lunes, julio 22, 2013

Expediente Warren (The Conjuring, 2013)

Aunque me llegué a perder en la vorágine de sangre que suponen las secuelas de Saw y sus cada vez más rimbomantes escenas de crímenes, sigo reconociendo el impacto que me causó la primera parte, por lo novedoso de su propuesta. Insidious es otra historia, me pareció tan divertida y original, sobre todo en su tramo final, que ahora con Expediente Warren, no podía sino otorgar a James Wan el crédito que se ha ganado y pagar mis siete euros por ver su último trabajo.

Los investigadores pananormales Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga) intentarán ayudar a los Perron, una familia aterrorizada por una presencia oscura en su recien adquirida casa en el campo. Decididos a enfrentarse a la poderosa entidad, los Warren llegan a arriesgar sus propias vidas en uno de los casos más terroríficos de su carrera. Al parecer, estamos ante un hecho real, e incluso los miembros de la familia Perron están participando en las labores de promoción, avalando el filme y asegurando su fidelidad a los hechos. Como para perdérselo ¿No?



Una de las cosas que más me gusta de James Wan, es que es un director impredecible. Confieso no haber visto todas sus películas, y quizá por eso no veo de momento en su dirección un patrón definido. Una cosa sí puedo decir, Insidious es una de las pocas películas que logró sorprenderme, tanto por su precisión milimétrica a la hora de planificar los sustos como por la inventiva de los mismos. Dicho de otro modo, sí, Wan utiliza los clásicos trucos de montaje y de sonido, pero lo que vemos en pantalla es algo más que una mano en el hombro, o sombras moviéndose en el área desenfocada de la pantalla. Y este algo más siempre es una originalidad innegable.

Expediente Warren es algo más clasicista y menos arriesgada que Insidious, pero igualmente efectiva y desde luego más humana. Hay en ella una intención de acercar los protagonistas al espectador, de hacernos partícipe del drama familiar que están atravesando. Este es el punto fuerte de la película; Dios sabe que disfruto de lo lindocuando seis o siete adolescentes idiotas reciben su merecido por jorobar a los espíritus, pero Expediente Warren juega en otra liga; no se toma a la ligera las motivaciones de sus protagonistas y eso dota a la película de un cierto realismo en la línea de títulos como El Exorcista y La Profecía, salvando las distancias, claro.


El guión firmado por Chad y Carey Hayes comienza con un prólogo inteligentemente clarifiador que nos pone en situación y nos previene de lo que vendrá. Hay que reivindicar más estos openings autoconclusivos en la línea de James Bond, Indiana Jones o el último Star Trek, pues funcionan de maravilla y dejan el camino libre para iniciar la que será la auténtica aventura.
A partir de aquí, los momentos de horror están habilmente equilibrados en el tiempo y en su intensidad. Cada uno es más poderoso que el anterior y disfrutamos realmente la tensa espera que nos llevará al siguiente. Mientras tanto, los actores tienen su ocasión de mostrar matices y evolucionar en la medida que el género les permite. Es destacable en este aspecto el papel de Vera Farmiga y Lil Taylor, por encima de sus compañeros masculinos, Patrick Wilson y Ron Livingstone.


La ausencia de actores taquilleros permite sacar todo el jugo a los escasos 13 millones de dólares que ha costado la película. Esto es, un buen trabajo de efectos especiales y maquillaje; y una ambientación y puesta en escena sobresaliente con ecos de los mejores horror films de finales de los 70. Agradecí igualmente un desenlace sólido, quizá ingenuo y apresurado, pero sin ambigüedades ni reveses.

El único punto negativo que señalaría es la escena del exorcismo, que me resultó algo floja y excesivamente típica, aunque no olvidemos que el film se mueve entre convencionalismos (con mayor o menor éxito) durante prácticamente todo el tiempo.

A Expediente Warren le ha ido excelentemente bien en su primer fin de semana, recaudando hasta el triple de lo que ha costado. Está, en cualquier caso, muy por encima de cualquier slasher de terror para adolescentes que pueblan a menudo nuestras pantallas, y es un film que cualquier aficionado al género debería ver, pues si bien redunda en los tópicos sobre fantasmas y casas encantadas, lo hace desde un profundo respeto a los clásicos y sobre una estructura y un ritmo intachables.


domingo, julio 21, 2013

Halloween 4; El regreso de Michael Myers (Dwight H. Little, 1988)

Tras el fracaso de la tercera parte, que obviaba la figura de Michael Myers para centrarse en una historia algo más ligera y completamente nueva, el productor Mustapha Akkad (único miembro del equipo original ) decidió retomar el personaje que hizo grande la saga, con un guión de Alan B. McElroy (cuyo trabajo más serio sea quizás Spawn) y sin el respaldo de Debra Hill ni John Carpenter, co-productores de las tres primeras. Carpenter ni siquiera volvió para componer la música, aunque su tema principal es reinterpretado junto a un nuevo score de Alan Howarth. El director encargado de resucitar a Myers fue Dwight H. Little, un veterano de la televisión que hoy día sigue en el negocio y tiene a su cargo varios capítulos de la serie Bones.

Diez años más tarde de la masacre perpetrada en el pueblo de Haddonfield (narrada en Halloween I y II), el cuerpo de Michael Myers, aun vivo pero aparentemente en coma, es trasladado del Sanatorio Federal Ridgemon al hospital de Smith Grove. Durante el traslado el paciente despierta provocando la muerte del personal médico y el conductor. Es libre otra vez, y sus pasos le llevarán nuevamente a Haddonfield, donde reside su único familiar vivo: Jamie (la niña Danielle Harris), hija de su hermana Laurie Strode. El Dr. Sam Loomis (Donald Pleasence) le sigue la pista y tratará de prevenir a la pequeña y su famila adoptiva.


Desprovista del equipo original de las tres primeras entregas, esta Halloween 4 hace aguas por todas partes dónde sus antecesoras únicamente patinaban un poco. El guión de McElroy deja importantes preguntas sin contestar acerca del destino de los personajes en la segunda parte. Jamie, la hija de Laurie, vive con una familia de acogida, pero no sabemos qué ocurrió con la propia Laurie. Por otro lado, resucitar a Myers quizá no sea tan grave (ya sabemos que es inmortal), pero hacer lo propio con Sam Loomis, quien debió morir incinerado al término de Halloween II es una vacilada importante.

El guión, tanto en su estructura como en el diálogo, es simple hasta decir basta. Personajes planos y estereotípicos y actitudes impostadas. Las fatales decisiones que llevan a los personajes a su propia muerte son ahora más forzadas que nunca, y los despropósitos se suceden uno tras otro. Por ejemplo; una improvisada patrulla callejera contra Michael compuesta por camioneros borrachos, acaba matando por error a un chaval; los protagonistas se atrincheran en una casa para protegerse, y la vivienda se transforma en una ratonera de donde no pueden escapar; Loomis, que actúa como protector de Jamie, no tiene sin embargo problemas en abandonarla, y casi al final, la conduce hacia la escuela pública, que tan pronto parece el lugar más seguro del pueblo como se convierte en un tenebroso laberinto de sombras donde Myers tiene el control. El caso es que ninguna de estas situaciones sería tan patética si la trama estuviera más trabajada, pero conforme se desarrolla el argumento sentimos que casi nada tiene sentido.



