director del proyecto es asesinado, sus compañeros (Craig Bierko y Vincent D'Onofrio) y su hija (Gretchell Mol) encuentran datos reveladores de la naturaleza siniestra del experimento.


En lo visual, el plato fuerte de esta película es sin duda la recreación de la ciudad de Los Ángeles de finales de los treinta, que nos muestra amplias panorámicas de la urbe. La trama de misterio está muy bien articulada y experimenta bastantes giros y reveses inesperados. Si nos ponemos muy verosimilistas (insulto que usaba Hichtcock para referirse a ciertos críticos de cine), es posible que encontremos alguna incongruencia, pero pero el sorprendente final hace que los detalles que nos molestaban acaben por no tener mayor importancia.


En el lado negativo, encuentro las interpretaciones bastante deficientes. Ni siquiera Vincent D'Onofrio (el recluta Patoso, señores) logra destacar.

A pesar de la cuidada recreación de los años 30, el trabajo de fotografía se me hace tan simple y poco creativo como lo peor del cine de acción de los años noventa, por no hablar de algunos decorados que aluden de forma tan innecesaria como poco sutil a Blade Runner. A veces me daba la sensación de estar viendo Soldado Universal o TimeCop. Los efectos especiales se disfrutarán si se perciben desde la nostalgia, pero es innegable que el tiempo les ha pasado factura.

Pese a todo, funciona. Nivel 13 nos remite, en una ágil metáfora, al mito de la caverna de Platón y expone ciertas ideas de interés sobre la llamada dictadura de las máquinas. Nivel 13 es también el producto más serio e interesante en el que se ha involucrado Roland Emmerich, y eso ya es algo. No es una pieza clave del género fantástico, pero es sin duda superior a la media que reinó en los tristes años noventa.

Dark City, en busca de la Tierra Prometida.

La película de Alex Proyas son palabras mayores. Muy pocas veces me he dado de bruces con un producto tan original. Mas cercana a Matrix que Nivel 13 en estética y concepto, es sin embargo una joya atemporal que se mantiene hoy tan fresca como el primer día.


Desde la primera imagen (un travelling vertical que empieza en las estrellas y se va introduciendo en la ciudad oscura que da nombre al film) nos damos cuenta que estamos ante un producto de gran calidad visual. Se perciben ecos del mejor film noire así como reinvenciones de la mejor ciencia ficción desde Metrópolis a Blade Runner.

La película revisita las teorías de Sócrates o Rosseau sobre la predestinación y la bondad innata del hombre, a través de los ocultos, una extraña raza alienígena que ostenta un hipnótico poder sobre la ciudad, mientras tratan de averiguar qué nos hace humanos, particulares y diferentes.

El protagonista del filme, John Murdoch (Rufus Sewell) afectado de amnesia, debe combatir la dominación de los ocultos, subvirtiendo sus normas y alcanzar nada menos que su particular tierra prometida. En este caso, no es la tecnificación informática, sino el avance de la ingeniería genética, el que es puesto en entredicho. Como vemos, una idea profunda revestida por un elegante diseño de producción que deja a Matrix y a Nivel 13 muy por debajo.


Por si fuera poco, el reparto está encabezado por William Hurt, Jennifer Conelly, Kieffer Shutterland y Rufus Sewell, que están más que correctos en sus respectivos roles.

Por mucho que me esfuerzo en buscar algún fallo a esta obra maestra, lo cierto es que me parece redonda en todos sus aspectos formales y narrativos. Solo puedo recomendarla fervientemente y esperar que disfrutéis tanto como yo con su visionado ¿Sí?

jueves, enero 26, 2012

Spock Speaks! Zachary Quinto habla sobre Star Trek 2

A falta de un año y pico para el estreno de la secuela de Star Trek, dirigida nuevamente por J.J. Abrams y con el reparto original a la cabeza, el protagonista Zachary Quinto ha comentado que los nuevos miembros del reparto, Benedict Cumberbatch, Peter Weller y Alice Eve "se han adaptado perfectamente, aportando un alto nivel de inteligencia y sesnibilidad" a la producción. Al parecer ya hay un guión, si bien no es definitivo y aun está en proceso de desarrollo.


"El guión está en continuo cambio, lógicamente."

Dice Quinto: "Esta siendo realmente fantástico. Llevamos rodando una semana y media, y está siendo increíble regresar a ese mundo. A mediados de diciembre, yo estaba ya en plan "¡Necesitamos leer el guión!". Se ha retrasado un poco, pero es porque han estado trabajando en ello. Ha habido una huelga de guionistas que les ha impedido desarrollar el guión. Ahora está en continuo cambio... vamos, lo normal."

Personalmente me alegro un montón de saber que la cosa está en proceso. Star Trek (J.J. Abrams, 2010) me pareció divertida, fresca, revitalizante y emocionante, y para esta segunda no solo contamos con el mismo director, y el repartazo de la primera (qué ganas de ver a Zoe Saldana enfundada de nuevo en las estrecheces del uniforme de la Flota Estelar), sino que se añaden nombres clásicos como Peter Weller (Robocop, demonios) y una estrella emergente como Benedict Cumberbatch (el nuevo Sherlock Holmes de la serie televisiva).

¿Qué puedo decir? ¡Adelante a velocidad de curvatura!

Fuentes:
io9.com
blogdecine.com

jueves, enero 12, 2012

Blackthorn, Sin Destino (Mateo Gil, 2011)

Mateo Gil, personaje clave en el ascenso meteórico de Alejandro Amenábar, ha sido tres veces premiado con el Goya al mejor guión por Agora, Mar Adentro y El método, y al mejor cortometraje por Dime que yo. Ahora nos sorprende con un western, en la que ha sido su segunda película desde Nadie Conoce a Nadie.
Se atreve además a rememorar la leyenda de los forajidos más legendarios del lejano oeste: Bucht Cassiddy y Sundance Kid. Cassidy (Sam Sheppard), años después de haber sido dado por muerto, vive en realidad retirado en Bolivia bajo el nombre de James Blackthorn. Su fortuíto encuentro con Eduardo Apodaca (Eduardo Noriega) marca el inicio de una última aventura que le llevará en busca del botín que Apodaca dice haber robado a Patiño, dueño de una mina de carbón. Juntos irán en busca de los 50.000 dólares que esconde Apodaca en las minas, con los hombres de Patiño pisándoles los talones. También habrá ocasión para rememorar los buenos viejos tiempos de Cassidy con su inseparable Sundance Kid y la guapa Etta Place mediante flashbacks.

Era muy difícil. La leyenda de este célebre ladrón de trenes ya contaba con varias adaptaciones cinematográficas (quizá la más notable sea Dos hombres y un destino), y está visto que nadie puede contar mejor la historia de Norteamérica que los norteamericanos (con excepción quizá, de los italianos). El film de Mateo Gil apenas está a la altura de la grandiosidad del género.


