Por fin llegó Super 8, la esperadísima producción de Steven Spielberg, dirigida por J.J. Abrams, responsable de la serie Perdidos y director de la divertidísima Star Trek (2009). Desde los primeros teasers las expectativas sobre esta fantasía de ciencia ficción se situaron en lo más alto, lo cual implicaba en mayor o menor grado una posible gran decepción.
Me siento afortunado al poder decir que, en mi caso, no ha habido tal decepción. Super 8 es una absorbente aventura de dos horas en la que los resortes del cine-espectáculo funcionan con la precisión milimétrica de una bomba de relojería. Cierto que el argumento no es nada nuevo, pero ¿Qué guión lo es hoy en día? ¿Acaso no llevamos años sufriendo la mediocridad de interminables secuelas, reboots o remakes?
J.J. Abrams usa arquetipos narrativos y visuales a modo de sólida base sobre la que construir una historia evocadora y nostálgica que no oculta sus raices, sino que las reafirma y las lleva por bandera.
Las virtudes de Super 8 no son pocas, empezando por el acertadísimo casting, en el que colaboraron activamente el propio Spielberg y Rob Reiner, director de aquella simpática adaptación de Stephen King, Cuenta Conmigo (Stand by me, 1986), de la que Super 8 toma más de una idea.
También ayuda a la inmersión una pulcra puesta en escena y una dirección de fotografía intimista sin ostentosos filtros de postproducción (aunque con una buena provisión de destellos de lente artificiales). La música de Michael Giacchino pone la ginda al pastel con una partitura que recuerda mucho a ese otro amigo de Steven Spielberg, John Williams.
Y es que es cierto, abundan los guiños y homenajes al cine fantástico de los años ochenta. El espectador encontrará referencias más que directas a Los Goonies, Encuentros en la Tercera Fase, E.T. e incluso a Evil Dead o La Noche de los Muertos Vivientes, y si no, atentos al nombre de la ficticia planta química que mencionan los chavales en su peli amateur.
Pero igualmente, es injusto decir que el film de Abrams no aporta nada nuevo, pues el respeto y amor al cine y a los modos de narrar clásicos, la brutal sinceridad de esta película y su fino humor blanco son algo decididamente nuevo y refrescante, en el panorama Hollywoodiense de los últimos años.
Desgracidamente, pocas películas están completamente libres de fallos. El guión es a ratos predecible y poco verosímil. La resolución de algunos conflictos o enigmas es demasiado ingenua incluso para una película de género fantástico. Por otro lado, la intensidad dramática de ciertas escenas no alcanza a las las de viejas producciones de Spielberg y aunque al final si que se suelta alguna lágrima, a J.J. todavía le quedan algunas lecciones que tomar de su mentor. En lo personal, tampoco me gustó demasiado Kyle Chandler, pero supongo que será cosa del personaje, porque en King Kong (Peter Jackson, 2005) el hombre estaba inspiradísimo.
A pesar de todo, el guión de Abrams (con excepción de un primer acto quizá demasiado largo) se desenvuelve de forma magistral en cuanto a su estructura, su ritmo narrativo y su hábil dosificación de suspense, humor y acción. Creo honestamente que Super 8 funciona y no defrauda. No sólo da lo que promete, sino que lo hace desde una perfección formal que debería ser carnaza de estudio en universidades de cine, y eso es, como dice Charles, valor añadido.