El cuidado trabajo de Dean Cundey en las entregas anteriores es sustituido aquí por una impersonal y nada inquietante fotografía de Peter Lyons Collister que no tiene ningún reparo en mostrarnos al asesino generosamente, en vez de mantenerlo en sombras como hacía Cundey.

Halloween 4 quiso ser una reactivación de la franquicia, se nota su afan de resultar moderna y agradar a las nuevas audiencias, y aunque no conserve la seriedad de las dos primeras, algo bueno se puede sacar de ella. Por un lado, se agradece tener de nuevo a Donald Pleasence haciendo de Loomis. Por otro, hay que destacar la profesionalidad de Danielle Harris, que a su tierna edad logró dar forma a un personaje interesante que se perfilaba como un digno sucesor de Laurie Strode (Jamie Lee Curtis).


Es precisamente Harris quien poco antes de los créditos finales protagoniza la escena que daría continuidad de la franquicia. Esta última escena es una auténtica gozada, por cómo está rodada (tributando a la primera parte) y por la sorpresa y el shock que nos causa. Lástima que el primer brote de genialidad de la historia llegara tan tarde.

La carátula de Halloween 4 me tuvo atemorizado durante largo tiempo en mis visitas al videoclub y siempre trataba de alejarme de su diabólica influencia. Ahora sin embargo se me antoja la más insípida de toda la saga. Aun me faltan otras cuatro. No desespero en conocer algún día la causa de la inmortalidad de Myers.

sábado, julio 20, 2013

El experimento del Dr. Quatermass (Val Guest, 1955)

Poco a poco voy rellenando lagunas fílmicas. Resulta agradable comprobar como detrás de los grandes títulos, aquellos de los que todos hemos oído hablar, siempre hay una buena provisión de filmes igualmente notables, que por falta de referencias en una era pre-internet, nunca hemos llegado a conocer. Llega un momento en que uno pasa de creer haberlo visto todo, a comprender que aun existe una selva virgen de celuloide, un legado fílmico cuyo visionado se me antoja mitad un deber, mitad un disfrute. Más lo segundo que lo primero.

Hace poco expirementé las bondades de los monstruos de la Universal y recientemente he asomado la patita al desván de la Hammer, productora inglesa a la que pertenece el film que aquí nos ocupa. Se trata de uno de los pocos films de ciencia ficción de esta compañía: El experimento del Dr. Quatermass, del director Val Guest y con guión de Richard Landau y el propio Guest, adaptado de la serie televisiva del mismo nombre.


Una nave espacial, perteneciente a un proyecto liderado por el profesor Quatermass, aterriza de repente en las afueras de Londres. De los tres tripulantes, dos han desparecido misteriosamente. El profesor se hace cargo del único superviviente, apenas vivo, que presenta signos de una pavorosa alteración genética. Pronto descubrirá que los astronautas no han vuelto precisamente solos; una mortal amenaza para todo el planeta Tierra ha viajado con ellos.

Estamos ante un film notabilísimo, con un ritmo envidiable y unos actores más que correctos. La trama engancha desde el primer momento y sabe dosificar la información para mantener el interés a lo largo de la casi hora y media que dura la película, siendo especialmente efectivo todo el tramo final, en el que se desvelan los misterios del film, y se deja la puerta abierta a una posible continuación. En este aspecto, el epílogo es especialmente sugestivo por su tono solemne y su fuerza visual.


The Quatermass Xperiment no tiene nada que envidiar a las producciones norteamericanas de la época. Sus ingeniosos decorados, unos efectos especiales solventes y una fotografía eficiente hacen de esta película una digna competidora de títulos tan vistosos (y bastante más caros) como Ultimatum a la Tierra, de la que se advierte una leve influencia. Algo de admirar, si tenemos en cuenta que su presupuesto que no llega al millón de dólares (IMDB estima su coste en 45.000 libras de la época).

Quizá eché de menos una mayor introspección en el personaje del buen doctor. Brian Donlevy representa aquí el arquetipo de científico loco, pero ese lado oscuro suyo se me hace tan perturbador como escurridizo. Confío en que su personalidad se desarrollara algo más en las secuelas que siguieron.


El film es desde luego un must en cualquier filmoteca del fantástico, y sin duda un primer plato apetecible para todo aquel que quiera adentrarse en los clásicos de la Hammer, como está siendo mi caso. La película tuvo dos continuaciones; Quatermass II (1957) y Quatermass and the Pit (1967), muy apreciada entre los fans. Mientras llegan a mí, no puedo sino recomendar esta primera parte a quienes todavía no la hayan visto.

miércoles, julio 17, 2013

Halloween III, El Día de la Bruja (Tommy Lee Wallace, 1982)

Tommy Lee Wallace (conocido por su irregular adaptación al telefilme de la obra It de Stephen King) tomó el relevo de Rick Rosenthal en 1982 para dirigir Halloween III; The Season of the Witch. John Carpenter, de nuevo en las labores de producción y colaborador en el desarrollo de la historia, concibió la tercera parte de la franquicia como un nuevo comienzo; una trama de terror sobrenatural que dejaba de lado al sanguinario villano Michael Myers, y que tenía como base el origen celta de la fiesta de Halloween.



Cuando un tendero local es asesinado en extrañas circunstancias, su hija Ellie (Stacey Nelkin) y el doctor Challis (Tom Atkins), quien lo atendió antes de morir, se alían para desentrañar el misterio. Su investigación les llevará al viejo asentamiento irlandés de Santa Mira, donde una fábrica de máscaras de Halloween, esconde un macabro secreto que amenaza a toda la población de Estados Unidos.

En esta película no hay ni rastro de Michael Myers, pues la idea de Carpenter era estrenar cada año una historia de terror distinta que tuviera lugar en la Noche de Brujas. Cuando esta idea - a priori muy atractiva - fracasó debido a los bajos resultados en taquilla, no quedó más remedio que "resucitar" a Myers (si es que alguna vez estuvo muerto) en Halloween 4. Pero de momento, centrémonos en esta inusual y aislada tercera parte, sin ninguna continuidad con las dos películas anteriores.

Aun dentro de los parámetros del cine de terror de la época, resulta difícil creerse una premisa tan extraña y pedestre (¿una fábrica de máscaras como alijo del mal?), y tampoco los protagonistas resultan una pareja de investigadores convincentes. Hay un intento de darles cierta dimensión (mediante una verborrea carismática, miradas de complicidad, etc.), pero el guión se rige por unos parámetros de causa-efecto impostados y artificiales. Por decirlo de otro modo, a los protagonistas les viene todo rodado, y su avance en la investigación es casi tan improbable como el romance que ambos viven en el lúgubre motel en que se alojan (velado homenaje a Psicosis, aquí). A nivel actoral, sólo es reseñable el trabajo de Dan O'Herlihy, quien logra una interesante caracterización en el papel de Conel Cochran, el dueño de la fábrica.

  
El tratamiento visual y sonoro es exacto al de las dos entregas anteriores; se puede disfrutar de nuevo de la pulcra fotografía de Dean Cundey y también Carpenter vuelve a firmar la banda sonora, que, usada junto a los efectos sonoros, ahora nos resulta extrañísima sin Michael Myers. En su lugar, son los siniestros trabajadores de la fábrica los que hacen apariciones repentinas y perpetran algún sangriento crimen. En este aspecto es destacable el trabajo de maquillaje de Tom Burman. Hay mucho más gore y tripas que en Halloween I y II, y a decir verdad, disfrute de la mala leche que destilan los asesinatos.