Se adivina el esfuerzo por lograr un tono intimista, reflexivo y alejado de la épica de Leone o Ford, pero Gil tampoco es precisamente Clint Eastwood, maestro del llamado western crepuscular, y el intento hace aguas por todos lados, por culpa, principalmente de un guión soso que ni nos atrapa ni nos emociona. Curiosamente no lo firma el propio Mateo Gil, sino un tal Miguel Barros.

No nos interesa el dudoso destino del señor Blackthorn y su nuevo compinche Apodaca, porque el guión no les pone a prueba; no hay identificación posible ni sentimos la motivación necesaria para seguirles en su aventura. Además, están interpretados con bastante desapego por Sheppard y Noriega (que además actúa en inglés, con un par).

En las escenas de persecuciones y tiroteos se echa de menos un pulso más vibrante, una dosis mayor de épica; todo parece quedarse en un quiero y no puedo, desde el montaje, a la música.

Así pues, si el tono intimista no consigue trascender y la acción esta pobremente dirigida ¿Qué podemos salvar de este western? ¿Una bonita fotografía?


Ni eso, o al menos, no al 100%. En el apartado visual es destacable el trabajo del departamento de maquillaje, vestuario, dirección artística y fotografía. Pero todo da al traste cuando los chicos de postproducción aplican filtros imposibles. Es cierto que hay bellas panorámicas de los impresionantes valles y desiertos bolivianos; y también un virado hacia los tonos cálidos que dotan al film cierto aire clásico, pero en las escenas nocturnas se nota demasiado la impostura; Mateo Gil evitó las complicaciones de rodar de noche y optó por generar los tonos fríos y azulados en postproducción, con un resultado nefasto, artificial. Tanto es así que a veces hasta podemos ver la dura sombra de los protagonistas sobre la arena cuando se supone que el sol ya se ha puesto.


He visto muchos westerns en mi vida, y si se trata de homenajear a un género que amo, me quedo con las inmejorables revisiones de Clint Eastwood, o las divertidas parodias de Robert Zemeckis, Sam Raimi o Alex de la Iglesia. Con mucho pesar, pues admiro el trabajo de Mateo Gil (estamos hablando del hombre que escribió Tesis y Abre Los Ojos), tengo que decir que Blackthorn; Sin destino no llega ni al aprobado.

Para mi asombro, acumula 11 candidaturas a los Goya, incluídas Mejor Película, Mejor Director, Mejor Dirección de Fotografía, Mejor Montaje y Mejor Guión Original.

jueves, diciembre 22, 2011

¡Bill Murray hace jirones el guión de Ghostbusters III!

Según se cuenta en los mentideros internacionales, la esperada tercera parte de Los Cazafantasmas podría no materializarse. El proyecto, que lleva anunciado algún tiempo, cuenta ya con su propia página en IMDB, que anuncia como segura la presencia de Dan Aykroyd, Harold Ramis y el propio Bill Murray como los doctores Raymond Stanz, Egon Spengler y Peter Venkman, acompañados de Sigourney Weaver, en el papel de Dana Barret, el eterno amor de Venkman.

El National Enquirer publicaba ayer una noticia demasiado apetitosa como para no hacerse eco de ella. Según parece, días después de que Aykroyd y Ramis - no sólo actores, sino creadores de la franquicia - enviaran a Bill Murray la última copia del guión, pulida y revisada, el protagonista de Atrapado en el Tiempo devolvió el manuscrito pasado por una trituradora de papel, acompañado de la siguiente nota: "No one wants to pay money to see fat, old men chasing ghosts!".

Más que claro, Murray habría sido ¡cristalino! como decía un atacado Tom Cruise en Algunos hombres buenos. En cualquier caso, teniendo en cuenta el marcado matiz amarillista de la revista, cabe preguntarse si en realidad la fantasmada ha sido de Murray o de la propia publicación. De momento sólo podemos preguntarnos qué podemos esperar de esta secuela si finalmente se hiciera, con o sin Bill Murray.

Yo siempre he sido demasaido optimista, y siempre espero con impaciencia las tardías continuaciones de mis héroes de los ochenta, llevándome posteriormente la consabida decepción: Terminator, Tron, Indiana Jones, etc ¿Hace falta explicar mi experiencia? Y sin embargo siempre vuelvo a caer. Desde que se anunció, siempre concebí Ghostbusters III como un verdadero acierto. Una comedia que aunaría lo mejor de dos generaciones de humoristas. Hubiera sido divertido ver el mano a mano actoral de estos dinosaurios del Saturday Night Live con gente como Jim Carrey, Adam Shandler, Owen Wilson o Ben Stiller.

Que ya si eso vosotros... ¿eh?

Pero a la vista del casting que de momento está confirmado (donde los jóvenes cómicos brillan por su ausnecia), y ante la sonada negativa del doctor Venkman, parece que lo mejor es que nunca lleguemos a ver la tercera parte de la saga ectoplásmica. Porque, si Murray no accede... ¿A quien van a llamar?

Fuente:

www.joblo.com
www.canaltcm.com

domingo, diciembre 18, 2011

The Artist (Michel Hazanavicius. 2011)

Hollywood, 1927. George Valentin es una estrella del cine mudo al que todo le sonrie. Todas sus películas triunfan. Pero la llegada del cine sonoro marca el fin de su carrera y lo lleva a caer en el olvido. Paralelamente, la joven actriz Peppy Miller, a la que Valentin ayudó en sus primeras películas, empieza a tener gran éxito. Peppy, pese a que el actor no quiere saber nada de favores o de compasión, siempre tiene presente lo generoso que fue con ella.

No es ningún secreto que en los últimos años, paralela a la acuciante crisis económica, la industria cinematográfica se encuentra en plena crisis de ideas. Los estudios han exhibido sin el menor atisbo de pudor o vergüenza todo un rosario de innecesarios remakes, continuaciones y adaptaciones de libros y cómics.

Caso distinto es el de algunos directores que, si bien tampoco han innovado, sí que han llevado a cabo trabajos más personales que aluden a una nostalgia sin referentes concretos (sin un libro o película previa), pero que se cimentan sobre unos códigos universales y aprehendidos a través de los años. La película Super 8 de J.J. Abrams fue la primera de estas agradables sorpresas. Se trata de ese cine bienintencionado que nos quiere recordar quienes fuimos una vez, desde una perspectiva honesta y sincera, con el único afan de divertirnos a la par que reivindica su propio lenguaje.
Y eso mismo es lo que persigue The Artist (Michel Hazanavicius. 2011), que ya ha obtenido los premios a la Mejor Película y el Mejor Director del Círuclo de Críticos Cinematográficos de Nueva York y el de Mejor Actor - Jean Dujardin - en Cannes. Rodada en blanco y negro, sin más diálogo que el de los intertítulos, y un formato académico de 1,37:1, la cinta es un homenaje por todo lo alto a la industria del cine; una auténtica pieza de imitación que podría haber sido rodada en los años 20. Su perfección formal es intachable, cada plano recrea limpiamente y con acierto ese cine casi olvidado del vodevil, el amor naïf e idealizado, el melodrama o los frenéticos números musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Y es que no hay necesidad alguna de diálogo. Como en las viejas películas mudas, las sensaciones llegan claramente a través de la música, el encuadre y la gestualidad de unos actores inspiradísimos. Cuesta creer que dando vida a la pareja protagonista, haya dos actores contemporáneos llamados Jean Dujardin y Bérénice Bejo. Fue todo un acierto no recurrir a grandes estrellas para encarnar a George Valentin y Peppy Miller, y la inmersión sería completa si no fuera por un plantel de secundarios de lujo, entre los que destaca el rostro familiar de John Goodman, Hugh Cromwell o Penelope Ann-Miller.