Como no me esperaba demasiado, lo cierto es que pasé un buen rato. La trama se sigue con cierto interés y las escenas truculentas aprovechan al máximo los 2,5 millones de dólares que costó la película. Eché de menos un mayor desarrollo de las viejas tradiciones irlandesas en las que se fundamenta el guión, pero agradecí el sello personal de Carpenter, presente en la banda sonora (atentos al pegadizo y atemorizante jingle publicitario de Silver Shamrock), y en ciertos detalles de la historia, como su fascinación por los montículos del Stonehenge inglés, que tendrán un papel crucial y que también inspiraron La Niebla.

lunes, julio 08, 2013

Star Trek; En La Oscuridad (J.J. Abrams, 2013)

Cuatro años ha tardado en llegar la segunda entrega del nuevo reboot de la franquicia, que iniciara J.J. Abrams en 2009. Se ha escrito tanto de esta película, que apenas comenzaron a llegar las primeras reacciones tras su estreno en EE.UU. este humilde bloguero decidió darse de baja de todas las las páginas y foros de opinión, y desviar su atención de cualquier crítica, comentario o imagen relativa a Star Trek: Into Darkness. Tarea harto difícil en estos tiempos informáticos.

En estos cuatro años, animado por la primera entrega del reboot, por su fino humor, su despliegue visual, y su profundo respeto a la saga, accedí a dar un voto de confianza a la serie clásica, que logré ver al completo en tan sólo unos meses. Digamos que Into Darnkess se estrena en un momento personal de plena efervescencia y renovado amor por Star Trek, pues aunque siempre tuve especial cariño hacia Kirk y su tripulación, mi experiencia se limitaba hasta ahora a las películas.

Dicho esto, entremos en materia.

J.J. Abrams vuelve a conseguir en este film lo que ya logró con el primero, revitalizar la franquicia desde un punto de vista actual sin renunciar al espíritu clásico. El argumento desarrollado por Roberto Orci, Alex Kurtzman y Damon Lindelof no es sólo una puesta al día sin concesiones, que asegura la asistencia masiva del público joven a las salas de cine, sino que también es un brillantísimo ejercicio de nostalgia bien entendida que deleitará a los viejos fans. Tiene todo lo que cabe esperar de una buena aventura; intriga, humor, sensibilidad, romance, situaciones límite y unos efectos especiales que están a la vanguardia de la técnica, todo ello dosificado y estructurado con un sobresaliente sentido del ritmo.

  
Como en sus anteriores películas, Abrams no ha necesitado el toque de Christopher Nolan para complacer a la crítica; esto es, huir de los tópicos, reinventar la saga y dirigirla a audiencias supuestamente maduras. No, Abrams no es un iconoclasta vanguardista que va de hermano mayor, sino un mitómano obsesivo, un restaurador vocacional que antes que encargar un nuevo Batmovil, prefiere comprar la vieja Enterprise en un mercado de ocasión a precio de saldo. No huye de los tópicos, sino que los desempolva, los engrasa, y les quita el óxido para hacerlos lucir como hace treinta años.

La tan criticada línea temporal alternativa de las nuevas películas de Star Trek - que se desató cuando el Capitán Nero mató al padre de Kirk - , ha resultado ser en esta segunda parte su principal virtud. En esta nueva realidad, se desarrolla un velado remake de Star Trek II:  La ira de Khan que ofrece sin embargo, una aventura completamente nueva.

Zachary Quinto, si ya estaba brillante en la primera parte, ha mejorado muchísimo en su caracterización de Spock, haciendo suyo el genio de Leonard Nimoy y ofreciendo lo mejor de su propia cosecha. También disfruté con el desparpajo de Chris Pine, la gracia natural de Karl Urban y por qué no decirlo, el espectacular físico de Zöe Saldana (gran actriz también, sin duda). Benedict Cumberbatch logra un malvado arrebatador y digno competidor del Bane de Tom Hardy o el general Zod de Michael Shannon.


Como nada es perfecto, el guión tiene momentos inverosímiles que no soportarían un análisis lógico, y personajes algo desdibujados (a pesar del buen hacer de Cumberbacth, su villano podría haber tenido algo más de dimensión), pero también buenos diálogos, un elegante sentido del humor y una mirada limpia, optimista y en sintonía con la visión de Gene Roddenberry. Por esto, y por cosas como el maravilloso prólogo al estilo de los viejos seriales de aventuras, no nos queda más remedio que indultar los puntos oscuros de la historia, sin necesidad de fianza o apelación.

Con la humildad del fan que deja volar su imaginación, Abrams nos ofrece el Star Trek que él quisiera ver en pantalla. Una vez fue de los nuestros. Coleccionaba cromos, maquetas y cintas de vídeo. Ahora tiene el crédito y el respaldo de la industria necesarios para ofrecernos la aventura que de niños representábamos haciendo chocar nuestras naves de juguete.


No se me ocurre nadie mejor que él para entrar en el taller de George Lucas y pedirle prestados sus viejos cacharros. No veo el momento en que las puertas del Rancho Skywalker se abran, y este mecánico bajito, gafotas y de generosa nariz se ponga su mono de trabajo, para tratar de arreglar la hipervelocidad del Halcón Milenario. Si lo hace la mitad de bien que lo ha hecho con Kirk y los suyos, podemos estar tranquilos.

Así es que larga vida, prosperidad, y que la Fuerza nos acompañe a todos.

miércoles, junio 26, 2013

Halloween II, Sanguinario (Halloween II, 1981)

Tras el sorprendente éxito de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978), hoy elevada por mérito propio a la categoría de clásico indiscutible del cine de terror, y teniendo en cuenta su final abierto, ya entonces parecía claro que tarde o temprano tendríamos una secuela. Así ocurrió tres años más tarde con Halloween II (1981) que contaba con Rick Rosenthal en la dirección, y un exiguo presupuesto de 2,5 millones de dólares, superior no obstante a los ridículos 325.000 dólares que costó la primera parte.

Los hechos narrados tienen lugar momentos después del final de la primera parte. Recordemos que el Dr. Loomis (Donald Pleasence) disparó seis veces al asesino Michael Myers, cayendo este por el balcón de la casa de Laurie Strode (Jamie Lee Curtis), sólo para desaparecer misteriosamente momentos después. Laurie, aun en estado de shock, es conducida al hospital de Haddonfield, y Loomis continúa la búsqueda de un asesino aparentemente inmortal. Tras eludir a las fuerzas del orden, Myers se las arregla para llegar al hospital, donde comienza una nueva orgía de sangre.


 

Para muchos no será diferente de cualquier otro slasher, en que unos personajes bastante idiotas van cayendo como moscas víctimas de su estupidez. Quien así la juzgue, o peca de simplista o habla condicionado por el reductio ad abusrdum de los códigos clásicos del cine de terror. Estos monologuistas de botellón, parecen obviar que estos códigos, son precisamente los que definen el género y lo dotan de entidad, y que de ellos puede hacerse un buen uso o un abuso, como decía ese anuncio de TV.

Dicho esto, Halloween II es dignísima como secuela y tiene mucho dónde rascar. No parecía difícil hacerlo bien si se contaba con el mismo equipo responsable de la primera parte. Dean Cundey (Regreso al Futuro) está de nuevo a cargo de la fotografía, y aunque John Carpenter no dirija esta vez, si que firma el guión junto Debra Hill, ejerciendo ambos de productores. Carpenter además, repetiría como compositor de la música.

Por momentos, parece que Rosenthal - realizador novel, que solo había dirigido algún capítulo de la serie Secrets of Midland Heights  - se hubiera limitado a decir el action dejando el peso de las decisiones importantes al equipo creativo de La Noche de Halloween. Aun con Laurie postrada en una cama, la película sigue los mismos derroteros que su predecesora. En este caso las muertes se suceden en el hospital, y cómo siempre, Loomis está en la otra punta del pueblo, buscando a Michael Myers en el sitio equivocado, desatendiendo por completo a la joven.


Visualmente, volvemos a encontrar aquella iluminación parcial y selectiva, que esconde una sorpresa en las sombras del encuadre, y una steady subjetiva para Myers
, dos recursos que funcionan de maravilla vehiculados a través de la que para mí es la principal virtud del film: su discreto uso de los trucos de la vieja escuela, que están presentes sin resultar ostentosos. Aunque hay apariciones repentinas y asesinatos en el área desenfocada de la imagen, Rosenthal y Carpenter optan por no subir el volumen, ni añadir una exasperarte música in crescendo. Todo está en el montaje, en el encuadre y en un efectivo uso de los silencios.


A medida que se suceden las muertes de enfermeras y guardias de seguridad, somos cada vez más conscientes de que estamos ante una repetición estructural casi mimética del guión de la primera parte, pero no nos importa, pues cada asesinato es más original e impactante que el anterior. Existe un refinamiento en la fotografía de Dean Cundey, que sin llenar la pantalla de sangre logra un algunas imágenes tan tétricas como bellas en su aspecto formal. El tramo final goza de un ritmo admirable, y además de revelarnos datos muy interesantes sobre Myers, deja en el aire preguntas igualmente inquietantes ¿Hasta que punto es dueño de sus actos? ¿Cuándo empezó su mente a abandonar el mundo real? y sobre todo ¡¿Por qué no muere nunca?! 

Filmaffinity está llena de críticas negativas de Halloween II, que la ponen de cutre y patética para arriba, tachándola de subproducto comercial, y acusándola de aprovechar el filón de la primera parte. Hay quien se pone verosimilista y casi todos hacen reductio ad absurdum, incluyendo  comparaciones jocosas o chistes. Unos y otros parecen más preocupados por aparentar, que por decir algo honesto, pero usan para ello los lugares comunes más gastados del trollismo informático, logrando un efecto contraproducente.

Aunque La Noche de Halloween me causó pesadillas cuando la ví a los 8 años y es todo un referente; no había visto su secuela directa hasta hoy. No me corto al decir que mantiene el nivel de calidad casi rozando a su predecesora. Cabe preguntarse si el mérito es más de Rosenthal o de Carpenter, pero desde luego, esta segunda parte merece una reivindicación.

domingo, junio 23, 2013

El hombre de acero (Man of Steel, 2013)

La estética refinada de Zack Snyder y el sello personal de Christopher Nolan auguraban un reboot de Superman de cierta carga dramática, en la línea de las nuevas películas de Batman. Un nuevo comienzo que dejaba a un lado la emblemática saga protagonizada por Christopher Reeve, y reflotada en 2006 por el director Bryan Singer, film fallido aunque respetuoso hacia la saga clásica. Esto ha ido provocando reacciones encontradas entre los fans conforme se conocían nuevos detalles. Este viernes por fin llegaba a las carteleras españolas Man of Steel.

Como en casi toda historia  de superhéroes, la trama (firmada por Nolan y David Goyer, co-autor también de las películas sobre El Caballero Oscuro) no es más que la vieja historia del bien contra el mal. En este caso, Superman (o Kal-El para la ocasión, pues en virtud de una pretendida dimensión del personaje, el nombre popular del mismo tarda mucho en aparecer) se enfrenta a un villano de sobras conocido por los fans, el general Zod (Michael Shannon releva con eficacia al Terence Stamp de Superman II) quien en su intento por restablecer la estirpe de los kryptonianos en el planeta Tierra, tratará de hacerse con el códice, fuente de la vida y herencia genética de Krypton; y también un macguffin tan insípido como irrelevante.




Narrativa y estéticamente, a efectos prácticos, pareciera que la película la hubiera dirigido el propio Nolan. Tal como se esperaba, el tono del filme y su estética visual - colores desvaidos hasta lo mortecino, contraste realzado y virados de color - , es definitoria del equipo responsable, y también de la tendencia actual, para alegría de unos y descontento de otros. Estructuralmente, el ritmo acelerado de las tomas de acción es compensado con un tono reflexivo para las escenas intimistas sobre los orígenes del personaje.

He disfrutado más con estas últimas que con los efectos visuales, que por qué no decirlo, también son de primer nivel. Pero incluso cuando se nos cuenta la historia personal de Clark Kent, lo que no debía haber ido más allá  de una planificación académica, se convierte en el festival de la cámara en mano. Supongo que en un intento de dotar a la historia de mayor verosimilitud, Snyder opta por este tono documental que rompe el pacto ficcional y el equilibrio necesario en un filme como este. El sostener la cámara a pulso tiene una significación muy concreta en el lenguaje cinematográfico, y su uso en El hombre de acero es injustificado.


El casting me parece uno de los mayores aciertos. Henry Cavill, que se quedó a las puertas de protagonizar Superman Returns, interpreta todo lo bien que le permite el guión; y además llena sobradamente el traje, sin necesidad de esos relieves tan divertidos de Michael Keaton y George Clooney en el Batman de los noventa (que conste que Chris Reeve tampoco llevaba relleno). Pero sin duda la expreriencia es un grado, y quedé encantado con las interpretaciones de Russel Crowe como Jor El (superado el mal trago de Les Misérables), y de Kevin Costner y Diane Lane como Johnathan y Martha Kent.

Disfruté mucho los velados homenajes a la saga original, basados únicamente en la composición - incluso parcial - de ciertos planos, y alejados de aquellos guiños bastante más evidentes de Superman Returns. Agradecí también la explicación de la letra S en la vestimenta de los miembros de la Casa de El, que era un evidente gazapo del filme clásico (supongo que algo de esto habrá en los cómics).

Aunque lo pasé en grande en el cine, no puedo decir que el film sea perfecto, y ciertamente prefiero la honestidad de las películas de Marvel, dónde el tono no condiciona una visión forzadamente sesuda como en este Man of Steel.

miércoles, junio 19, 2013

Están Vivos (They Live, 1988)

Seguimos con John Carpenter; esta vez con uno de los clásicos tardíos de su filmografía. Están vivos narra el intento de George Nada (Roddy Piper, luchador de wrestling y actor ocasional), el paradigma del hombre corriente, por detener una invasión alienígena encubierta tras mensajes subliminales. Unas gafas de sol especiales creadas por un pequeño grupo insurgente, le permiten identificar a los invasores, que vistos a través del cristal, presentan un aspecto deforme y amenazador.