En lo discursivo, destaco su banda sonora, y alguna escena especialmente original y conmovedora (cuando Peppi se abraza a si misma a través de la chaqueta de George Valentin) o el acertado uso de los efectos sonoros en la secuencia onírica del propio George.

Resulta difícil ver esta película sin esbozar una sonrisa, aun en la oscuridad de la sala y para nosotros mismos. Aunque la historia no es nueva y nos cuenta lo que ya se narraba con maestría en Cantando Bajo la Lluvia (Stanley Donnen, 1952) o El Crepúsculo de los Dioses (Billy Wilder, 1950), The Artist merece no obstante toda nuestra atención. Se digiere como un plato exótico, refrescante y delicioso que nos deja con ganas de repetir.

jueves, diciembre 15, 2011

Agfa Family Values

Parte I: Valor añadido

Los 8 mm llegaron a mi vida a mediados de los 90, cuando mi padre me regaló el Agfa Family; algo así como un “equipo completo” de Super 8, fabricado en 1981, que incluía un tomavistas con muy pocas prestaciones, y un aparato para visualizar películas a medio camino entre un proyector y una moviola. El equipo era de segunda mano; de un amigo de mi padre, pero estaba prácticamente nuevo,


Antes ya había tenido un CinExín, y también había estado en casa de mi amigo Esteban disfrutando de su maravilloso proyector sonoro y sus películas Disney. Pero nunca había tenido en mis manos la posibilidad de filmar en celuloide.


El Agfa Family, por el nombre y por la foto de que adornaba la caja - una familia feliz congregada alrededor del aparato - ya se adivinaba que no era un equipo profesional. El tomavistas tenía un objetivo fijo de 10 mm sin anillo de enfoque, todo en automático. El proyector realmente no proyectaba, sino que mostraba la película en una pequeña pantalla.

Pero a mi tierna edad, poco me importaba. Yo estaba muy feliz con mi regalo. Mis padres conservaban desde hacía mucho unas viejas películas familiares (donde salía un servidor con apenas 3 años y el rostro salpicado de varicela). Me encantaba verlas una y otra vez, detener la imagen, pasarla cuadro a cuadro, etc. Incluso llegué a telecinarlas de forma muy tosca, apuntando directamente hacia la pequeña pantalla del Agfa Family con nuestra videocámara, una Sanyo que grababa en cintas de Video 8 (formato magnético de 8 mm y 400 lineas de resolución horizontal). Los resultados, como se puede adivinar, fueron bastante pobres.


¡También incluía un cartucho para el tomavistas! En cuanto mi padre me hubo explicado como funcionaba la cosa, me lancé a la calle a filmar, siempre buscando eso que llaman "el valor añadido".

Aquí es donde el relato se vuelve dramático. Si bien fui advertido de que un cartucho apenas duraba 3 minutos, la luz roja que indicaba el fin del mismo, se encendió mucho antes. Pero el motor giraba y el indicador lateral mostraba claramente que aun quedaba algo de película, así que decidí que la luz roja estaba equivocada. Saqué la cámara a la calle durante varios días y el indicador lateral jamás llegó al final.


Pasado algún tiempo, supuse que seguramente ya habría completado los tres minutos, así que mi padre mandó el cartucho a revelar a un establecimiento en Aranjuez. La dirección ya venía apuntada a mano en un sobre incluído en la caja, y pese a mis dudas (ya no eran tiempos de Super 8, y aquel texto parecía haberse escrito hacía siglos), la película regresó sana y salva, en una bobina de 15 m. revelada a todo color.

Parte II: ¡Me lo arrebataron de las manos!

Habría que ponerla ¿No? Toda la familia se congregó – como en la foto – alrededor del Agfa Family para observar mis pinitos como filmaker.

La tragedia se desató cuando vimos que lo revelado no coincidía en modo alguno con lo que yo filmé ¡La imagen mostraba a un grupo de chavales disfrutando de un día de picnic! Posiblemente era la Sierra de Cazalla, población cercana a Constantina, el pueblo de mis padres ¡Me habían dado un cartucho usado!


Entonces, algo sucedió de la forma que sucede en las películas cómicas. Fue un alivio por partida doble y nos ayudó a recuperarnos de la desilusión inicial. Como al minuto y medio de iniciar la bobina, aquella filmación desconocida mostraba a uno de los chicos, visiblemente borracho, protagonizando un striptease sobre un banco de madera. Justo cuando se le iba a ver el culo, la imagen fue engullida por una luz blanca, y un par de décimas de segundo mas tarde comenzaba por fin mi filmación, la que yo había tomado meses antes y había mandado a Aranjuez con tanta ilusión.

Allí, inmortalizados en celuloide, estaban mis padres, mi hermano Pablo, mis tíos Medina y Sole y mi prima Marina – futura veterinaria – alimentando a los perros de su chalé. La cosa terminó pronto. Aquellos fiesteros de la Sierra de Cazalla apenas me habían dejado un minuto. Comprendí entonces que la luz roja había funcionado desde el principio y que si el indicador lateral nunca se llenó es porque dejó de moverse al terminarse el cartucho. Gran parte de lo que esperaba ver en ese rollo jamás quedó registrado.

Cuando quise filmar otro, resultaba ya imposible encontrarlos en ningún establecimiento. Creo que podría decirse que el Super 8, me lo arrebataron de las manos (como decía Michael de su hijo Walt, en Lost) y desde entonces no volví a interesarme por el formato, ni a registrar imágenes en celuloide.


lunes, noviembre 07, 2011

Eva (Kike Mailló, 2011)

Alex (Daniel Brühl), un ingeniero experto en robótica, es convocado por su antigua escuela para retomar un proyecto que dejó a medias diez años atrás: la creación un niño biónico. Alex encuentra su inspiración en Eva; la hija de su hermano David (Alberto Ammann) y Lana (Marta Etura), ambos científicos y antiguos compañeros de Alex.


Cada intento del cine español de abordar la ciencia ficción, merece de por sí una mención. La apuesta por este género lleva implícitos el sacrificio y el riesgo, pues a pesar de nuestro perfeccionamiento técnico, creo que el fantástico en España aun camina sobre una débil línea que a duras penas separa la auténtica película de género, del fracaso más estrepitoso.

A mi modo de ver, Eva se encuentra justo en esa línea. No es un fracaso estrepitoso, pero tampoco es la quintaesencia de la ciencia ficción, ni desde luego una obra maestra. Es un loable tributo de su realizador (el debutante Kike Mailló) al género fantástico.  Aplaudo su valentía; en ningún caso es Eva una mala película.


Su propuesta ha sido usar la ciencia-ficción como telón de fondo para una historia sentimental, a lo que ayuda una fotografía intimista y un uso mesurado de los efectos especiales, sin que por ello dejen de lucir asombrosos en algún momento concreto. El software de "mecánica emocional" que usa Alex, o su mascota biónica, son efectos realmente cuidados y sitúan a Eva a la altura de las grandes producciones norteamericanas.

El reparto está correcto, con un convincente Daniel Brühl a la cabeza, un actor que cada vez me gusta más, por lo realista y natural - casi "casual" - de sus interpretaciones, secundado por Marta Etura, Alberto Ammann y el grandísimo Lluis Homar, en un registro insólito para él. La niña Claudia Vega, sin llegar a ser un "descubrimiento", no lo hace nada mal.


Pero algo le falta a esta película. El drama personal de Alex no logra despertar el suficiente interés y la revelación final, aunque inesperada, tampoco resulta emocionante. El guión no profundiza en los aspectos morales de la robótica y se limita a exponernos ese futuro plausible donde las máquinas emocionales son una realidad. Además, no tolero que, acaso con el propósito de impactar desde un primer momento, el director decida colarnos un spoiler en toda regla al principio de la película. Para manejar los tiempos narrativos de forma ingeniosa hace falta mucho tino y no siempre es necesario u original comenzar por el final. A mi desde luego me mató gran parte de la intriga.

Digamos que Eva es una historia agradable, sencilla e intimista, bien filmada. Sólo cabría esperar en ella un poco más de compromiso moral con el espectador, o perfilar mejor a sus personajes, para compensar la, por otro lado, acertadamente sobria propuesta técnica.

viernes, octubre 14, 2011

El Señor de los Anillos (Peter Jackson)

No me engaño. Se que además de los gustos personales de cada cual, hay ciertas corrientes de opinión en las que uno se va encorsetando sin darse apenas cuenta, aceptando como verdaderas o plausibles ciertas convenciones. Hay perfiles sociales que, si bien están estereotipados, guardan un sustrato de verdad. Por ejemplo; si rondas la treintena y creciste con el cine fantástico de Spielberg y Lucas, es muy posible que también te rindas a la magnificencia épica de la Trilogía de El Señor de los Anillos. Tanto más si uno tiene cierta formación al respecto de las técnicas de postproducción y efectos visuales.

Aunque me niego a entrar en ese saco, si es cierto que como muchos, fui uno de los que a raíz del estreno cinematográfico de La Comunidad del Anillo (Peter Jackson, 2001) se hizo con los libros de J. R. R. Tolkien para leerlos, quizá tardíamente, por primera vez. En su día, quedé maravillado por la fantasía y la aventura que destilaba la novela, y esperé pacientemente el estreno de las dos películas que completarían la trilogía: Las dos torres  y El retorno del rey (Peter Jackson, 2002-03) .

Una cosa si es cierta. Jamás el universo de Tolkien fue ni será retratado en el cine con tanto cuidado y esmero. Las películas de Peter Jackson rezuman una impresionante calidad técnica y atención al detalle. Nada ha sido omitido: cada máscara, cada armadura y cada matte painting alude con fuerza al mundo imaginado por el escritor británico. Los fans pueden estar contentos. Sí, porque además, la fidelidad al libro es profusa y absoluta, salvo algunos detalles duramente criticados en su día, pero perdonados y olvidados al poco tiempo.

Peter Jackson pasó de dirigir títulos como Mal gusto (Bad Taste,1987) y Braindead, tu madre se ha comido a mi perro (Braindead, 1992) a dar vida a uno de los textos de narrativa fantástica más respetado y temido por la industria cinematográfica. Después de algunos trabajos divertidos y canallas, abrazó los grandes presupuestos y actualmente se codea con el mismísimo Spielberg.

No obstante, a mi modo de ver, tampoco hay para tanto con El Señor de los Anillos, e incluso me atrevo a soltar la manida frase: "están sobrevaloradas". No las he revisado recientemente y escribo basándome sólo en mi memoria. Pero sí que vi varias veces La Comunidad del Anillo, y un par Las Dos Torres y El Retorno del Rey. El problema principal de estas películas es el tratamiento de la historia y la supeditación a un envoltorio deslumbrante que oculta no obstante serias carencias narrativas.



No negaré que la primera parte funciona bien. Tiene un prólogo inquietante, una hermosa introducción y un desarrollo emocionante y variado. Su larga duración se soporta gracias al cambio continuo de escenarios, a cual más espectacular, y el desfile incesante de pruebas y peligros para nuestros héroes. No ocurre lo mismo con Las Dos Torres. De repente, la vivacidad de que hacía gala su predecesora, desaparece en este segundo acto, estanco, lento y aburrido hasta el hastío, donde llegamos a plantearnos si no hubiera sido mejor eliminar una o dos escenas en lugar añadir los 50 minutos de su edición especial. 


La línea argumental relativa a Frodo, Sam Gamyi y Gollum, es agotadora. La desconfianza de Samsagaz hacia Gollum queda patente gracias a unos diálogos repetitivos y cansinos. Dicho de otra forma, hay cuatro o cinco escenas iguales. El resto de la película aguantaría el tirón si no fuera por una mal entendida fidelidad al texto de Tolkien. Habrá quien se eche las manos a la cabeza, pero siempre he defendido que el cine y la literatura son lenguajes distintos y que una innecesaria fidelidad puede ser contraproducente (vease El Resplandor de Mick Garris) ¿Hay necesidad de reproducir hasta el milímetro cada pequeño detalle, a riesgo de confundir y/o perder definitivamente al espectador? La cantidad de información vertida en las películas de Peter Jackson, y sobre todo su extensa duración, llega a ser abrumadora. Este tratamiento quizá hubiera sido lícito racionado en capítulos de cuarenta minutos - Jackson podría haber dado forma a una gran serie de televisión - pero se hace denso y carente de interés si tenemos que permanecer inmóviles ante la pantalla durante tandas de 4 horas.


El Retorno del Rey vino a mejorar un poco la situación; la recuerdo más entretenida y variada que Las Dos Torres, pero  para entonces la llama de la aventura y mis espectativas se habían apagado. Los personajes parecían cada vez más de cartón piedra. Una mirada perdida, un tono de voz quebradizo y un brillo en los ojos añadido en postproducción, parecían ser suficiente para disimular un diálogo recargado y artificioso que no hace más que repetir frases huecas revestidas de épica y heroísmo (como en Star Wars, lo admito). El Monte del Destino, el Anillo, la misión, la cuestiones morales y el valor.... todo ello había perdido su sentido y sonaba más a una cantinela que a otra cosa. Las escenas emocionantes, el clímax y el epílogo sí me llegaron a emocionar, gracias principalmente a manidos recursos cinematográficos de la vieja escuela (música, fotografía, etc.). Ya sabemos que el caldo de la vieja escuela siempre nos salva los garbanzos.