Vi esta película en mi adolescencia, en un pase de Canal +, y la recordaba inteligente y entretenida. Ayer decidí revisionarla en lo que está siendo un improvisado ciclo de Carpenter, y me ha producido sentimientos encontrados. Pero empecemos por el principio.



IMDB estima el coste de esta película en cuatro millones de dólares, una cifra ridícula para cualquier producción  hollywoodiense, pero que en manos de Carpenter – quien ya demostró el partido que puede sacarle a presupuestos reducidos – podría haber dado para mucho más.

Se nota que estamos ante una producción de bajo coste. Las estrellas de cine quedan descartadas, abunda el rodaje en exteriores o localizaciones reales, e incluso la fotografía está muy limitada, dando a la imagen una impersonal textura de telefilme.

Desprovista de un estilo visual definido, sólo nos queda confiar en que al menos, Carpenter sabrá contarnos una buena historia, con su uso del montaje y la planificación. No obstante, también encontré carencias en estas materias que se suponían aprehendidas mucho tiempo atrás, en películas como La Noche de Halloween o La Niebla.


  
Y es que hay escenas innecesariamente dilatadas y repetitivas. El asalto policial al gueto donde vive el protagonista - supuestamente una escena de acción - se prolonga durante cinco minutos sin lograr transmitir la sensación de peligro que debería; vemos excavadoras arrasando con las chabolas como si de un documental se tratara.  Más adelante, cuándo George insta a su compañero Frank (Keith David) a que se ponga las gafas, se inicia una interminable pelea de 7 minutos donde Roddy Piper hace gala de la que es su verdadera vocación, la lucha libre al más puro estilo de la WWF. La escena está tan fuera de lugar que provoca sorpresa y risa floja a partes iguales. Hoy día hay quien todavía la recuerda, y la define como "épica", "memorable"; e incluso como "lo mejor de la película". Desde luego es muy divertida, y está bien rodada. Haciendo una pequeña investigación, he descubierto que al igual que yo, mucha gente retuvo ese "¡Ponte las gafas! - ¡Que te jodan a tí y a tus gafas!".

En cualquier caso, Carpenter, que también firma el guión, podría haber usado esos minutos en desarrollar un poco más la trama, que obvia detalles importantes ¿Cuándo empezó la invasión? ¿Existe un plan de ataque elaborado? ¿Cómo están fabricadas las gafas?.


Además de la escena de la pelea, solo salvaría dos más; cuando George se pone las gafas y comienza a ver de forma manifiesta mensajes subliminales por toda la ciudad; y el divertido desenlace/epílogo en el que por fin, la humanidad “despierta”. Por otro lado, es encomiable el subtexto del film; El control de los aliens no es distinto al que, de hecho, se ejerce desde los medios de comunicación y los poderes fácticos de la clase política.

No es que exija una seriedad que desde luego el filme no tiene, pero el humor también lo veo artificial e impostado. El tono navega entre el suspense y la comedia, y se adivinan ecos de Golpe en la Pequeña China, pero sin la gracia o la coherencia interna de aquella. Sinceramente, no podía dar crédito a lo que estaba viendo cuando George decide insultar a los aliens (“¡Parece usted un queso de grullere!”) y cargar contra ellos a tiro de escopeta, sin al menos haber concienciado a unos cuantos para su causa, formando un comando de asalto o algo así. Ni Roddy Piper es Kurt Russel, ni el mito del héroe urbano trasnochado y palurdo a lo Jack Burton tiene en esta ocasión un trasfondo que lo haga creíble.

domingo, junio 16, 2013

Encerrada (John Carpenter's The Ward, 2010)

Con dos años de retraso y directa a DVD, en 2012 llegaba a España Encerrada, el esperado regreso de John Carpenter a la pantalla grande, y a su género predilecto; el horror. Se esperaba mucho de esta cinta, dado quien la firma, y al parecer ha causado alguna que otra insatisfacción entre los fans del maestro.

El guión corre a cargo de Michael y Shawn Rasmussen, que por su corta carrera, pareciera que son simplemente dos principiantes con la inmensa suerte haber tenido a John Carpeneter al frente de su floja historia. En ella conocemos a una joven (Amber Head) que despierta en una institución psiquiátrica sin recordar qué le ha llevado allí, y que no tardará en ser acosada por el fantasma de una antigua paciente fallecida en el centro.


Aun ceñida a los parámetros del cine espectáculo de nuestros días, apreciamos desde los primeros minutos la mano de un director experimentado que conoce todos los  recursos del género que maneja. Ningún plano está de más, y ningún efecto es en vano. Así, The Ward inicia su recorrido con paso firme y sin escalas.

No es sin embargo, una carrera de fondo. Conforme avanza, el film cae en una serie de tópicos que huyen de toda sutileza y/o sugestión. Llegamos a pensar que Carpenter ha perdido su genio, pero uno se pregunta si no será culpa del guión. En cualquier caso, todo el segundo acto me resulta innecesariamente dilatado y falto de emoción, incluso teniendo un par de muertes (por perforación ocular y electrocución) muy resultonas.




Quizá lo mejor de la cinta sean esas dos escenas, además de un correcto trabajo del elenco y una la cuidada ambientación, que sitúa la película en los años setenta, pero de forma discreta y sin extravagancias. También es de agradecer alguna que otra referencia a Alguien voló sobre el nido del cuco, ya sea en el diseño de los sets o en el personaje interpretado por Susanna Burney (una enfermera muy parecida a la que le valió el oscar de Louise Fletcher).

Poco antes del final deseé que al menos, como ocurre en casi todo el cine de terror actual, la trama me sorprendiera con un giro inesperado. Pues sí, el desenlace colmó mis expectativas ofreciendo una revelación que, si bien no es del todo novedosa, a mi me resultó de lo más gratificante.

En resumidas cuentas; John Carpenter se limita a cumplir, y salvo un par de aciertos, el film es de lo más convencional, y desde luego el más impersonal de toda su filmografía. Como fuere, aún se muestra capaz de lograr varias escenas de impacto. Si Carpenter sigue en activo los próximos años, supongo que sólo será cuestión de encontrar un buen guión que no le haga ceñirse tanto a los modos de representación actuales como este.

domingo, junio 02, 2013

La Niebla (John Carpenter's The Fog, 1980)

La niebla es el cuarto largometraje de John Carpenter para la gran pantalla, y el segundo en el género de terror, tras La Noche de Halloween en 1978. No hay que confundirla con su reciente remake Terror en la Niebla (The Fog, 2007) ni con La Niebla (The Mist, 2005) dirigida por Frank Darabont, y basada en una novela de Stephen King.

Recuerdo haberla visto hace unos diez años, en una de esas noches de verano en las que sacaba la tele y el VHS al patio, juntaba a algunos amigos y comíamos palomitas mientras disfrutábamos de algún clásico del terror. Si no me falla la memoria, aquella noche hicimos programa doble con, de hecho, La noche de Halloween. Y debió ser la comparación con el clásico definitivo del maestro Carpenter, lo que dejó en mí un recuerdo de La Niebla como una película flojita y olvidable. No obstante, vista hoy, con algo más de perspectiva y criterio fílmico que el de entonces, la película ha ganado algunos enteros.



El pequeño pueblo costero de San Antonio Bay, es víctima de una antigua maldición, por la cual, los fantasmas de Sam Blacke y de su tripulación abordo del Elizabeth Dane, vuelven a la vida en busca de los descendientes de sus asesinos. Cuando un banco de niebla se aproxima a San Antonio Bay en la noche de su centésimo aniversario, los muertos se cobran su venganza.

Es una premisa sencilla, pero funciona. La leyenda de la antigua maldición es en verdad inquietante y se expone inteligentemente dosificada en dos escenas, una al comienzo (genial ese lobo de mar rodeado de niños junto al fuego)
y otra más tarde hacia el ecuador del filme, (relatada esta vez por el sacerdote del pueblo) que ofrece más detalles dando a la historia el trasfondo necesario.



Me resultó bastante acertado incluir un personaje que condujera a los protagonistas por el camino correcto, a través de una emisora de radio que emite desde el faro del pueblo. Así, del mismo modo que un faro orienta a los barcos perdidos cuando hay niebla, la locutora Stevie Wayne (Adrienne Barbeau), intenta salvar a su hijo y a quienes le están protegiendo.

 
La película cuenta además con otros atractivos. La cuiadada fotografía de Dean Cundey ha resistido bien el paso del tiempo y la banda sonora compuesta por el propio Carpenter y orquestada con sintetizadores por Dan Wyman dota a la película de una atmósfera de lo más sugestiva.



 
Además, siempre es un placer ver a Jamie Lee Curtis, aun en un papel tan simplón como el que aquí representa, y tanto más asombroso es ver a su madre, Janet Leigh, algo entrada en años pero totalmente en forma y poniendo gran pasión en su trabajo. También hay que destacar la presencia de Hal Holbrook haciendo del Padre Malone; Holbrook es uno de esos actores de los que te suena la cara, y cuando te das cuenta ha trabajado en casi todas tus películas y series favoritas.




En lo negativo, le achacaría cierta oscuridad en la trama. No queda claro que las víctimas sean descendientes reales de los asesinos o simples elecciones al azar. Por otro lado, no se nos muestra como el resto del pueblo afronta la maldición, sino que en los últimos minutos, San Antonio Bay parece estar desierto a excepción de los protagonistas.


También señalaría algunos efectismos poco sutiles. No me refiero a la niebla, que está muy bien representada, ya sea con máquinas de humo o mediante efectos ópticos, sino  a ciertos trucos de la vieja escuela que podrían haberse rodado con más sutileza. Por otro lado, puede que el ritmo sea algo lento para nuestros días, aunque no hay que olvidar que la película tiene ya 33 años.

En resumen, La Niebla es quizá un clásico menor, pero hará pasar un buen rato a los fans del cine de terror, gracias a al agradable clasicismo formal propio del mejor John Carpenter.

martes, septiembre 11, 2012

Las Aventuras de Tadeo Jones (Enrique Gato, 2012)

Por fin se estrenó Las Aventuras de Tadeo Jones, tras una odisea que duró 48 meses y en la que, me consta, han trabajado sin descanso más de 300 técnicos a plena dedicación. Esta película es la culminación del proyecto personal de su director, Enrique Gato, quien anteriormente había dado vida al personaje de Tadeo a través de dos cortometrajes y dos cómics dibujados nada menos que por Jan, el creador del genial Superlópez.

Como Superlópez, Tadeo es una suerte de héroe en zapatillas, un Indiana Jones patoso, cándido y fracasado. No es mala idea en absoluto y tenía muchas posibilidades de resultar algo divertido, pero me temo que una vez más, la idea se ha quedado en eso: una idea. Entiendo el concepto, entiendo cuál es su target y poseo la misma cultura general (o cultura basura, dirían algunos) que su creador Enrique Gato, pero como he dicho, algo se pierde en el camino.



Quienes quieran ver en esta película un producto para niños sin más afán que el de hacerte pasar un buen rato (una coletilla en exceso indulgente que se usa con demasiada asiduidad) están en su derecho, pero en mi opinión la ópera prima de Enrique Gato tiene serias carencias; empezando por el tratamiento de los personajes. En ninguno de ellos se alcanza a ver un atisbo de ingenio, no tienen vida o rasgos distintivos. Incluso las ochentosas películas de Disney eran capaces de construir villanos y héroes deacuerdo a los patrones clásicos, y no por ello faltos chispa, como este Tadeo, su amiga, Sara, el galán malote Max Mordon o el alivio cómico ,Freddy.

El guión corre por los mismos derroteros. Se podrá decir que pretendía ser una parodia, que la gracia está precisamente en su carácter referencial, que es un guiño a Indiana Jones... Nada de eso me sirve. La trama no despierta interés, los chistes necesitan una reescritura urgente y las alusiones al personaje interpretado por Harrison Ford se me hacen demasiado visibles y machaconas, alejándose de lo que hubiera podido ser un discreto y respetuoso guiño a la saga de Spielberg.


Y si todavía se me pudiera echar en cara que no la he sabido ver con los ojos de un niño, permitidme mencionar películas como Shrek (Andrew Adamson, 2001) y Toy Story (John Lassetter, 1995) (también infantiles, paródicas y referenciales, pero con guiones ingeniosos y divertidos) o incluso viejas producciones como Basil, El Ratón Superdetective (Musker, Clements, Mattinson, Michener, 1986), film menor de la Disney que aunque fallido, rezumaba pasión y entusiasmo en cada trazo.

Pero no todo es deleznable en Las Aventuras de Tadeo Jones. Del mismo modo que defiendo la valiente iniciativa de hacer La Herencia Valdemar (Jose Luis Alemán, 2010), (autofinanciarse para adaptar a Lovecraft al cine y contar con Silvia Abascal y Paul Naschy ya merece un aplauso), siempre admiraré las agallas de los creativos españoles al poner en pie proyectos arriesgados como Tadeo Jones, y hay que decir que la animación 3D, y sobre todo la labor de compositing están al más alto nivel. También destaco el buen hacer de los actores que han prestado su voz a estos personajes, especialmente el trabajo de Oscar Barberán como Tadeo.

Ojalá hubieran contado con un buen guión, porque el apartado técnico merece todo mi respeto y aplauso.

miércoles, agosto 08, 2012

Love Never Dies (Andrew Lloyd Webber, 2012)

Han pasado diez años desde el incendio que asoló el Teatro de la Ópera popular de París. Christine Daeé, que está en sus horas bajas y endeudada por culpa de los malos hábitos de su marido Raoul, ha sido invitada por Oscar Hammerstein para cantar en su teatro, pero la oferta es rápidamente superada por el Señor Y, el misterioso dueño del show Phantasma, en la isla neoyorquina de Coney Island. Poco imaginan Christine y su marido Raoul, que el señor Y es en realidad el extraño ser que años atrás los tuvo a su merced, y que pronto los someterá a un trato que pondrá en juego sus vidas y la de sus seres queridos.

Hubo un tiempo en que los aficionados al teatro musical, tras asistir a una representación (o sin tener siquiera la posibilidad de ello), teníamos que conformarnos con escuchar el CD, o recurrir a bootlegs de una calidad de imagen deficiente. Afortunadamente, cada vez son más los espectáculos de Broadway  que salen a la venta en vídeo de forma oficial (ahí están las cuidadas ediciones de Rent, Los Misérables o El Fantasma de la Ópera), para que los fans podamos disfrutar de una experiencia lo más cercana posible a la teatral. Si esto coincide con el advenimiento del Blu Ray y la alta definición, tanto mejor.