Por lo demás, y aunque sea cine fantástico, se echa de menos un mayor realismo a lo largo de las 12 horas que dura el enredo. Algo más de barro, sangre y entrañas. Menos filtros de postproducción, etalonaje y efectos especiales. No se si por suerte o por desgracia, con El Señor de los Anillos empezaba a tomar forma un nuevo concepto visual fuertemente apoyado en la fase de postproducción; una tendencia todavía en alza y que ha tenido su máxima expresión en la sobrecargada irrealidad de 300 (Zack Snyder, 2006) o en la inminente Inmortals (Tarsen Singh, 2011). ¿Dónde quedó el realismo desgarrador de las batallas de Braveheart (Mel Gibson, 1995)? La epopeya de William Wallace empieza a parecer una película clásica (o casi documental) frente a la estilizada saga de El Señor de los Anillos.
 
Así lo viví yo. Mis excusas a los acérrimos fans de la saga, cuyos motivos para defenderla también son loables y fundados.

Namasté, digo Namarïe.

martes, octubre 11, 2011

El Misterio de Salem's Lot (Stephen King, 1975)

Hace unos días acabé otra de las obras que tenía pendientes con el maestro del horror.  Salem's Lot (1975) fue su segunda novela tras la exitosa Carrie y supuso su consagración como uno de los primeros nombres de la narrativa fantástica norteamericana. Al poco de terminar de leerla, me dispuse a ver la legendaria adaptación televisiva de 1979.

A pesar de ser una de sus primeras obras, King deja entrever algunas constantes en su narrativa. No sería la última vez que nos presenta a una pequeña población de Nueva Inglaterra como personaje atómico y plural. En el pueblo de Salem conviven personajes de diversa condición social y moral. Tenemos cincuentonas cotillas, borrachos, jugadores, inadaptados, sádicos, maltratadores y también hombres valientes, responsables y comprometidos.

¡Ay! Esas viejas portadas de P&J
 Entre estos últimos enontramos al protagonista Ben Mears; un escritor - qué casualidad - con un par de libros de éxito que vuelve a su tierra natal con la intención de escribir sobre el pueblo. Pretende centrarse en la casa de los Marsten; una mansión en la que Mears vivió una desagradable experiencia cuando era niño, y que a su criterio actúa como catalizador de fuerzas malignas. No se equivoca; pronto conocerá a Straker, un misterioso hombre de negocios que no es sino el servidor de un mal mucho más antiguo y primigenio que el que atemorizó al escritor en su niñez.

Aunque reconocemos el estilo particular de su autor, lo que hace diferente a Salem's Lot es el entusiasmo, la ingenuidad y la energía con que parece haberse escrito. Encontramos a un Stephen King que se recrea con libertad en escenas deudoras del estilo gótico y recargado de Poe o Lovecraft; desapariciones en bosques neblinosos, resurrecciones demoníacas y la eterna lucha entre bien y el mal. La santa señal de la cruz, estacas y agua bendita.

Pero también hay pasajes de una inspirada vena poética y melancólica. Sirva como ejemplo la parte que resume el paso de las estaciones sobre la amilanada y aburrida población de Jerusalem's Lot; o la ironía trágica con la que relata las miserables vidas de algunos de sus habitantes.

La obra podría entenderse como el homenaje de un joven King a los genios consagrados del horror; una obra más fresca y sincera que gran parte de su producción posterior. Por encima de todo es una auténtica y genuina historia de vampiros, al estilo de la narrativa clásica o las viejas películas de la Hammer, y como tal, logra estremecer por momentos, incluso al lector más curtido.

El misterio de Salem's Lot, La hora del vampiro o Phantasma II

Las traducciones al español del telefilme fueron, como se puede ver, de lo más variopintas y confusas. Como dato curioso, la edición en DVD aglutina todas las variantes; muestra en su carátula el erróneo título Phantasma II; en el menú leemos La hora del Vampiro, y ya en la película, al aparecer el título original inglés, una voz anuncia El Misterio de Salem's Lot. Incomprensible.

¡Abre la ventana, Él lo ordena!
Pero entremos en materia. En los años setenta ya era bien sabido que adaptar a Stephen King era asunto rentable, y la obra que nos ocupa tuvo su versión televisiva a finales de la década. El director elegido fue Toobe Hooper, que ya nos había dado La Matanza de Texas (1974) y que posteriormente seguiría fiel al género del horror, siendo su cinta más recordada la exitosa Poltergeist (1982).

Da la impresión de que Hooper se planteó El Misterio de Salem's Lot (Salem's Lot, 1979) como una auténtica película de género, sirviéndose de todos los recursos expresivos clásicos del cine de terror, entre los que destaca una magnífica banda sonora compuesta por Harry Sukman, que nada tiene que envidiar al sinfonismo clásico de Bernard Herrmann.

También hay que destacar una cuidada fotografía. A pesar de ser una miniserie, Salem's Lot está rodada en 35 milímetros, lo cual proporciona a algunas escenas un aspecto inmejorable. La casa de los Marsten resulta imponente en esos contrapicados, y las escenas en que los muertos reaparecen flotando en las ventanas de sus vecinos, son igualmente aterradoras.

La casa de los Marsten

Otro de los grandes atractivos es la presencia del veterano James Mason en el papel de Straker (¡Cómo olvidar su Phillip Vandamm en Con la muerte en los talones!). El actor británico nos regala una brillante interpretación que se sitúa muy por encima de sus compañeros de reparto, incluyendo al protagonista David Soul (que interpreta a Mears).

David Soul y James Manson

Pero el tiempo no pasa en balde. Me apena reconocer que los mismos años que han dado solera al libro de King, han tratado muy mal a su adaptación televisiva. A pesar de la cuidada fotografía, la película presenta un aspecto irregular en su diseño de producción; junto a las bellas localizaciones naturales (la mansión Marsten o las típicas calles rurales de Nueva Inglaterra), los decorados de estudio lucen pobres, artificiales y poco trabajados (la habitación de Mark Petrie o el cementerio).

Tampoco me resultó convincente el maquillaje vampírico de Mr. Barlow, inspirado claramente en el Nosferatu de Murnau, pero con un nefasto resultado que nos saca completamente de la historia. Quizás sea injusto hablar de los FX de maquillaje o del montaje sin una cierta perspectiva histórica, pero creo que incluso para ser una película de 1979, su ritmo es excesivamente lento y que a las escenas de acción – aquellas que enfrentan a los vampiros contra los humanos - les hace falta más de un tijeretazo.

Pese a sus fallos, reconozco que cuando la emitieron en Antena 3, no pude apartar los ojos del televisor, y que mi madre y yo aun recordamos con terror a un vampirizado Danny Glick pidiendo a su amigo Mark que abriera la ventana. El Misterio de Salem's Lot se disfrutará si se ve con nostalgia, perspectiva y comprensión.

Obvia decir que prefiero el libro. Aunque me falta por ver una versión más moderna (2004) producida por Warner Bross y protagonizada por el actor Rob Lowe, no creo que cambie mi opinión. Lo poco que he oído sobre ella no es precisamente bueno.