Hoy por fin he podido sentarme tranquilamente a ver Love Never Dies, la secuela oficial de El Fantasma de la Opera, con música firmada de nuevo por Andrew Lloyd Webber y con Ben Elton como autor del libreto. Las críticas que ha recibido esta obra, y el nombre de Ben Elton, ligado al nefasto guión de We Will Rock You, me auguraban lo peor. Pero he de decir que mis temores eran, hasta cierto punto infundados. Veamos por qué.

No negaré lo evidente; este montaje teatral es claramente deudor del primer Phantom of the Opera, con una estética intencionadamente efectista y exageradamente oscura y grotesca, basada en el burlesque y el grand gignol, así como en los elementos más icónicos de su obra predecesora.

La historia, la escenografía e incluso los acordes se prestan al juego fácil de la nostalgia. Muchas melodías suenan familiares, y se nos presenta de nuevo a personajes como Madame Giry y a su hija Meg, a Christine, Raoul y por supuesto al Fantasma. La estructura del libreto es por momentos, una copia idéntica de la obra original, y en lo visual volvemos a encontrar puentes colgantes, camerinos, puertas secretas, espejos espías, candelabros, y hasta un mono tocando los platillos.

Ben Elton insiste en hacer creíble un argumento en el que ningún personaje hace lo que sería razonable, que es huir cuando hay ocasión. En cambio, Christine y Raoul aceptan sin vacilar las reglas de juego del Fantasma, haciendo avanzar la trama hacia un dramatismo nada sutil.

Pero al comenzar dije que mis temores eran infundados ¿Verdad? Y es que no todo es deplorable. Recomiendo acercarse a esta producción aceptando, nosotros también, las reglas del juego. Ya sabemos que no es más que la secuela residual de una obra reconocida y de gran éxito, y así entendida disfrutaremos mucho más de sus aciertos, que los tiene.

La partitura incluye algunos pasajes que renuevan el crédito de Webber como creador de melodías inolvidables. Destaco especialmente Till I Hear You Sing, canción con la que abre el show, o la oscura y rockera Beauty Underneath.

El casting está correcto, y aunque todo suene al Broadway más académico, destacaría por encima del resto la voz de Ben Lewis (el Fantasma) por su versatilidad, y la de Sharon Millerchip (Meg) por alejarse de los estándares.

Aunque se toman algunos elementos del primer Phantom, la escenografía es a veces deslumbrante y renovadora de los viejos clichés; un diseño basado en fotos y grabados de la época traslada a nuestros días el ambiente ferial de Connie Island con una fidelidad pasmosa, mientras otros decorados, como la cámara de los horrores del Fantasma, son tan vanguardistas como espeluznantes.

Siendo sincero (y asumiendo ataques de los más puristas) he de decir que me he divertido más aun que con el Fantasma original, que con el paso de los años me empieza a resultar lenta y excesivamente densa. Esta secuela la encuentro más ligera y por ello más llevadera y estimulante. Admitámoslo, todos los Phantom Fans sentíamos una curiosidad casi morbosa por saber qué ocurrió después de que Raoul y Christine escaparan del juego mortal del Fantasma en las catacumbas. Matemos la curiosidad y reencontrémonos con esos viejos amigos una vez más.

lunes, julio 30, 2012

NIVEL 13 vs. DARK CITY: De la realidad virtual a las visiones cosmogónicas

Se masca en foros y blogs de cine fantástico que estas dos películas fueron claras inspiradoras de la saga Matrix. Y es que a finales de los noventa, ya estaba agotado el concepto de realidad virtual en su aspecto más icónico. Esto es, tal como se mostraba en El Cortador de Césped, Acoso, o incluso Parque Jurásico; como una novedosa tecnología destinada al entretenimiento, el mundo empresarial y el desarrollo científico, con la sofisticación y el empaque visual que proporcionaban artilugios como el casco, los guantes y los sensonres de movimiento.

En vez de eso, a finales de los noventa había un interés por dotar al fantástico de mayor profundidad así como un gusto bastante extendido por la teoría de los multiuniversos, o realidades paralelas. Fuera el casco y los cables, estas nuevas películas elevaban el concepto a un nivel interplanetario o cosmogónico, y mostraban el avance tecnológico como herramienta para la dominación.

Tuve ocasión recientemente de revisionar Dark City (Alex Proyas, 1998) y de ver por primera vez Nivel 13 (The Thirteen Floor, Josef Rusnak, 1999), que se enmarcarían dentro de este cine fantástico más comprometido y sesudo, y he quedado bastante complacido de ambas películas, tanto a nivel visual como narrativo. Si bien no están al mismo nivel, ambas son muy disfrutables y fiel testigo de la época que se hicieron.

Los azulejos de Deckard y otros aspectos interesantes de NIVEL 13

Nivel 13 podría considerarse un paso intermedio entre ambos modelos. Desaparecen los props vinculados a la realidad virtual pero en esencia es lo mismo. Una empresa líder en nuevas tecnologías desarrolla unidades de memoria a las que nos podemos conectar y experimentar una simulación de otros mundos, concretamente, una réplica de Los Ángeles en 1937. Cuando Fuller (Armin Mueller-Stahl) el director del proyecto es asesinado, sus compañeros (Craig Bierko y Vincent D'Onofrio) y su hija (Gretchell Mol) encuentran datos reveladores de la naturaleza siniestra del experimento.


En lo visual, el plato fuerte de esta película es sin duda la recreación de la ciudad de Los Ángeles de finales de los treinta, que nos muestra amplias panorámicas de la urbe. La trama de misterio está muy bien articulada y experimenta bastantes giros y reveses inesperados. Si nos ponemos muy verosimilistas (insulto que usaba Hichtcock para referirse a ciertos críticos de cine), es posible que encontremos alguna incongruencia, pero pero el sorprendente final hace que los detalles que nos molestaban acaben por no tener mayor importancia.


En el lado negativo, encuentro las interpretaciones bastante deficientes. Ni siquiera Vincent D'Onofrio (el recluta Patoso, señores) logra destacar.

A pesar de la cuidada recreación de los años 30, el trabajo de fotografía se me hace tan simple y poco creativo como lo peor del cine de acción de los años noventa, por no hablar de algunos decorados que aluden de forma tan innecesaria como poco sutil a Blade Runner. A veces me daba la sensación de estar viendo Soldado Universal o TimeCop. Los efectos especiales se disfrutarán si se perciben desde la nostalgia, pero es innegable que el tiempo les ha pasado factura.

Pese a todo, funciona. Nivel 13 nos remite, en una ágil metáfora, al mito de la caverna de Platón y expone ciertas ideas de interés sobre la llamada dictadura de las máquinas. Nivel 13 es también el producto más serio e interesante en el que se ha involucrado Roland Emmerich, y eso ya es algo. No es una pieza clave del género fantástico, pero es sin duda superior a la media que reinó en los tristes años noventa.

Dark City, en busca de la Tierra Prometida.

La película de Alex Proyas son palabras mayores. Muy pocas veces me he dado de bruces con un producto tan original. Mas cercana a Matrix que Nivel 13 en estética y concepto, es sin embargo una joya atemporal que se mantiene hoy tan fresca como el primer día.