Más información en:
http://es.wikipedia.org/wiki/El_misterio_de_Salem%27s_Lot

lunes, septiembre 26, 2011

El Justiciero de la Ciudad (Death Wish, 1974)

Durante los años setenta, la recesión económica, la pobreza y los altos índices de criminalidad de las grandes metrópolis norteamericanas, fueron el caldo de cultivo de un nuevo subgénero cinematográfico que encontraba sus bases en el filme policíaco, pero que evolucionaba (o degeneraba, a gusto del lector) hacia la exacerbada postura radical del vigilantismo.

Justicieros armados, que, ante la desidia de los cuerpos policiales, se tomaban la justicia por su mano, disparando sin piedad a vagos y maleantes, castigando la intimidación o la simple tentativa de robo, con la muerte.

El Justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974) de Michael Winner, aunque no es la primera, sí es la más notoria, y una de las pocas en que se intuye un mensaje moralista, oculto no obstante, bajo las formas narrativas y diversos elementos arquetípicos que alejan peligrosamente a la película de su subtexto, como veremos más adelante.


La historia es bien sencilla: La vida de Paul Kersey (Charles Bronson), un reputado arquitecto de Nueva York, da un giro de 180 grados cuando un grupo de delincuentes (entre los que se encuentra un jovencísimo Jeff Goldblum) asalta su casa, matando a su mujer y violando a su hija, que quedará en estado de shock permanente. Poco a poco, y con la misma parsimonia con la que las autoridades archivan el caso, Kersey empieza a desarrollar un instinto primario que le lleva a “limpiar” las calles de asesinos y violadores, en una particular cruzada que pondrá a la policía en una dificil tesitura.

En lo visual y en lo discursivo, Winner nos regala algunas escenas magníficas. Especialmente brillante es la pasiva degeneración de Kersey hacia la locura, acentuada tan solo en algunos momentos clave. Valga como ejemplo la visión sincopada del rostro de Charles Bronson con otros planos que muestran impactos y golpes, ya sean los de una azada removiendo la tierra o las fingidas peleas de un espectáculo del Oeste en Tucson, Arizona (en un parque temático similar al que nosotros tenemos en Tabernas, Almería). Igualmente efectivo es el momento en que un Paul Kersey filmado a contraluz esgrime un calcetín lleno de monedas contra los jarrones y plantas de su casa, o el vómito compulsivo que sigue a su primer “acto de justicia”;

La sobriedad que domina la puesta en escena y el hieratismo de Bronson actúan en favor de la trama logrando que los momentos más duros resulten doblemente impactantes. Es sorprendente la sangre fría con la que Kersey se enfrenta a los criminales noche tras noche, disparando certeramente sin el menor atisbo de emoción o la chulería sarcástica de otros duros como Clint Eastwood o Schwarzennegger. Cabe decir que el personaje fue rechazado por Eastwood, así como por Jack Lemmon o Frank Sinatra.

Pero lo que realmente aterra de esta película es lo turbio de su mensaje o moraleja, si es que la tiene. Paul Kersey se me antoja una proyección del subsconciente del espectador, quien a través de la identificación primaria da rienda suelta a sus instintos más bajos. Sin embargo las autoridadedas (capitaneadas por un mordaz Vincent Gardenia), lejos de castigarle, interrumpiendo así la catarsis del espectador con su doble y marcando la vuelta a la realidad, opta por dejarle hacer, mientras que la opinión pública lo eleva a la categoría de héroe. Del mismo modo se nos muestra a los agresores como personajes malvados y perturbados que sin duda merecen la bala certera del Vigilante.

A día de hoy resulta dificil dar con la clave ¿Se está ensalzando y alentando a potenciales “justicieros”? La película está plagada de mensajes fascistas o ultraderechistas en pro del uso de las armas y de la defensa propia, pero también hay escenas más sutiles, como la introspectiva forma de narrar la influencia de un entorno violento en el protagonista (sobre todo durante su estancia en Arizona) o el sublime y elocuente plano final, que nos hacen inferir que a pesar de su templanza, Kersey ha enloquecido.

Este era al menos el mensaje de la novela de Brian Gardfield, El vengador, en que está basada la película; un alegato contra la justicia callejera y el ojo por ojo. Sin embargo, en la cinta de Winner, el mensaje queda peligrosamente diluído.

En los años posteriores, la saga Death Wish se amplió hasta un total de 5 películas, todas ellas protagonizadas por Charles Bronson fiel a su rol de Paul Kersey. Winner se mantuvo en la dirección hasta la tercera parte; pero en cada entrega, la estética se volvía más cutre hasta rozar la serie B, el guión hacía aguas por todas partes, y aunque Charles Bronson no ganó en expresividad, si que lo hizo en sarcasmo, chulería y fantasmadas, convirtiendo a Kersey en una caricatura de si mismo.

Esta primera parte, no obstante, es digna, está bien realizada, entretiene y suscita además un análisis y posterior debate interesantísimos para espectadores avezados.

jueves, septiembre 22, 2011

La Cúpula (Under the dome, 2009)

Como ya he dicho en más de una ocasión, no me considero crítico literario. Que me perdonen los doctos en la materia porque cada vez que comento una obra escrita, me siento como en tierra desconocida. En cualquier caso, acabo de terminar de leer La Cúpula, el penúltimo libro de Stephen King, dónde se aleja parcialmente del género que le dio fama y fortuna, el horror.

Pasando por alto el detonante de la historia (una gran pared de cristal que baja de los cielos apresando a los habitantes de un pequeño pueblo) La Cúpula tiene poco de novela de terror o fantástica. Al contrario, se sirve de esta ingenua premisa para dar pie a un drama social atemporal. La descarnada lucha por el poder y la supervivencia que enfrenta a los habitantes de  Chester's Mill, no es distinta a la de cualquier civilización grande o pequeña, pasada o actual.



Stephen King hace gala de un firme pulso narrativo, un hábil uso del humor negro, y ciertos pasajes de gran impacto. Domina con oficio las claves del suspense y sabe cómo enganchar al lector, al que traslada de un escenario a otro justo en el momento clave. Muchos habrán experimentado la frustración que supone tener que esperar a la próxima semana - o más de un año - para ver cómo continua su serie favorita. La prosa de King llega a resultar igualmente frustrante, pero no obstante, adictiva.

Los lugareños de Chester's Mill se expresan con la verborrea propia de cada estatus social. En este aspecto, el autor no se corta y casi diría que se pasa de borde. Por momentos, haría mías las palabras de Annie Wilkes cuando, en Misery, regaña a Paul Sheldon sobre el vocabulario soez de su última novela. Esto es especialmente chocante cuando, no ya únicamente en diálogo, sino también en la narración, King asume la personalidad de sus héroes y vilanos sin reparos para mostrar todo un rosario de palabras malsonantes.

Por si fuera poco, estos recursos, en vez de otorgarles cierta dimensión, no son sino meros aderezos que contribuyen a la generación de arquetipos y lugares comunes. El mal endémico de la prosa de King hace acto de presencia una vez más. El antagonista principal, Big Jim Rennie no muestra ni un atisbo de empatía o humanidad, el autor nos niega la identificación primaria y nos lo describe como un auténtico depredador. Y aunque el protagonista, Dale Barbara, deja ver algún punto oscuro bien avanzada la novela, casi siempre se nos presenta como un héroe de moralidad impoluta. En otras palabras: los malos son muy malos y los buenos son muy buenos. Se repiten otras viejas constantes: los traumas de guerra o infantiles, y las enfermedades terminales hacen acto de presencia una vez más para atormentar a los personajes y servir de motor a sus acciones.

Algunas cosas me sacaron de la historia por momentos. El conflicto social de los habitantes de este pueblecito de Maine está narrado con demasiada distancia, incluso en los momentos de catarsis. En nada parecida a los personajes de IT o Misery, que saltaban del papel para instalarse a los pies de tu cama (nunca mejor dicho, en el caso de Misery), la población de Chester's como ente atómico y plural no ha conseguido tocar mi corazón. Tampoco ayudaron a la inmersión ciertas referencias a la omnipresente tecnología actual; no estoy acostumbrado a leer sobre iPods, móviles o internet en las novelas de King.

El final no me satisfizo, ni tampoco la explicación del fenómeno.

Pero tranquilos. La Cúpula gustará mucho a los incondicionales del tito Stephen, como algunos le llamamos. Como dije antes, hay escenas de gran impacto visual (Steven Spielberg ya ha asumido producir la mini-serie) y no faltan varios Stephen King moments, como el propio autor los llamó en una entrevista. Dicho de otro modo: es muy entretenida.

Pese a la repetición de viejos patrones, o precisamente por ello, el escritor de Maine aún conserva la fórmula mágica para hacernos disfrutar de un tocho de más de mil páginas sin que decaiga el interés. Su prosa, afilada y directa consigue vertebrar una historia compacta y coherente. Es verdad que algunas cosas han cambiado y otras nunca han sido perfectas, pero la esencia permanece en este drama social que, aun sin pertenecer al género del horror, logra aterrarnos con la misma facilidad.

domingo, agosto 21, 2011

Super 8 (J.J. Abrams, 2011)

Por fin llegó Super 8, la esperadísima producción de Steven Spielberg, dirigida por J.J. Abrams, responsable de la serie Perdidos y director de la divertidísima Star Trek (2009). Desde los primeros teasers las expectativas sobre esta fantasía de ciencia ficción se situaron en lo más alto, lo cual implicaba en mayor o menor grado una posible gran decepción.

Me siento afortunado al poder decir que, en mi caso, no ha habido tal decepción. Super 8 es una absorbente aventura de dos horas en la que los resortes del cine-espectáculo funcionan con la precisión milimétrica de una bomba de relojería. Cierto que el argumento no es nada nuevo, pero ¿Qué guión lo es hoy en día? ¿Acaso no llevamos años sufriendo la mediocridad de interminables secuelas, reboots o remakes?

J.J. Abrams usa arquetipos narrativos y visuales a modo de sólida base sobre la que construir una historia evocadora y nostálgica que no oculta sus raices, sino que las reafirma y las lleva por bandera.


Las virtudes de Super 8 no son pocas, empezando por el acertadísimo casting, en el que colaboraron activamente el propio Spielberg y Rob Reiner, director de aquella simpática adaptación de Stephen King, Cuenta Conmigo (Stand by me, 1986), de la que Super 8 toma más de una idea.

También ayuda a la inmersión una pulcra puesta en escena y una dirección de fotografía intimista sin ostentosos filtros de postproducción (aunque con una buena provisión de destellos de lente artificiales). La música de Michael Giacchino pone la ginda al pastel con una partitura que recuerda mucho a ese otro amigo de Steven Spielberg, John Williams.

Y es que es cierto, abundan los guiños y homenajes al cine fantástico de los años ochenta. El espectador encontrará referencias más que directas a Los Goonies, Encuentros en la Tercera Fase, E.T. e incluso a Evil Dead o La Noche de los Muertos Vivientes, y si no, atentos al nombre de la ficticia planta química que mencionan los chavales en su peli amateur.


Pero igualmente, es injusto decir que el film de Abrams no aporta nada nuevo, pues el respeto y amor al cine y a los modos de narrar clásicos, la brutal sinceridad de esta película y su fino humor blanco son algo decididamente nuevo y refrescante, en el panorama Hollywoodiense de los últimos años.

Desgracidamente, pocas películas están completamente libres de fallos. El guión es a ratos predecible y poco verosímil. La resolución de algunos conflictos o enigmas es demasiado ingenua incluso para una película de género fantástico. Por otro lado, la intensidad dramática de ciertas escenas no alcanza a las las de viejas producciones de Spielberg y aunque al final si que se suelta alguna lágrima, a J.J. todavía le quedan algunas lecciones que tomar de su mentor. En lo personal, tampoco me gustó demasiado Kyle Chandler, pero supongo que será cosa del personaje, porque en King Kong (Peter Jackson, 2005) el hombre estaba inspiradísimo.
 

A pesar de todo, el guión de Abrams (con excepción de un primer acto quizá demasiado largo) se desenvuelve de forma magistral en cuanto a su estructura, su ritmo narrativo y su hábil dosificación de suspense, humor y acción. Creo honestamente que Super 8 funciona y no defrauda. No sólo da lo que promete, sino que lo hace desde una perfección formal que debería ser carnaza de estudio en universidades de cine, y eso es, como dice Charles, valor añadido.

sábado, agosto 13, 2011

Blade Runner: The Workprint

Uno de los principales atractivos de la lujosa Edición Especial de Blade Runner en Blu-ray, más allá del diseño en forma de maletín o las figuritas de plástico que incluye, es sin duda la inclusión del workprint, es decir, el copión, copia de trabajo, o copia cero de la película. Es decir, un borrador previo a su estreno en salas. Un material valiosísimo para los fans, que incluye además un audiocomentario de Paul M. Sammon, autor del libro Future Noir: The making of Blade Runner.


Se ha hablado mucho del Director's Cut de 1992 y del Final Cut de 2008, pero creo que todavía no hay ninguna página que hable profusamente acerca de esta copia de trabajo.

Así que, para rellenar ese hueco, y también pensando en aquellos fans que quieran disfrutar de esta versión con su audio original, y en aquellos que en su día adquirieron la Edición Especial en DVD (en que el workprint no viene subtitulado), he elaborado una lista con las diferencias comentadas por Sammon. Él dice haber datado unas 100, sin embargo en el audiocomentario sólo reseña alrededor de 40… una cifra que puede variar según las agrupemos como planos independientes, como un grupo de planos, o como una secuencia en total.

Empecemos:

1. El logotipo de The Ladd Company aparece sobre fondo blanco en lugar de hacerlo sobre fondo negro.

2. Los títulos de crédito muestran el nombre de Harrison Ford y el de la película Blade Runner en ostentosas letras rojas.

3. En lugar de la introducción clásica, encontramos una definición de la palabra replicante (tal como la versión primigenia del guión) según el New American Dictionary, edición de 2016.


4. En la secuencia introductoria del Hades, no está el plano detalle del ojo de Holden.

5. Tampoco está plano de transición en el que se ve a Holden (Morgan Paull) mirando por el gran ventanal, fumando un cigarrillo. En el workprint pasamos directamente del plano general al interior.