Desde la primera imagen (un travelling vertical que empieza en las estrellas y se va introduciendo en la ciudad oscura que da nombre al film) nos damos cuenta que estamos ante un producto de gran calidad visual. Se perciben ecos del mejor film noire así como reinvenciones de la mejor ciencia ficción desde Metrópolis a Blade Runner.

La película revisita las teorías de Sócrates o Rosseau sobre la predestinación y la bondad innata del hombre, a través de los ocultos, una extraña raza alienígena que ostenta un hipnótico poder sobre la ciudad, mientras tratan de averiguar qué nos hace humanos, particulares y diferentes.

El protagonista del filme, John Murdoch (Rufus Sewell) afectado de amnesia, debe combatir la dominación de los ocultos, subvirtiendo sus normas y alcanzar nada menos que su particular tierra prometida. En este caso, no es la tecnificación informática, sino el avance de la ingeniería genética, el que es puesto en entredicho. Como vemos, una idea profunda revestida por un elegante diseño de producción que deja a Matrix y a Nivel 13 muy por debajo.


Por si fuera poco, el reparto está encabezado por William Hurt, Jennifer Conelly, Kieffer Shutterland y Rufus Sewell, que están más que correctos en sus respectivos roles.

Por mucho que me esfuerzo en buscar algún fallo a esta obra maestra, lo cierto es que me parece redonda en todos sus aspectos formales y narrativos. Solo puedo recomendarla fervientemente y esperar que disfrutéis tanto como yo con su visionado ¿Sí?

jueves, enero 26, 2012

Spock Speaks! Zachary Quinto habla sobre Star Trek 2

A falta de un año y pico para el estreno de la secuela de Star Trek, dirigida nuevamente por J.J. Abrams y con el reparto original a la cabeza, el protagonista Zachary Quinto ha comentado que los nuevos miembros del reparto, Benedict Cumberbatch, Peter Weller y Alice Eve "se han adaptado perfectamente, aportando un alto nivel de inteligencia y sesnibilidad" a la producción. Al parecer ya hay un guión, si bien no es definitivo y aun está en proceso de desarrollo.


"El guión está en continuo cambio, lógicamente."

Dice Quinto: "Esta siendo realmente fantástico. Llevamos rodando una semana y media, y está siendo increíble regresar a ese mundo. A mediados de diciembre, yo estaba ya en plan "¡Necesitamos leer el guión!". Se ha retrasado un poco, pero es porque han estado trabajando en ello. Ha habido una huelga de guionistas que les ha impedido desarrollar el guión. Ahora está en continuo cambio... vamos, lo normal."

Personalmente me alegro un montón de saber que la cosa está en proceso. Star Trek (J.J. Abrams, 2010) me pareció divertida, fresca, revitalizante y emocionante, y para esta segunda no solo contamos con el mismo director, y el repartazo de la primera (qué ganas de ver a Zoe Saldana enfundada de nuevo en las estrecheces del uniforme de la Flota Estelar), sino que se añaden nombres clásicos como Peter Weller (Robocop, demonios) y una estrella emergente como Benedict Cumberbatch (el nuevo Sherlock Holmes de la serie televisiva).

¿Qué puedo decir? ¡Adelante a velocidad de curvatura!

Fuentes:
io9.com
blogdecine.com

jueves, enero 12, 2012

Blackthorn, Sin Destino (Mateo Gil, 2011)

Mateo Gil, personaje clave en el ascenso meteórico de Alejandro Amenábar, ha sido tres veces premiado con el Goya al mejor guión por Agora, Mar Adentro y El método, y al mejor cortometraje por Dime que yo. Ahora nos sorprende con un western, en la que ha sido su segunda película desde Nadie Conoce a Nadie.
Se atreve además a rememorar la leyenda de los forajidos más legendarios del lejano oeste: Bucht Cassiddy y Sundance Kid. Cassidy (Sam Sheppard), años después de haber sido dado por muerto, vive en realidad retirado en Bolivia bajo el nombre de James Blackthorn. Su fortuíto encuentro con Eduardo Apodaca (Eduardo Noriega) marca el inicio de una última aventura que le llevará en busca del botín que Apodaca dice haber robado a Patiño, dueño de una mina de carbón. Juntos irán en busca de los 50.000 dólares que esconde Apodaca en las minas, con los hombres de Patiño pisándoles los talones. También habrá ocasión para rememorar los buenos viejos tiempos de Cassidy con su inseparable Sundance Kid y la guapa Etta Place mediante flashbacks.

Era muy difícil. La leyenda de este célebre ladrón de trenes ya contaba con varias adaptaciones cinematográficas (quizá la más notable sea Dos hombres y un destino), y está visto que nadie puede contar mejor la historia de Norteamérica que los norteamericanos (con excepción quizá, de los italianos). El film de Mateo Gil apenas está a la altura de la grandiosidad del género.


Se adivina el esfuerzo por lograr un tono intimista, reflexivo y alejado de la épica de Leone o Ford, pero Gil tampoco es precisamente Clint Eastwood, maestro del llamado western crepuscular, y el intento hace aguas por todos lados, por culpa, principalmente de un guión soso que ni nos atrapa ni nos emociona. Curiosamente no lo firma el propio Mateo Gil, sino un tal Miguel Barros.

No nos interesa el dudoso destino del señor Blackthorn y su nuevo compinche Apodaca, porque el guión no les pone a prueba; no hay identificación posible ni sentimos la motivación necesaria para seguirles en su aventura. Además, están interpretados con bastante desapego por Sheppard y Noriega (que además actúa en inglés, con un par).

En las escenas de persecuciones y tiroteos se echa de menos un pulso más vibrante, una dosis mayor de épica; todo parece quedarse en un quiero y no puedo, desde el montaje, a la música.

Así pues, si el tono intimista no consigue trascender y la acción esta pobremente dirigida ¿Qué podemos salvar de este western? ¿Una bonita fotografía?


Ni eso, o al menos, no al 100%. En el apartado visual es destacable el trabajo del departamento de maquillaje, vestuario, dirección artística y fotografía. Pero todo da al traste cuando los chicos de postproducción aplican filtros imposibles. Es cierto que hay bellas panorámicas de los impresionantes valles y desiertos bolivianos; y también un virado hacia los tonos cálidos que dotan al film cierto aire clásico, pero en las escenas nocturnas se nota demasiado la impostura; Mateo Gil evitó las complicaciones de rodar de noche y optó por generar los tonos fríos y azulados en postproducción, con un resultado nefasto, artificial. Tanto es así que a veces hasta podemos ver la dura sombra de los protagonistas sobre la arena cuando se supone que el sol ya se ha puesto.


He visto muchos westerns en mi vida, y si se trata de homenajear a un género que amo, me quedo con las inmejorables revisiones de Clint Eastwood, o las divertidas parodias de Robert Zemeckis, Sam Raimi o Alex de la Iglesia. Con mucho pesar, pues admiro el trabajo de Mateo Gil (estamos hablando del hombre que escribió Tesis y Abre Los Ojos), tengo que decir que Blackthorn; Sin destino no llega ni al aprobado.

Para mi asombro, acumula 11 candidaturas a los Goya, incluídas Mejor Película, Mejor Director, Mejor Dirección de Fotografía, Mejor Montaje y Mejor Guión Original.