6. Cuando Holden es acribillado por Leon Kowalski (Brion James) y atraviesa la pared, hay un plano inédito en que se golpea la cabeza con un teclado de la mesa del despacho contiguo.



7. No hay narración en off.

8. ¿Recordais que aunque Deckard (Harrison Ford) pide "cuatro" de algo, el camarero oriental le dice que no necesita más que dos? Por primera vez sabemos por qué; un plano detalle nos muestra el plato de comida con dos gambas enormes.

9. Aunque la conversación con Gaff (
Edward James Olmos) ya lleva un rato, no se nos muestra la cara de Olmos hasta algo más tarde que en las otras versiones.

10. Algunos planos adicionales muestran la dificultad de Harrison Ford para comer con palillos.



11. Durante el viaje hasta la comisaría, podemos oir a Gaff hablando su particular jerga urbana multilingüe. En las otras versiones este audio se suprimió. Sammon nos explica que en el guión original, Gaft trata de intimidar a Deckard, diciéndole que no tiene agallas y bromea sobre conducir en círculos y hacer que se le caiga la comida.

12. Ya en el despacho de Bryant (M. Emmet Walsh), aunque vemos a Harrison Ford apurar su copa, en ningún momento vemos el momento en que Bryant se la sirve, esto se arregló en la versión final.

13. Cuando Deckard y Bryant repasan las fichas policiales de los replicantes huídos, una línea de diálogo extra da a entender que hay un sexto replicante, este error se subsanó en posteriores ediciones.

14. Cuando nuestro héroe llega al apartamento de León, el casero al abrir la puerta grita ¡Kowalski!, este audio se eliminó posteriormente y no aparece en ninguna de las versiones cinematográficas, si bien se ha vuelto a recuperar para el Final Cut.

15. La primera vez que vemos a Roy Batty (Rutger Hauer), poco antes de que converse con León, hay un dedo pulgar posado sobre su hombro. Este plano se "robó" de una escena posterior en casa deTyrell. Para el Final Cut, el pulgar ha sido eliminado.

18. Los FX de sonido de la escena en la que Pris (Daryl Hannah) se encuentra con J.F. Sebastian (Willam Sanderson) están levemente más altos.

19. En el mercado animal, la señora camboyana que reconoce la escama de serpiente dice un número distinto del que se puede ver en pantalla. Esto no es una diferencia propiamente dicha (también ocurre en otras versiones), pero dado que es un error bastante famoso, y ha sido recientemente subsanado en el Final Cut, he visto conveniente comentarlo.

20. Hay un plano inédito donde la cámara, montada sobre una grúa ascendente, muestra una inquietante panorámica del mercado animal.

21. Cuando Deckard entra en el bar donde actúa Zhora (Joanna Cassidy), vemos a unas strippers con unas máscaras de hockey. Aunque este plano se ha recuperado para el Final Cut, no aparecía en ninguna de las otras versiones.


22. Cuando Zhora descubre que Deckard es un Blade Runner, intenta estrangularle y luego se da a la fuga. Esta secuencia es levemente más larga en el workprint.

23. Tras retirar a Zhora, Rick pide su cena en un restaurante callejero, mientras tanto, suena la canción If I didn’t care, de los Ink Stops. Lamentablemente, esta canción que tanto gustaba a Ridley Scott no se incluyó en la versión definitiva por temas de derechos, siendo sustituída por One More Kiss, Dear, compuesta por Vangelis y Peter Skellern.

24. El workprint no incluye el plano de Leon cayendo al suelo, tras ser disparado por Rachel (Sean Young) tras la violenta pelea con Deckard, ni el de Rachel dando un paso adelante tras eliminarlo.

25. Ya en el apartamento de Deckard, Rachel toca unas notas al piano. La melodía es ligeramente distinta de la de las otras versiones.


26. No disfrutamos de esa hipnótica toma insertada más tarde en las otras versiones, que muestra como Rachel se suelta el pelo.

27. La banda sonora en toda la secuencia del apartamento es distinta.

28. En el edificio Tyrell, Roy Batty llama “Father” al Dr. Eldon Tyrell, y no “Fucker” como en el resto de versiones. Este “father” también se recuperó para el Final Cut.



29. La muerte de Tyrell es algo menos violenta en el workprint que en el resto de versiones.

30. Después de matar a su creador, oímos a Batty llamar a Sebastian (ven, ven, Sebastian). Esto también se ha recuperado para el Final Cut, pero no está en el resto de versiones.

31. Cuadno Deckard se asoma al balcón de su apartamento, podemos oir el sonido de una sirena.

32. En las versiones definitivas hacia el final de la película, la música de Vangelis sustituyó a una pista de música provisional, incluída en este workprint. Se trata de extractos de El Planeta de los Simios de Jerry Goldsmith y Humanoides en el Abismo, de James Horner.

33. Durante la confrontación final, Batty retuerce los dedos de Deckard hasta dejárselos del revés. En el workprint podemos ver una mano protésica que llevó Harrison Ford en algunos planos posteriormente eliminados.

34. Falta el instante en Roy tira de Deckard a través del muro, empotrándole en la pared.

35. Plano inédito de Decarkd colocándose bien los dedos, sentado en una bañera.

36. La escena en que Roy atraviesa su mano con un clavo es menos sangrienta que en las otras versiones.

37. Seguimos a Harrison Ford por el ruinoso edificio, mientras, fuera, arrecia la tormenta. En algún lugar suena un trueno. Este efecto de sonido no está presente en el resto de versiones.

38. Roy Batty rompe la pared de un cabezazo y se asoma al otro lado. Cortamos a un primer plano de Harrison Ford, y justo entonces, oímos a Batty decir: "¡Vamos! ¿No sientes dolor?”. Esta línea de diálogo no está en resto de versiones.


39. La muerte de Roy Batty es acompañada de una narración inédita de Deckard, algo más corta pero más intensa, más profunda y mejor interpretada por Harrison Ford.

40. Cuando Rick Deckard vuelve a su apartamento, faltan una serie de planos que dotan de mayor suspense a la escena. A cambio, el workprint nos muestra un plano general en el que registra su casa y entra en el dormitorio.

41. Al salir del apartamento, faltan algunos planos, como en el que Deckard le dice a Rachel que espere, un plano de detalle del unicornio de origami, así como otro en que ella está esperando junto al ascensor.

42. Y por supuesto, la película acaba sin el Happy End tan denostado por algunos fans y por el propio Ridley Scott.

Y ya está. Al final, el señor Paul M. Sammon se despide declarándose fan absoluto de esta "copia cero" (me refiero a Blade Runner, no a mi blog, ojalá), por ser, a su criterio, la más emocional y adulta de todas las versiones del film. Personalmente también he disfrutado bastante del workprint, sobre todo con las diferencias más ostensibles, como el choque de Holden con el teclado o la narración
inédita de Deckard, a todas luces superior a la original, tanto por lo que dice como por la interpretación de Ford

Gracias por aguantar hasta al final.